BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

A lo mejor conoció usted el antiguo edificio del CEAS, bueno, del SIMAS, porque resulta que uno estaba abajo y el otro arriba, así es como se administraban los recursos públicos en otros sexenios. Luego vino Rubén Moreira, quien vaya usted a saber qué tirria le tenía a ese edificio, al de enfrente, el Edificio Coahuila, y si por él hubiera sido, hubiera tumbado toda la cuadra hasta llegar hasta el que ocupa la Secretaría de finanzas, en su afán por arrasar.
El edificio no es que fuera particularmente bonito, era uno típico de oficinas, para atención al público y para realizar labores burocráticas, pero tenía sus arquitos, se veía más o menos bien. Pero lo que nos importa de él es recordar que a alguien se le había ocurrido decorar las paredes con mapas, planos y croquis de la región. Algunos de ellos eran bastante antiguos, pero lo interesante de ellos es que se referían al tema del agua. En el poco rato que tenía uno para examinarlos, más el conocimiento limitado para interpretar este tipo de documentos, no pocos de ellos decolorados por el tiempo, nos hacían difícil entender exactamente lo que estábamos viendo.
Sí aparecía la mancha urbana, los de mediados del Siglo XIX mostraban una manchita que luego fue creciendo, ya cuando localizaba uno la villa de Arteaga o la de Ramos Arizpe, ya se sentía que tenía todo bajo control, y ya con los símbolos de las sierras y montañas, arroyos y algunos más, ya sentía uno que podía salir a recorrer los alrededores como el más valeroso de los exploradores.
Viendo un plano tras otro, los que tenían la curiosidad de verlos de a uno por uno y como conjunto, era más que interesante comparar el cómo de una década a otra y de un siglo a otro, la región había ido cambiando, la mancha urbana se había ido haciendo cada vez más grande, las marcadas como congregaciones y ranchos iban siendo absorbidas por el área urbana, y lo más significativo de todo, que para eso habíamos ido al edificio del CEAS en primer lugar, cada vez se veía que había que traer el agua de cada vez más lejos.
La lógica de los colonizadores, los que llegaron a fundar Saltillo hace cuatrocientos y tantos años, era establecerse cerca de algún curso de agua, de algún estanque, u otra fuente que pudiera garantizar el suministro de los que se establecían sobre sus márgenes, o en sus cercanías. Sí, eso funcionaba muy al principio, pero al paso de los años, y con el crecimiento poblacional, cada vez se iba haciendo más difícil tener el agua cerca, no para los que habían llegado primero, sino los que se habían ido incorporando después, por nacimiento o por migración. Ya no era suficiente salir con un cubo a buscar agua al arroyo vecino, sino que había que ir a buscarla siempre más lejos, con el consiguiente esfuerzo, gasto, tiempo perdido, y el riesgo de que no la hubiera en cantidad suficiente para todos los que la estaban requiriendo, con el agravante de que el problema no hacía más que crecer.

La lección de los planos del CEAS, al menos los que estaban expuestos es que, como tal, nunca había cesado la exploración de fuentes de suministro, entrando algunas en explotación para traer el líquido a la capital de Coahuila. En algunos casos era agua que no se había extraído en años recientes o nunca, y en otros… era agua que se destinaba a otra cosa, normalmente riego de huertas, granjas y ranchos, y de las que se obtenía una producción que si no daba para enriquecerse, por lo menos para vivir razonablemente bien.
Según nos contaron, hace años, gente de CEAS, difícilmente se puede decir que CEAS, o como se llamara el organismo administrador, alguna vez haya sido, nunca estaba planeando a futuro. Más bien su labor era reactiva, ante una demanda ya existente, pues a buscar cómo satisfacerla, de allí que se le conciba como una entidad que siempre va a la zaga de los problemas.
¿Qué tan grave era la carencia de agua para los saltillenses en 1850, en el 1900, en el 1950, o en la actualidad? Eso es algo difícil de decidir. Depende desde el punto de vista de cada quien, para variar.
Si alguien tenía una fábrica, una engorda de ganado, un negocio con alto consumo de líquido, la veía distinto de una casa que solo usaba lo necesario para cada uno de los integrantes de la familia. Pero lo significativo es que cada vez el agua que se usaba para esta o para aquella actividad, venía de más lejos, y a como somos, y como éramos en aquellos tiempos, a la generalidad de la gente no le interesa de dónde, a veces tampoco el costo, sino que cuando uno abra la llave, salga la que necesita en ese instante.
Se puede inferir que el crecimiento de Saltillo siempre estuvo supeditado a la disponibilidad de líquido para la actividad productiva. Sería interesante, como ejercicio de investigación histórica, averiguar cuántas y cuáles empresas no se establecieron aquí por falta de agua, en comparación con las que sí o hicieron, cuántas oportunidades se perdieron de plano, y qué representó para las vidas de cientos y miles de personas, que pudiendo ser saltillenses, se fueron para donde había agua.
Todo esto viene a cuento porque en días pasados uno de los expertos en la temática del agua, Rodolfo Garza Gutiérrez puso el dedo en la llaga, Saltillo ha alcanzado, si no es que rebasado, los límites del crecimiento. Dicho con todas sus letras, que ya no está en condiciones de aceptar más empresas, como tampoco de soportar el crecimiento de la población.

Esta declaración, que tiene como datos que la soportan la cada vez más profunda extracción de líquido para abastecer a los saltillenses, por supuesto que es rebatida por los promotores de una expansión sin límite, que es la que priva en el mundo capitalista, y en muchas ciudades mexicanas, sus apologetas suelen ponerse trágicos, cuando dicen que imponer límites es comenzar a morir, como si la capacidad del planeta, del país, de la región, fueran interminables, cuando han demostrado que no son interminables.
De hecho el agua que ahorita se está usando para cuestiones domésticas y para la producción fabril, es la que antes regaba granjas, huertas y ranchos, de donde se alimentaban nuestros ancestros. Hubo que elegir, usarla para la agricultura y la ganadería, o para actividades de mayor valor agregado, pero que terminaron convirtiendo en erial lo que antes eran terrenos fértiles, y un gusto de vivir en Saltillo tan cercano a la naturaleza, gusto que hoy ya no hay.
Hay que poner límites ya, con todo lo que esto nos duela, o les duela a los que quisieran ver una fábrica en cada cuadra, rodeada de casas de obreros. Saltillo ya alcanzó su límite, y podríamos especular que lo excedió. Todavía es tiempo de bajarle, de racionalizar el uso del agua, antes que llegue la pesadilla de tener que racionarla.

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