Suicidios y linchamientos

BAILE Y COCHINO.-

Por: Horacio Cárdenas.-

suicidios3.jpg

Saltillo es parte de Coahuila y de México, por más que los locales tiendan a caer en la tentación de sentirse la virgen envuelta en huevo o ya de perdida con piloncillo y nuez, lo cierto es que los habitantes de la que alguna vez en una administración municipal a la que se llevó Pifas, están sujetos a dinámicas sociales, políticas, económicas, cuando no a tendencias, actitudes y conductas dictadas por el inconsciente colectivo del conjunto de la nación mexicana.

Sí, todos, bueno casi todos, estamos puestazos para gritar “¡Viva México!, eso los decentes, y “¡Viva México cabrones!, los que además de decentes alardean de ser la madre de todos los pollitos. ¿Qué importa que hasta los pañales de las criaturas y las croquetas de las mascotas prefieran irlo a comprar, si la fortuna sonríe, a Mc Allen, y sí se porta gacha, a Monterrey?, si una cosa es el sentimiento de la patria grande y de la patria chica y otra los intereses económicos, “la clase”, y la necesidad indispensable de “distraerse” dando la vuelta por donde sea que no esté aquí mismo. Sí, somos patriotas de dientes para afuera, que de dientes para adentro, mucho de lo que somos es pura traición.

Pero tanto los que pueden salir, como los que se tienen que quedar porque les quitaron la visa o porque tienen orden de aprehensión nomás asomar las narices fuera del blindaje puesto allí pareciera más para protegerlos que para impedir que las cucarachas de otros estados hagan roncha en Coahuila, todos estamos expuestos a realidades innegables, algunas de ellas que nos honran muy poco como sociedad, entre las más vergonzosas podemos mencionar dos, lastimosamente aberrantes, el suicidio y los linchamientos. Podemos mencionar otros, como la violencia al interior de las familias, los abusos sexuales contra menores de edad, que como los otros dos han roto todos los records en el estado, y algunos de ellos alcanzando niveles de escándalo, que hasta han sido calificados como una verdadera epidemia.

Setenta y cinco, setenta y ocho, depende cuando esté uno haciendo el corte, los suicidios perpetrados por ciudadanos, hombres y mujeres en la región sureste, para acercarse a los doscientos en todo el estado. Esta es la cifra más citada, que no deja de ser engañosa, pues detrás de cada suicidio logrado hay un número indeterminado de suicidios en grado de tentativa, que más o menos se sitúa entre cinco y diez, según los exiguos datos de que dispone la autoridad en base  a los casos que llegan a los hospitales y salas de urgencias, pero todavía más soterrados están los casi infinitos casos de los que no hay rastro ni registro porque simplemente no llegaron a conocimiento de nadie, si acaso de la familia, que prefirió que quedara dentro de las cuatro paredes del hogar. Si por cada suicidio cometido hay diez que lo intentan y se sabe, y otros treinta o cuarenta que no se sabe, la epidemia es algo que debería comenzar a tratarse desde ya como un asunto de salud pública, y no como algo sobre los que los funcionarios públicos tienen que declarar a fuerza ante la prensa cuando los chismosos colegas reporteros los embisten micrófono en mano.

Significativo el dato, al menos a nosotros nos lo parece, que casi la mitad de los suicidios logrados y su cifra negra de fallidos, tenga como escenario la que presume de sí misma como una de las mejores ciudades para vivir de todo el universo conocido. ¿Si Saltillo, o Arteaga o Ramos son lo máximo, porque a la gente le urge irse, pero no irse a cualquier otro lugar, buenos unos por conocidos y malos otros por conocer, sino irse de esta vida? La cosa importa, porque da la impresión de que haber vivido en Saltillo les drena a ciertos espíritus sensibles las ganas de vivir, y esta es una hipótesis de trabajo que asusta de veras, y que no vemos a nadie persiguiendo como debería.

Entre los suicidas están aquellos que responden con un intento a circunstancias personales, familiares, económicas o comunitarias de las que quisieran escapar, muchos de ellos se asustan a la primera, se arrepienten y allí queda todo, al contrario de lo esperado, cambia su perspectiva de la vida y sus problemas, y adquieren un entusiasmo por la existencia que a veces no habían tenido nunca. Pero también están los otros, esos que fallan una vez y otra vez, hasta que eventualmente logran su propósito, estos son, o deberían ser el punto focal de un esfuerzo social y de gobierno para ayudarlos a cambiar su perspectiva de la vida. Que sepamos, esto no se ha planteado más que muy superficialmente, prueba de ello es que la cifra de suicidios no hace más que aumentar.

El otro tema que nos interesa relacionar con el del suicidio es el de los linchamientos. Como sugerimos al principio, que se hayan comenzado a presentar casos de linchamiento en Saltillo puede responder a la información, casi imposible de eludir, de lo que ha venido pasando desde hace mucho tiempo en estados del centro del país. Morelos, Estado de México, Hidalgo, Puebla, son entidades donde la gente es proclive a hacerse justicia por propia mano, y no porque sean particularmente sanguinarios, sino porque como colectividad y como individuos sienten que no tienen el respaldo del sistema de justicia, si acusan a alguien de ladrón, de robachicos, de violador, la experiencia es que rara vez serán aprehendidos y castigados, entonces se erigen en jueces y en verdugos que sumariamente cumplen con la sentencia. En una sola semana, casi en un mismo día se registraron tres intentos de linchamiento en Saltillo, llevando a los hechos una amenaza que desde hace varios meses se podía leer en algunos fraccionamientos del oriente de la capital, de que “si eres ladrón y te agarramos, te vamos a linchar”.

Ahora la pregunta incómoda, si la autoridad no está funcionándole a las personas en la solución de sus problemas individuales, y tampoco para la solución de los problemas colectivos, esto en dos niveles, el de prevención y el de atención cuando ya están declarados ¿para qué nos está sirviendo? Triste perspectiva para esta, la tercera mejor ciudad para vivir, donde unos sienten que les roban la esperanza y las ganas de vivir, y otros que la tienen que conservar por su propia cuenta, y si esto implica quitársela a otros, pues pobres de ellos.

Algún experto dirá que los hechos no son correlacionables, uno no tiene que ver con el otro, pero aunque sea por un instante piense en el suicidio como un linchamiento contra uno mismo, pues se lincha al que se odia, y al revés piense que aunque rara vez se juzga a sus perpetradores, el linchamiento puede entenderse como un suicidio colectivo,  y ahora sí, ya tenemos una pista de porque en Saltillo pasan estas cosas con cada vez mayor frecuencia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s