
«…Roberto C. González no tenía llenadera, y para pronto se metió en cuanto negocio turbio se le ofrecía. Ya no era la cosa del dinero, era lo de demostrar que podían burlarse de la ley y de los gobiernos encargados de hacerlas y hacerlas cumplir.»
Baile y cochino.-
Por Horacio Cárdenas.-
Qué tema con el que se despertaron los saltillenses esta semana, uno de los pilares de la sociedad local, no por abolengo o por algo de admirable que pudiera tener, sino por su poder económico y la influencia que podía desplegar, además del daño que pudiera causar a las personas en su reputación, de repente era objeto de la misma atención que en los últimos tiempos el ministerio público federal como institución que es de buena fe, auxiliado de toda la parafernalia que siempre acompaña los despliegues de la Marina Armada de México, había elegido a Roberto Casimiro González como su objetivo.
Otro de los que se sentía intocable, protegido por la muralla de dinero que ha logrado acumular en sus tratos con el poder político a lo largo de los sexenios, de repente veía su escandalosamente lujosa residencia pisoteada por las botas claveteadas del personal de infantería de marina, sus preciados objetos de arte y sus documentos secretos, mancillados irrespetuosamente por las manos de los agentes del ministerio público federal, expertos como son en encontrar pruebas de delito, o aunque sea hebras que conduzcan a él. Don RGC, quien había librado el incidente del avión aquel de su propiedad, en que había sido detenido en el aeropuerto de La Paz Juan Chapa Garza, a quien el sistema en pleno había perdonado el haber llevado a Carlos Salinas de Gortari a un sitio operado por narcotraficantes, entre otros muchos desplantes que estaban en la delgada línea que separa lo legal de lo ilegal, por no entrar en monsergas de lo que es decente, ético o moral, que nomás causan aburrimiento a quien escucha, incluyendo los habitantes de esta ciudad de la que algunas miles de veces dijera el párroco Usabiaga que era la capital mundial del chisme, en algo gordo debe haberse metido ahora, que la vetusta Procuraduría General de la República decidió emprender acción contra su persona y su imperio.
Todavía hay quien recuerda aquellos lejanos días en que Roberto González, el original, se convirtió quien sabe porque artes, en el principal beneficiario de un negocio que pudo haber tenido graves consecuencias internacionales, en un momento en el que el mundo se debatía en una guerra como o se había visto antes. De como González se quedó con una emisora radiofónica, que el FBI descubrió que había sido montada en Ciudad Acuña para transmitir con descomunal potencia radial mensajes lo mismo a la Alemania Nazi que a sus agentes y simpatizantes en los Estados Unidos, disfrazados, claro, de inocente programación musical, es algo que habría que ir a urgar en los expedientes secretos del Archivo General de la Nación. Sí, la operación de la radioemisora para efectos de espionaje se desmanteló, pero en vez de dejarla convertida en cenizas precisamente por los riesgos de que pudiera de nueva cuenta ser usada para fines estratégicos, fue entregada en concesión a un particular, quien sobre esa base construyó poco a poco un auténtico imperio de comunicación, cuya influencia llegó a parecer indiscutible y como ya dijimos, intocable.
El primer millón siempre es malhabido, los demás llegan solos, dicen los que han visto como se construyen fortunas de la nada, y el caso de RCG es paradigmático. De una triste, tristísima estación radiofónica de la frontera, y de una frontera como la acuñense, a adquirir una concesión de televisión abierta en la capital del Estado, a operar una cablera que se hizo famosa por robarse la señal de los canales norteamericanos, haciendo con ello las delicias de miles de familias saltilleras, que sabían o imaginaban que había gato encerrado en la oferta de opciones que había en Saltillo comparadas con las de cualquier otro lado, pero no por eso le volteaban la espalda. ¿Cuánto dinero ganó RCG robándose la señal y vendiendo lo que no era suyo a los saltilleros ávidos de diversión?, difícil o imposible de calcular. Pero eso es solo lo que podríamos llamar, negocios.
Todavía recordamos que un colega periodiquero llegó un día de principios de un sexenio ido con la novedad de que a RCG ya no le iban a dar el millón de pesos que mensualmente tenía asignados… le iban a dar un millón pero de dólares, y eso solo para abrir bolsa, perdón boca, de lo que luego fue una sangría de dinero de las arcas gubernamentales que se iba a la televisora con sus cada vez más diversificadas ramificaciones con la única consigna de hablar bien del régimen hasta la abyección, y acabarse a sus enemigos como si fueran propios.
Pero como dicen de las mujeres, cuando que los hombres cojean de la misma pierna, Roberto C. González no tenía llenadera, y para pronto se metió en cuanto negocio turbio se le ofrecía. Ya no era la cosa del dinero, era lo de demostrar que podían burlarse de la ley y de los gobiernos encargados de hacerlas y hacerlas cumplir. En algún momento podemos entender, fíjese, que cuando llegaron “los malosos” que les decía Ernesto Zedillo y los “malitos” que les decía Felipe Calderón, las bandas del crimen organizado pues, le hayan ofrecido a RCG la misma disyuntiva que a muchos otros negociantes en decenas de giros: oro o plomo, y como según el sapo es la pedrada, en el caso del capitoste del imperio eran veinte gramos de plomo o cantidades nunca vistas ni por ellos mismos, de oro, así que se fueron por esto último.
Pero así como decimos que podemos entender por qué se dobló para entrarle a la asociación delictuosa y al crimen organizado, así también él, ellos, tienen que entender que en determinado momento, el sistema necesita sacrificar algunos peones, alfiles para que no se sientan, y ese momento ha llegado.
No que la justicia hoy sea más justa que hace cinco, diez o veinte años, no, el sistema está enfrentando un momento político en el que aun los que le han servido a cambio de muchísimo dinero, tienen que pagar, y para los RGC, el momento ha llegado.
Tampoco se imagine que se acaba un imperio y todos felices, no, hay fila para sustituir a un magnate mediocre con otro todavía más voraz, ambicioso y cruel, pero en la renovación y viendo la sangre llegar al Arroyo del Pueblo, los saltilleros tienen para desaburrirse y chismear un buen rato.

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