Los acontecimientos (segunda parte)

Por: Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano

ramses.sanchez@ulsa.mx

bestia

Ante la extendida creencia que nadie salta más allá de su sombra el derrocamiento, acontecimiento primordial de un ser que abandona su originaria modalidad, ofrece vivencias que solo pueden ser pensadas como un nacimiento completamente nuevo. Ofrece otra vida al yo. Es tan peculiar que a él sí se asiste por completo. ¿Importa si no se está en relación auténtica con él? No, su revelación no está dirigida únicamente a los filósofos. La transformación del modo de ser original conviene al salto efectivo hacia otro modo de ser. No es un movimiento abstracto, ficticio, de aquel que solo sufre en su psique. El movimiento originario no se puede guardar en secreto. Le es accesible a un ser que sufre, conmoción originaria, de quien ha sido removido por lo que vino a devastar la lógica sobre la cual se mantenía en comodidad.

Que a cada ser le esté dado como posible el advenimiento de un acontecimiento singular significa que ser humano es tener más de una posibilidad de ser pues, ser de un modo, una vez entendida la relación entre lo efectivo y la posibilidad, señala que es posible el otro modo de ser. Una salida hacia un lugar en el que jamás se ha estado revela la condición de ser en la que ya no hay espacio para el juego y la repetición.

Un ser que ha asistido a su «ser-así» lo ha hecho a partir de un evento derrocador. Este evento es un acontecimiento. Con él se abre la otra parte: prohibida para el que siempre se mantiene en lo de sí. El acontecimiento viene de golpe y, por ello, no cae dentro de las delimitaciones de la planeación y la estrategia. Es aquello que conmueve en general la red de razones y seguridades con la que nos identificamos. Y, fundamentalmente, es aquello que, cuando lo queremos comprender, caemos en la cuenta de que ya estamos raptados por su elemento. Es así que él deviene redentor. Lanzando hacia la otra parte, hacia lo otro de ser, un acontecimiento derrocador es finalmente captado desde la redención que ha provocado. Así, para aprehender las condiciones en las que se realiza este movimiento, las cuales no pueden olvidar que siempre es posible temer al autocuestionamiento, es necesario retroceder hacia las vivencias que él solicita. Ellas permiten conocer de cerca las «calamidades» que empujan a tomar decisiones radicales para abrazar otra orientación. De suerte que son las calamidades las que se introducen allí donde están fulgurando los sucesos. Ellas se dejan ver por el espectador y son sentidas por las víctimas. Colocan el ser del hombre es su esplendor. Pues, en su resonancia primordial, evitan el cinismo del que se esconde detrás del sistema de valores que protege su ser y asegura que lucha por eso que siempre guarda motivos oscuros.

Hay pensamientos que son rechazados de antemano por anunciar desde su extrañeza desolación y desconsuelo. Ellos son asumidos únicamente cuando se ha vivido un evento derrocador. Sin ellos estamos lejos de padecer lo que los potencia e impulsa. Sin ellos no abandonamos el sitio del simple espectador. Ofrecen un horizonte al que sería imposible acceder a partir de la conservación en lo mismo. De este modo, la situación que abre un nuevo pensamiento, exige que acudamos a problemas que pueden sacar el sujeto de su sujeción a lo familiar y a su complacencia. El otro modo de ser es el origen de todos los problemas, abre el acceso al acontecimiento que violenta radicalmente y que produce la posibilidad de transformar la modalidad de la existencia. Ser modal es «ser-así» en concomitancia con un sistema de códigos que dan por hecho la validez de los actos que protegen al yo. Ser de otro modo significa ir a un lugar más lejano, en el que ya no se está al abrigo de los brazos que intentan proteger a costa de impedir el otro modo de ser. De modo que el acontecimiento, el derrocamiento, en el que un ser pone en duda lo que es, no puede ser sino violento. En tanto que estarme dirigido por completo él señala que el próximo acto me pertenece absolutamente. No puedo darle a otro yo aquello que padezco, así, después de él ya no es posible el subterfugio.

Sin embargo, ante la situación en la que nos encontramos hoy, esta violencia debe ser captada en términos positivos. Al evitar la hipocresía y el cinismo de la justificación, al poner en cuestión las observaciones generales que circulan entre la gente, carentes de vitalidad, donde se pone en juego el mal fáctico y el poder, el sufrimiento y la vergüenza de ser coinciden con la potencia del derrocamiento. Frente a los movimientos originarios de la existencia se desnuda la brutalidad del mundo que ya no mira hacia el rostro humano. Aquella que le interesa profanar ese sentido original para infligir horror y miedo. El derrocamiento es un dolor abyecto que esconde la voz del horizonte redentor.

Con todo, si los acontecimientos perturbadores ya están dirigidos hacia una existencia es necesario, en relación con la responsabilidad original que aquellos ponen en juego, luchar por no alienar el sufrimiento del otro en nuestro íntimo espectáculo. El derrocamiento es, a cada instante, la última palabra del ser. En todo dolor acontece lo que somos a cada instante ya para el sufrimiento percibido, ya para el sufrimiento indiferente a mi placer. Ese evento señala la cualidad del ser que somos y lo hace con una profunda anterioridad a las posturas sociales. De modo que «ser-así» es distinguirse por nuestras propias llagas. Ellas son dadas por la modalidad que nos ha tocado vivir. En ellas se considera el mundo circundante y familiar – administrado por la moral – como aquello que constituye primeramente el ser del yo. Desde él se opina, se juzga y se valora «así». Por lo que este «ser-así» significa que, ante un mundo que no fue pedido, ya nos aguardan los padecimientos que se esconden desde hoy como posibles. Así, el derrocamiento personal es la única legitimidad de comenzar a hablar: el material que sostiene nuestros conceptos más allá de la lengua que compartimos con los otros.

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