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Del ser clandestino de ser: soledad, elección y donación

PENSAR PARA UN MUNDO QUE AÚN NO EXISTE

Por: Ramsés Sánchez Soberano.-

Todos nacemos a escondidas, pero son muy pocos los que desean mantenerse ocultos toda su vida. ¿Cuál es el sentido fenomenológico de este anonimato? El de mostrar que somos preegológicamente capaces de abandonarnos. Ser elegido para testificar el misterio más incomprensible es decir Sí – he allí la esencia del despojamiento. Es por lo anterior que ser humillado ante nuestra propia finitud no debe confundirse con la humillación del ser que somos ante las potencias de la nada. Por un lado, está la enfermedad y, por el otro, el remedio. La primera situación afecta el terreno de la justicia; la segunda, el modo de revelación de nuestra condición abisal. Y, sin embargo, si la sed de justicia sólo existe porque la justicia aún no ha sido impartida, el segundo tipo de humillación engulle y acoge al primero.

En la humillación inicial se revela la particular constricción donde un yo es sometido a un estado de cosas en el que es secuestrado su ser: he allí la violencia del lenguaje. Sin embargo, una profundización en el carácter abisal de la existencia nos ofrecerá una enseñanza más inquietante que cualquier meditación. El cuestionamiento de sí muestra que el desprendimiento de la ingenuidad consiste en estar constantemente en el comienzo y renaciendo. El desprendimiento de sí mismo – de las propias costumbres, de los hábitos y de lo que nos brinda seguridad – es un volver a nacer en un sentido inminente. Lo dicho señala que nadie se apropia del ser al haber elegido un camino. Antes bien, la producción presente de la manifestación es descriptible por el instante antes que por la posesión. Hay un tiempo para los acontecimientos. La riqueza de la manifestación no es susceptible de apropiación. Si ella visita al yo no es para que éste pueda tomarla, ella únicamente se presenta aquí como donación.

            El que camina en soledad en la vía pública también está preparado para recorrer otras vías solitarias. Habitar la soledad en sentido inminente es descubrir sus potencias: el insomnio también posee fuerzas que resguarda. Las potencias de la soledad ofrecen la posibilidad de la transvaloración. El solitario se da a la búsqueda de aquello que despierta en él aquellos placeres que le distinguen de los demás: una flor insignificante, escondida en un inmenso bosque, que no tiene esplendor, ni fragancia, ni valor culinario – es simplemente lo que busca para gozarla[1]. El solitario se sienta en silencio al lado de quien ha elegido su corazón – y sólo eso necesita. Esta elección es necesaria – ella sola – pero verdaderamente profunda. Ella vacía desde el fondo la separación de un corazón solitario y – en tanto que elegido – es inmensamente superior a lo múltiple. Kierkegaard lo ha dicho mejor: el relativismo reside en no saber que se es un yo[2].

            Descubrir que se es un yo no es un movimiento placentero del existir. Nace a partir de una pena que se revela como desesperación y que no es posible compartir. En la desesperación las potencias de la soledad se profundizan. Lo que se es se manifiesta como un fantasma cuya fuerza enseña al mismo tiempo desear la muerte y temer vivir y temer la muerte y desear vivir. Es la manifestación de un fantasma que, sin quitarnos la vida, la hace más profunda, al hacer del yo un existir que se aterroriza de sí mismo. El yo se dispone a ir hacia fuera de sí.

            Así, para despojarse del anonimato del yo es necesario que este abatimiento abra la preocupación por ser. Esto señala que hay que permanecer atentos a la preocupación motivante sin confundir la enfermedad con el remedio. Y es aquí donde el yo se singulariza: ningún otro que no sea consciente de ser un yo, nadie que habita el mundo arropado por los menores peligros, será capaz de hacer algo singular. En la búsqueda de la renovación el yo es empujado hacia otra parte. En ella jamás ha estado. Sin embargo, en el encuentro con el yo – como venida a sí desde sí mismo – el yo sigue siendo incapaz de nada. Esta pasividad original, radicalmente pasiva, sólo puede ser expresada en términos dispuestos a rompernos los tímpanos: el cogito no habla, no escucha. La pasividad señala un habla que grita sin necesidad de manifestar su voz: es la palabra que resuena como un aguijón inmortal. Levinas le ha llamado “el ruido silencioso del ‘hay’” y Pascal “el silencio de los espacios infinitos”.

            Una palabra tal viene a ofrecer el fulgor incandescente de la aurora a partir de la cual el yo aparece para sí. La ilusión de no estar haciendo nada frente al otro es estar en ausencia y presencia al mismo tiempo. Un acontecimiento de alteridad es un encuentro que se ha dado en un yo y que posee una resonancia inextinguible. La primera alteridad se expresa en la situación donde el yo no puede identificarse consigo mismo. Alteridad del yo que ya no soporta seguir siendo el Mismo. De modo que retroceder a esta pasividad consiste en poner las condiciones para que el acontecimiento acontezca. La alteridad del otro solo puede ser acogida cuando el yo ha sido efectivamente abandonado. Así, la potencia de la pasividad no es accesible al engaño de los corazones pérfidos. En esta situación pasiva el yo está ligado de antemano a su cómo. Una relación tal sólo puede ser pensada a partir de los modos en los que el yo produce el ser y se liga al mundo. Así, la producción mundana del ser señala que el yo ofrece al espectáculo su modo de ser en intersubjetividad y en los confines de su época.

            La descripción de este encuentro pasivo, preegológico, señala el carácter doble de la manifestación. Dar y ser recibido, donación del don, he allí la donación que solo es donadora si el otro aguarda y acoge la donación. Doble expresión de la donación: dar y querer recibir el don, ello da, querer dar y querer recibir: el don expresa el modo de ser de la manifestación imposible de alcanzar a través del yo que no se atreve a salir de su primitiva conminación ontológica.  

ramses.sanchez@lasalle.mx


[1] Kierkegaard, De una mujer. Sobre el consuelo y la alegría, Sígueme, 2019, 23.

[2] Kierkegaard, Der Begriff Angst/Die Krankheit zum Tode, MarixVerlag, 2011, 153 y ss.

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