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El peligroso campo parrense

BAILE Y COCHINO

Por Horacio Cárdenas.-

Sherlock Holmes, con esa paciencia que lo caracterizó siempre, explicaba al Dr. Watson, algo lento de entendederas, la diferencia entre resolver los crímenes que se cometían en las ciudades, y los que se cometían en el campo. Decía Holmes que no hay punto de comparación, y para sorpresa de muchos lectores, y del propio Watson, que es engañoso eso de que en el campo la gente vive mucho más tranquila, más segura en su integridad física y en sus pertenencias que en las poblaciones de distintos tamaños, donde como dicen los compañeros de la nota roja, el peligro y el delito acechan a la vuelta de cada esquina.

La tesis de Holmes era esta: en las ciudades, el criminal se cuida mucho más, tan sencillo como que habiendo más gente, gente por todos lados, quien perpetra un delito tiene que idear con mucho tiento el qué, el cómo y el cuándo, para que nadie se de cuenta de lo que pretende hacer, y si alguien es testigo, tener aseguradas las rutas de escape, todo lo cual obliga a una planeación que en el campo rara vez se necesita, allí los crímenes suelen ocurrir de manera intempestiva, sin premeditación. 

Había una tradición en el campo coahuilense, en General Cepeda, en Saltillo, en Parras, para hablar de lo más cercano, aquella de que no hay baile sin picado, y es que sí, cuando la gente de los ejidos y las rancherías se junta para convivir, y ya al calor de las bebidas embriagantes, salen a relucir las típicas viejas rencillas, que pueden datar de generaciones, o ser mucho más recientes o cosa del momento, el caso es que la gente se pone valentona, y por la razón que sea se hacen de palabras con los vecinos, con los paisanos, con los parientes, y como con un arma blanca o una de fuego todo el mundo se siente Kalimán, pues se tiran sobre el contrario, armándose una trifulca en la que nunca falta alguien que salga lastimado… o que termine muerto.

Las razones pueden ser de lo más nimio, que si me vio feo… pero no hay, sino hace veinte años, que si le faltó a mi chata, que si la tal chata le hizo ojitos y aquel se sintió que había matado víbora, que si me robó una gallina, que si me entregó pienso de menos, lo que sea es bueno para demostrar la supremacía de los de acá por sobre los de allá. Si para colmo en el asunto hay dinero de por medio, las cosas tienden a ponerse todavía peor, y cualquier cosa puede pasar.

Todo esto viene a cuento porque en las últimas dos semanas se han suscitado varios hechos de sangre en ejidos del municipio de Parras de la Fuente, algunos tan abandonados de la mano de todo, que ni sus nombres había oído la mayoría de la gente. El primer caso fue en El Mesteño, el segundo en el ejido San Francisco, y el tercero este fin de semana, en Las Palmas. San Francisco era medio famoso porque hace algunos meses hubo una intoxicación con alcohol adulterado que causó la muerte de varios habitantes del sitio, pero de los otros dos, pues no, nada que decir, nada que recordar.

Hasta que ocurren hechos de sangre. Como ya comentamos, es la reunión, es el aburrimiento, es el sol, es el calor, es el alcohol, son las apuestas que dan motivo a pleitos.

Ah porque usted sabe como es el norte, el norte bárbaro, la tierra de la carne asada, de hombres francotes y valientotes, a los vaqueros de siempre y sobre todo a los vaqueros de fin de semana, les gustan las carreras de caballos, eventos que por lo demás están prohibidos, o que si no están prohibidos, si requieren de un permiso, de varios permisos de autoridades federales, estatales y municipales, para poder efectuarse. 

¿pero a quien le gusta meterse en esas complicaciones de pedir permisos, que no son baratos, que además se tardan en entregar o de plano niegan?, lo más fácil: irse a algún ejido, ranchería, rancho de algún cuate, aunque estos son los menos porque si pasa algo, irían sobre el propietario, y ahora sí: ¡corran las apuestas señores!

Allí donde lo ve, las carreras clandestinas de caballos son de los motivos que con mayor frecuencia detonan los hechos de violencia, de los que por su gravedad llegan a oídos de las autoridades, pues si hubo heridos o muertos, tienen que ser notificados a la policía, que por supuesto, ni enterada estaba de que estuviera ocurriendo algo ilegal, pero aparte de ilegal, algo que pudiera causar problemas que son de su competencia. 

Por lo general, o casi exclusivamente, las carreras de caballos, los bailes organizados, ocurren en fines de semana, sábado o domingo, los días en los que el personal policiaco, los jefes mismos, gustan menos de trabajar que el resto de la semana, y en función de ello, son aprovechados por la población para sus reuniones, para sus eventos y para sus negocios. 

Ahora sí que como dice un viejo dicho entre piratas: todo el mundo está feliz encantado jugando con cuchillos a juegos de hombres, hasta que alguien pierde un ojo… pues igual acá, todo el mundo está feliz de la convivencia, de poder beber hasta caerse, de encontrarse con sus cuates y parientes, hasta que pasa lo que sintetizamos arriba, que alguien me ve feo, que me acuerdo de una ofensa de esas que no se borran nunca, excepto cuando se lavan con sangre, y es allí donde comienzan los problemas. 

Lo más curioso del asunto es que los tres hechos de los que le hemos platicado han sucedido en una temporada caracterizada porque los candidatos a la presidencia municipal de Parras y a la diputación federal por el distrito que comprende el municipio, han andado recorriendo los asentamientos rurales, platicando con los habitantes, conociendo su difícil situación económica, sus problemas sociales, familiares y sobre todo, la relación que guardan con el gobierno. 

Allí están retratados los candidatos con gente de los ejidos, los más ancianos, los más pobres, eso es cosa de los fotógrafos y de los publirelacionistas, para que se vea que el candidato no tiene reparo en acercarse a los más fregados del municipio. Sí, pero pareciera que la presencia de los políticos, de los de todos los partidos, de alguna manera despierta las emociones del pueblo, como si dijeran ¿ya se fueron?, pues órale, saca la cerveza y el aguardiente.

La cosa es esta, Parras es un municipio que en los tiempos buenos y en los tiempos malos, vive mucho del turismo, lo que menos se desea es ahuyentar a los visitantes que sí, muchos se restringen al casco urbano, pero también hay muchos otros que se adentran por los caminos y veredas, corriendo el riesgo de encontrarse con parreños que están disfrutando de la vida ahogados en alcohol o en rencores, con la complacencia de la policía y otras autoridades, que los días de asueto se los toman religiosamente, no moviendo un dedo para que los crímenes de los que Sherlock Holmes hablaba, no sucedan, y que seguirán pasando porque no hay nadie que los vea.

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