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“Adiós a la armas”, una propuesta para México

Escribe: Alfredo Reyes Ramos.-

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El título entre comillas es de un famoso escritor quien, a su vez, lo tomó prestado de un poeta inglés. Se trata del autor de la novela “Por quién doblan las campanas”, título que tiene que ver con la muerte y que pertenece a otro poeta inglés llamado John Donne, se trata pues del novelista Ernest Heminway, hombre torrencial y trágico que pese a las heridas de bala recibidas en algún episodio de su vida, no le dijo adiós a las armas, ni dejó de usarlas, sino que al final de su vida usó una de ellas para acabar con su existencia, una poderosa escopeta de doble cañón, con la que prácticamente se voló el cerebro.

 

A lo que se pretende llegar con esta breve introducción de armas, tragedia y muerte, es a la necesidad imperiosa de que México sea totalmente desarmado, que se erradique y proscriba de la sociedad civil el uso, portación y posesión de armas de fuego, decirle definitivamente en este País, adiós a las armas, como sucedió en Japón hace muchos años, que es ejemplo de un país totalmente desarmado y, por los mismo, altamente civilizado.

 

Y es que la visión que existe del México bárbaro la hemos ido arrastrando por siglos sin que nos demos cuenta porque ya lo vemos como una normalidad. Si Fernando Vallejo, que ahora vive en este País, llama a su tierra de origen la “Colombia asesina”, pues entonces ha venido a vivir al “México asesino”, donde cada mes se cometen1800 homicidios, que son 21600 cada año, asesinatos cometidos en su gran mayoría con armas de fuego y que, según cifras de la ONG “México evalúa”, lo más grave de esta situación es que la tasa de impunidad para castigar este delito rebasa el 80 por ciento, lo cual significa que de cada 100 homicidios cometidos en México, menos de 20 son castigados con sentencias condenatorias y más de 80 quedan en la mas artera impunidad.

 

Hace seis años, en el 2011, en este espacio publicamos un artículo sobre la violencia criminal en este País. En el primer párrafo de dicho artículo se dijo lo siguiente: La tragedia que hoy vive México se describe de manera puntual en una caricatura inclemente: un diablo le dice a otro en las puertas del Infierno: «Durante décadas nos preocupamos de que México se colombianizara, ahora nos da miedo que el Infierno se mexicanice». Y mire usted la terca realidad; cuatro años después un sacerdote nos revela los anhelos del Papa Francisco, que Argentina no se “mexicanice”.

 

Es muy deprimente que hoy, México y Colombia carguen con la triste fama de tener a los niños sicarios como una aterradora realidad. Vallejo, que renunció a su nacionalidad colombiana, escribió en su “Virgen de los sicarios” (1994), parte de lo siguiente: “Mis conciudadanos padecen de una vileza congénita y crónica. Se trata de una raza ventajosa, envidiosa, rencorosa, embustera, traicionera, ladrona; La peste humana en su más extrema ruindad ¿La solución para acabar con la juventud delincuente? Exterminar a la niñez”. Y luego los exhorta a lo siguiente; “Colombianos: maten, roben, extorsionen, violen, secuestren que, al fin de cuentas, el anticuado concepto del delito en este país ya desapareció”.

 

Y en México, cuya tradición más arraigada es el culto a las armas, el pistolerismo, charros armados como la más honda esencia nacional, mariachis empistolados aunque bailen afeminados, la exaltación épica de Rodolfo Fierro en la “Fiesta de las balas”, la apología de la violencia en los corridos de narcos, en el cine mexicano de las balaceras y la cruda realidad; que México es un país inundado por las armas de fuego, gran negocio de los gringos.

 

Lo que dice Vallejo de Colombia y lo que dice el Papa de México, ya lo había dicho don Daniel Cosío Villegas de nuestro país tras la matanza de Huitzilac en 1927, que desde Londres escribió lo siguiente: “Salud, joven e ilustre pueblo de asesinos. ¿Qué dice el olor a sangre derramada? ¿Les sigue gustando? Maten más gente que al cabo todavía queda mucha y si les hiciera falta podemos ir los que estamos fuera, y pueden seguir después con el resto del mundo ¿por qué no?”.

 

La tragedia de Monterrey, así como toda la saga de horrores y atrocidades que venimos arrastrando, nos obligan al desarme total de este País, sigamos el ejemplo del Japón, donde no existen las armas de fuego entre la ciudadanía ni los homicidios con balas, arranquemos de nuestro ser la necrofilia, el culto a la muerte, ya no más niños sicarios, dejemos atrás el Estado criminal; no permitamos que el infierno se mexicanice.

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