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El amor hace libre

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Un cuento de Luis Enrique Morales Martínez

Las dos jóvenes miradas se entrelazaron como gallos de pelea suspendidos en el aire, a costa de su propio infortunio, hambrientas una de la otra, entre gritos de dolor y de rabia surgidos del ambiente, hostil y miserable. Un chispazo invisible rasgó el aire, en el momento que los ojos se besaron.
En fila, los hijos de Jacob iban a dar a los hornos crematorios del campo de exterminio de Auschwitz, en Polonia.
La leyenda «El trabajo hace libre» marcaba la entrada. La ausencia de esperanza rondaba el lugar; nadie, ni siquiera la dominante raza aria, guardaba la mas mínima ilusión. Unos, esclavos de la sumisión, otros, de su maldita ascendencia.
Las cadenas rechinaban al compás del llanto judío impregnado en la atmósfera; quiénes entraban al último recinto de Auschwitz salían en forma de humo, mefítico y espeso.
Los jóvenes, en espera del encuentro con la muerte, no hacían más que mirarse, encontrarse, acariciarse con la mirada, inmersos en un amor infinito y sin barreras, amor que ni todo el sufrimiento acumulado en un soplo, pudo ahuyentar.

Las puertas del infierno se abrieron. Desnudos, fueron arrojados dentro del caliente y mortal artefacto. Ni por un segundo los jóvenes ojos dejaron de entregarse. Cayeron en un río de huesos y pellejos; nadaron, tratando de unirse, para viajar juntos al hogar de los descarnados.
Entre gritos de terror, hedores y calor infrahumano, estiraron sus manos en el intento por tocarse.
La ráfaga de dolor desapareció en un beso; se abrazaron, fue débil el roce de sus pieles encendidas. Empezaron a desvanecerse, a derretirse juntos, como una vela se fueron consumiendo, entre besos, fuego y agonía.
Las manos de él tornaron a ser las caderas de ella, sus lenguas un puente húmedo para el tránsito de las ánimas.
Sus almas se fundieron entre las llamas, sus corazones se forjaron en uno, latiendo al unísono, y entonces el amor, por un instante, fue eterno.
(Saltillo, Coah. Abril del 2013)

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