BAILE Y COCHINO… // Horacio Cárdenas Zardoni
Ni modo, hay que reconocer que hoy por hoy las motocicletas y motonetas se han convertido en una de las opciones más socorridas por la población para transportarse. Esto aquí en Saltillo, pero es una constante en prácticamente la totalidad de las poblaciones pequeñas, medianas y grandes del país.
A que más que la verdad, este es un asunto como el de la piratería. Si todos ganáramos una cantidad sustanciosa de dinero, todo el mundo iría a comprar su ropa, sus zapatos, sus discos cuando los había, al Palacio de Hierro, por mencionar la que creo sigue siendo la tienda más cara de México, pero como no nos pagan ese dinero por nuestro trabajo, acude uno a negocios donde nos venden mercancía pirata, alguna de calidad igual o hasta superior a los originales, de los que son indistinguibles a veces. Si todos pudiéramos comprarnos un carro del año, ¿cree que andaría en moto?, hasta el reparto de pizzas y lo que fuera, lo harían en un Cadillac o en un Lincoln.
Eso en cuanto al costo, en cuanto a la movilidad, tenemos bien claro que el parque vehicular crece mucho más rápido que las calles, avenidas y periféricos por los que pueda circular. El resultado es obvio, las calles que alguna vez nos permitían llegar a nuestro destino en un tiempo razonable, hoy son unos atolladeros de pesadilla, lo son para quienes no se bajan de sus carros, nuevos o viejos, porque para los que dan el cambiazo a usar una moto… pueden desplazarse a una velocidad de envidia.
No voy a exagerar diciendo que circulan a cualquier hora del día como si no hubiera carros, pero sí, algunos con especial habilidad se las ingenian para moverse como si de veras estuvieran vacías, así de buenos son para usar los espacios laterales y frontales entre vehículos. Para ellos debe representar una atractiva y hasta viciosa descarga de adrenalina, en cambio para quienes compartimos el camino, nos traen de susto en susto, y es que no todos tienen la pericia de Evil Kanivel, muchos están apenas por encima de saber meter las velocidades, y mantenerse sin caer, y uno que se topa con ellos suele llevar la culpa cuando ocurre un accidente.
Esto que le voy a platicar ocurre un día sí y el siguiente también en una calle que solía ser pacífica, allí en la Colonia Jardín. Resulta que sobre bulevar Venustiano Carranza, ese que los fresas de la generación X llaman ‘el B. Carranza’ se instalaron un par de negocios dedicados a la venta de motocicletas, a un par de locales de donde está el Fonacot. Bueno, pues por el lado de Carranza está un estacionamiento, amplio, donde no dejan estacionarse más que a gente que va a los locales de allí, nada de que se metan los que van a pedir un préstamo que les descuenten quincenalmente. Luego luego está la sala de exhibición, donde los posibles clientes pueden bobear los vehículos, desde los más baratos hasta los más caros, y luego de consultar su presupuesto, se deciden por este o por aquel, que satisfaga sus necesidades de transporte o de trabajo.
Todo normal hasta allí, donde la cosa se complica es cuando le ofrecen al cliente, o este pide, la posibilidad de probar el vehículo… y como salir a Carranza, exactamente ahí con el trafical a toda hora, está de miedo, sobre todo en una moto desconocida, pues los encargados de los negocios encontraron que podían hacer los viajes de prueba en la calle de atrás, en la calle Roble.
Nomás imagínese, al jovenazo que se trepa a una moto nuevecita, una moto que no es suya porque no la ha pagado, y le dan chance de probarla… son unos arrancones, unos enfrenones, unos acelerones de pánico, déjese para la gente que habita ahí, que son muy pocos, pocas casas están habitadas, sino para quienes dan vuelta en Álamo para seguir por Roble, que son muchísimos, y es que desde que Jericó Abramo canceló la vuelta a la izquierda para tomar Hinojosa, hay que meterse en la colonia Jardín para esperar cruzar en el semáforo.
Se arrancan a toda velocidad, no conocen la sensibilidad o falta de sensibilidad del freno, y casi se embarran con los carros que van dando vuelta, o igual de peligroso, que los atropellen porque, aunque tienen preferencia, apenas se alcanzan a ver, con esa velocidad a la que van.
Se les ha dicho a los encargados del changarro de Elektra y Vento que por favor no saquen a probar ahí sus motos, básicamente porque es peligroso, y como ya se puede imaginar, les vale sorbete. Lo que les importa es concretar la venta, ensartar al cliente con sus pagos chiquitos para que el tío Richi pueda abonarle al SAT lo que le debe, y que el mundo saltillense ruede, con tan pésima suerte que en cualquier momento puede ocurrir un accidente, con heridos o muertos.
Se había estado hablando, y luego ya no, de que se iba a exigir responsabilidad a los vendedores de motocicletas para que estas salieran ya plaqueadas, y el conductor con licencia y casco… ¿y las pruebas de manejo, de esas quien se ocupa?, con un vehículo desconocido puede ocurrir cualquier cosa, sobre todo cosas malas.
Esto que le contamos de Elektra y Vento sobre bulevar Carranza es solo un ejemplo, habrá otros muchos de irresponsabilidad y negligencia comercial, ya irán brotando conforme vayan accidentándose los clientes… por lo demás, algo perfectamente evitable, si quisiera alguien hacerlo.

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