CLÍNICA DE LA 38: DE PEOR EN PEOR

BAILE Y COCHINO.-

Por: Horacio Cárdenas.-

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Hubo un momento, no hace demasiado tiempo, que la directiva de la Clínica del Magisterio decidió que no podían seguir viviendo en el pasado. Con tantos avances en computación, y ya sabe usted como es la gente chismosa, con los médicos permanentemente haciendo comparaciones con los sistemas que manejaban en la Secretaría de Salud, en el  ISSSTE, el IMSS y en otros hospitales, no era posible que en la Clínica de la sección 38 del poderoso Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, se siguiera llevando las historias clínicas de los pacientes como en la edad de piedra, lo mismo para los inventarios de medicamentos, la contabilidad general y todo lo demás. Decidieron modernizarse.

Médicos, enfermeros, pero sobre todo los pacientes, se sorprendieron, gratamente vale decir, que de repente, en cada consultorio había una PC, no una terminalita conectada a un servidor, no, una computadora personal de las más modernas, no solo eso, había una impresora en cada uno de los consultorios, con lo que el médico luego de checar el cuadro de medicamentos (en aquel tiempo todavía había medicinas de patente, no similares, pero mucho más baratas y nunca tan buenas), podía decirle al paciente que había existencia en la farmacia, imprimía su receta, su orden de laboratorio o su pase a especialista, y todos felices y contentos. El sistema, sin ser una maravilla, cumplía adecuadamente con su función, y le digo, para una población de profesores que muchos de ellos llegaron tarde al uso de la calculadora en las aulas, los dejaba bastante satisfechos, por lo menos apantallados, del servicio que recibían.

De ese momento cúspide, no reconocido como tal, pues no hace muchos sexenios, un par si acaso, había la promesa de construir un hospital ultramoderno para los trabajadores de la Sección 38, se hablaba de mínimo 50 camas y todos los adelantos de la ciencia médica, que sirviera para olvidar el edificio de pegotes y malas ampliaciones que ocupaba entonces y todavía hoy, de aquel instante para acá, y como dice la canción, todo se derrumbó dentro de la 38. De aquel tener una computadora en red con su impresora, en cada consultorio se pasó a tener una sola para todos, allí tiene al doctor teniendo que salir a recogerla, o a que el encargado (porque pusieron un encargado) se la llevara para que la firmara y le echara la bendición de a ver si en la farmacia le proporcionaban el medicamento  ese día (un milagro), esa semana (altamente improbable), ese mes… o antes de la siguiente consulta, ah!, porque las recetas tienen caducidad, así no se las hayan surtido, ya sabe, así descargan sus conciencias y sus culpas administrativas: el paciente no acudió a surtirlas, sí fue pero nunca hubo la medicina, o de plano se cansó de ir, esperar y regresarse con un: no hay ninguna de estas, profe… Lo de la impresora por piso tenía su ventaja, al menos el doctor hacía ejercicio parándose de su silla para ir a recogerla, pero eso es un optimismo muy, pero muy jalado de las mechas.

Y lo de hoy. Domingo por la tarde, luego de que se supone que se habría cumplido el acuerdo en que el Servicio Médico de la Sección 38 recibiría 50 millones de pesos de manos el gobierno del estado, como una primera entrega, una de emergencia, como parte de un programa de modernización, que digo modernización, de dignificación de las Clínicas, nos dimos cuenta que estas han tocado un nuevo fondo: ¿le platicábamos del sistema de cómputo?, ¿le decíamos que este había disminuido a una vigésima parte o menos de lo que había sido?, no, tiene que ir a ver el grado de deterioro en el funcionamiento de la otrora humanitaria y eficiente institución al servicio de quienes intentan y a veces logran, quitarle lo burro a las hordas de niños y jóvenes coahuilenses.

¡Cositas!, ¡Ternuritas!, no me lo va a creer, pero lo vimos con nuestros propios cuatro ojos, hemos vuelto al neolítico, allí tiene usted a la doctora, a la que su juramento hipocrático. O la crisis en la institución. o que era domingo o que amaneció de malas como todos los días, le impide siquiera portar la bata de reglamento o traer colgado del cuello el estetoscopio símbolo de la profesión, llenando la receta a mano, y utilizando para, usted sabe, la burocracia, “papel pasante”, no, cual papel pasante eso es novedad, “papel calca”, “papel carbón”, ¡doble, triple ternurita!, papel carbón como lo usaban hace medio siglo en las oficinas de gobierno, recortado en tres, para dar la medida de las tres partes de la receta, recortada como en los tiempos en los que no había tijeritas de a dos por quince pesos de “Prichos”, pasándole la uña y cortada a ojo. ¿Dónde venderán todavía papel carbón de ese que le deja a los doctores los dedos como si vinieran saliendo de un pocito?, aunque viéndolo bien, a lo mejor por eso la tipa esta por eso no usa bata blanca, para no tener que lavarla a diario, o dejémoslo en seguido.

 Ah, pero eso como puro hacer como que hacen y que sirven para algo, ya no es como en los viejos tiempos no tan viejos, de “vaya a farmacia por los medicamentos”, sino “vaya y cómprelos”, donde quiera, porque allí ni de relajo hay, solo está el empleado espantándose las moscas y diciéndole a todo el que ingenuamente se apersona allí, luego de irse atrás de la cortinilla a dar la piña de que rebusca entre los vacíos anaqueles, “no hay profe…”

¿Usted cree que lo recetado alimenta el sistema de inventario, de contabilidad, de historias clínicas, de lo que sea?, lo dudamos, aunque quizá sí, y es que si algo hay en la 38 es personal: doctores y enfermeras en urgencias, dos personas en caja, dos en archivo, el consabido en farmacia… personal la mayoría sin hacer nada, no porque no haya que hacer en materia de atención a pacientes, sino porque no hay con qué hacerlo.

Y lo que realmente importa, lo del trato al paciente, eso de la calidad con calidez era un slogan del tiempo de Vicente Fox puesto en carteles en las paredes de todos los hospitales del país, hasta en los de la 38, ha pasado a mejor vida, al menos en la “Profesor Nicéforo Rodríguez Maldonado” donde al paciente lo tratan con la punta del pie. Esto yo no sé si lo aprendieron en la Escuela de Medicina, o fue en los cursitos de los jueves, esos que retrasan toda la consulta por horas, o si es política de la sección, o mejor, se lo atribuimos al disgusto con el que trabaja todo el personal de la 38, pues a nadie se le escapa que son los que reciben el golpeteo de los derechohabientes inconformes con el pésimo servicio.

El caso es que como en anécdota de Tomás Mojarro, en que el policía, luego de ordenar por el altavoz: “ese del vochito color crema, oríllese para la orilla”, luego de darle una repasada y recargarse con el brazo en el techo del carro se asoma por la ventanilla para decirle al aterrorizado paciente, perdón ciudadano “en qué broncón te metiste”.

Pues así son los médicos de la 38, quienes dejan mucho, pero mucho que desear en cuanto a trato humano, a atención del dolor, a empatía con el paciente aterrorizado, en cuanto a eficiencia, en cuanto a ojo clínico y en su defecto, auscultación, ah pero qué requetebuenos son para dejarle ir al paciente y a sus acompañantes una altanera y prepotente regañada de aquellas, acusándolos poco menos de negligencia, cuando que los negligentes son ellos, desde el pobre guardia que detrás de la última edición de El Guardián, no es para llevar un orden de cómo llegaron los pacientes, hasta la eminente médica especialista a la que se le van los pacientes pues prefieren pagar veinte pesos en la similar por la consulta… Y ALLÍ SI HAY MEDICAMENTOS, que hay que pagar claro, igual que acá, pero por lo menos lo tratan como cliente que quieren que regrese, y no como en la 38 donde lo que parece que desean es que ya nadie vaya para de una vez por todas cerrarla. Yo la verdad no se quién es el Profesor Nicéforo Rodríguez Maldonado, si vive o ya falleció, pero si yo fuera él o sus deudos, pediría le quiten su nombre al rastro, que no clínica del magisterio, para que no le resuenen tan feo y tan seguido las mentadas, gracias a la incompetencia de quienes allí trabajan y administran, que de los que se enriquecen, hablamos otro día.

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