Historias de una lucha que no ha concluido
Por: Rafael Delgado Hernández
En el mes de abril del lejano año de 1926, en un pequeño pueblito llamado Yahualica, del Estado de Jalisco, había una linda niña campesina de piel morena, pelo lacio y cara alegre quien, a pesar de subsistir en condiciones muy humildes, vivió feliz al lado de su madre y de su pequeña hermana. Las tres soportaron los sufrimientos y sacrificios que su mundo les presentaba, pero siempre con alegría pensaban en Dios para que les diera gran consuelo y aliento para soñar en un futuro mejor.
Ya en la adolescencia, conoció a un buen hombre, trabajador y honrado, con el contrajo matrimonio y juntos llegaron a la región lagunera, donde formaron un hogar, procrearon diez hijos, uno por desgracia falleció. El hombre trabajaba mucho y la mujer aún más, siempre con la ilusión de lograr una vida mejor para el futuro para sus vástagos.
Ellos se mantuvieron firmes en el trabajo mientras los hijos estudiaban; así pasaron parte de su vida conyugal, la infancia de los niños fue humilde pero muy feliz, siempre vigilados por los ojos de la madre y el consejo del padre, por cosas de la vida el buen hombre falleció y la mujer trabajó todavía más ya que su ilusión de logar una vida mejor para su familia nunca decayó. Siempre cuido de ellos, los alentó y unió. Sus fuerzas nunca flaquearon ante la adversidad.
Sus hijos, al ver el esfuerzo de su madre, se las ingeniaron para ayudarla, así los grandes trabajaron para que los chicos no se apartaran de los libros. Y así transcurrió la niñez, la adolescencia y se llegó la madurez, con buena salud, mejores condiciones, y una ilusión muy arraigada de seguir siendo mejores.
La mujer, hoy tiene muchos descendientes y en vida siempre los vigiló y alentó, vivió alegre y optimista, con gran fe siempre luchó por verlos triunfadores y ella dio gran muestra, aun en su ancianidad, de su gran fortaleza. Trabajó y mucho, dando vivo ejemplo de cómo se debe luchar la vida; ella fue feliz al ver sus logros.
Sinceramente, creo que desde el cielo desea que sus descendientes logren más0, pero eso ya depende de cada uno de nosotros y creo que lo lograremos, porque un ejemplo como el ya comentado, nos demuestra que si se puede, ya que la ‘jefa’ si cumplió y ahora nos toca a la familia cumplir.
Bueno, así fue mi Madre María Hernández Velasco, la mayoría simplemente la conoció como “Doña María” una mujer sencilla y humilde, alguien que para mí no tiene igual, pues no solo cuidó de sus hijos, sino que además los educó y mantuvo unidos.
Creo que no solo es una gran mujer, es una mujer gigante, no solo es una heroína, es una súper heroína, pues sin sus sabios consejos y dedicación, varios de sus hijos nos hubiéramos perdido.
En particular su servidor, le tengo tanta admiración a mi Madre, por la sencilla razón de que no obstante la pérdida de su marido, nunca se dejó vencer, fueron un sinfín de problemas los que tuvo que enfrentar, por supuesto que los más graves eran los económicos, pues alimentar, vestir y educar a tantos hijos fue un gran reto del que salió victoriosa, aun así sola y sin tener un futuro cierto, nada la detuvo, su ilusión de ver realizados a sus hijos ese fue su gran motor de vida para seguir siempre hacia adelante, y como por ahí dicen nunca fue para atrás ni para agarrar vuelo.
Recuerdo que mi mamá trabajo como ningún otro ser para lograr que sus hijos fueran hombres y mujeres de bien, para eso nunca escatimó ningún esfuerzo ni sacrificio, para ella primero eran sus hijos y su misión era verlos triunfadores, para lograrlo sé que hasta de ‘mojada’ un día se fue a los Estados Unidos para traer pequeñas mercancías que ella vendía entre la gente que la conocía; además, no obstante su poca instrucción educativa, planeó y ejecutó un plan de vida que ahora ve cristalizado, pues a la mayoría nos dio educación superior y a los demás simplemente los orientó para aprender un buen oficio que pudieran desarrollar para vivir honradamente.
Así fue mi Madre: fuerte, inteligente y muy trabajadora. Ahora que conozco a otras personas inteligentes y cultas, al comparar sus enseñanzas con las que mi madre me dio, esos conocimientos están por debajo de los que empíricamente esa gran mujer me transmitió. De esa inteligencia, voluntad y capacidad que mi madre demostró, cualquier título de universidad le quedaría corto, con el cuidado y formación que ella me otorgó, con esole doy el título de “Doctor Honoris Causa” por parte de la Universidad de la Vida.
Como no ofrecerle tal título, como no dárselo si con sus atenciones y desvelos logró arrancarme de las malas costumbres que suelen asechar a los adolescentes, así ella me arrancó de las esquinas donde me reunía con los amigos, para llevarme a las instituciones educativas donde estudie; me privó de los malos amigos que pretendían seducirme para tomar un camino diferente al que ella quería para mí, me obligó a entrar a nuestro hogar cuando los demás me pedían que viviéramos en la calle, me arrancó de la obscuridad de la noche para que aprendiera a ver con la claridad del día, fueron tantos y tan variados los caminos que tomé y que me podían pervertir, que si no fuera por la gran vocación de mi Madre, esos malos caminos habrían podido aniquilarme.
Ahora reconozco que la dureza e inflexibilidad de mi Madre, era la rudeza necesaria para que pudiera enderezar el rumbo.
Tengo muchas cosas que reconocer a mi Madre, pero lo que más le agradezco, es que aun, en su mayoría de edad, siguió orientándome porque todavía me podía echar a perder, por eso cada vez que podía hablaba con ella, platicaba mis cosas y como siempre Doña María me daba una nueva lección que me ayudaba a salvar cualquier situación.
Si a nuestras Madres les pagáramos lo que corresponde por todos los cuidados que nos otorgan, no habría dinero suficiente para poder pagarles, ya que no nada más fueron maestras, doctoras, psicólogas y guardianes, sino en una sola palabra son nuestras Madres y tenemos que saldar la gran deuda que tenemos con ellas con atenciones, cariño, amor y por supuesto con cuidados, para que nunca se sientan abandonadas por quienes se entregaron en cuerpo y alma.
Ahora que todavía algunos tienen a sus madres, en reciprocidad llénenlas de todo lo que necesiten; aun así, lo que hagamos en vida nunca va a ser suficiente, pues resulta imposible compensar a quien nos dio la vida,.
A mi Madre la recuerdo siempre con amor aunque no sea tan grande como el que ella me prodigó. Nada de lo que pude darle, podrá ser suficiente para igualar lo que ella me dio, por eso, y por muchas cosas más, agradezco a Dios por la Madre que me otorgó.

Deja un comentarioCancelar respuesta