‘Don Panchito’, mi padre… el mejor

Historias de una lucha que no ha concluido

Por: Rafael Delgado Hernández.-

UN BUEN PADRE

Todos tenemos o tuvimos un padre. El mío era el mejor. Su nombre era Francisco Delgado Cervantes, o “Don Panchito”, como le decían sus conocidos y sus amigos; mientras lo tuve a mi lado, recuerdo que lo miraba con respeto y hasta con cierto temor, porque cuando lo hacía enojar, o me portaba mal, era muy severo con sus reprimendas hacia mí y mis hermanos. Aun así, pasada la tormenta, me acercaba y él me abrazaba, sentía su cariño y el gran amor hacia nosotros.

Cerca de él me sentía muy seguro pues aunque yo fuera muy pequeño, era tal su presencia que con él me sentía poderoso e invencible.

Recuerdo muy bien cuando me dijo “nunca te acobardes ante nadie ni ante nada, sé valiente y vencerás lo que sea necesario”, ante esa profunda enseñanza nunca me he dado por vencido, ni aun en la adversidad.

Así recuerdo a mi padre, valiente, fuerte y generoso; aunque algunos que lo conocieron digan que era muy serio, para mí era muy divertido pues jugué con él, lo vi jugar y convivir con sus amigos, con quienes tomaba algunas bebidas espirituosas. De esas épocas recuerdo aun a mi tierna edad que cuando mi padre se reunía con ellos, a mí me daban papitas y un refresco y ahí los escuché hablar de sus problemas y también de sus alegrías, y claro mientras más elixir ingerían pues más alegres se ponían, aun así lo digo con honestidad, mi padre nunca me expuso a ningún pleito ni discusión en mi presencia, y pasado algún rato agradable me tomaba de la mano y me llevaba a la casa al amparo de mi madre.

Además de ser alegre, mi padre aprovechaba cualquier oportunidad para convivir con la familia, y así fue que conocí el Río Nazas, porque ahí nos llevaba a hacer nuestro día de campo y ahí vi los sembradíos de tomate, chile, repollo, lechuga, cilantro, cebollas y zanahorias; disfruté tanto esas convivencias que aun ahora a mi edad cada vez que puedo voy y me siento a la orilla del río a ver su grandeza, y por supuesto que de niño al ya conocer el camino hacia el río y sus sembradíos, los fines de semana en compañía de mis amigos nos íbamos a contratar en la pizca de esas verduras, cuál sería nuestra sorpresa que los contratistas al momento de pagarnos lo hicieron con puro chile y tomate, porque no pagaban con dinero, sino con productos de la cosecha, y pues ahí venimos con nuestras bolsas, sin dinero y de “rait”, pero claro no nos regresábamos sin antes echarnos nuestros respectivos clavados en el Padre Nazas desde los árboles que se encuentran en sus riveras, y como lo mencioné anteriormente “gracias a Dios ninguno de nosotros se ahogó en esas aguas tan turbulentas y traicioneras”.

 La vida al lado de mi padre fue muy placentera y formativa. Recuerdo que en épocas de vacaciones escolares él me consiguió un permiso en la empresa Peñoles para que yo pudiera ingresar a las oficinas donde él trabajaba, en donde lo vi afanoso por hacer un buen trabajo a sus patrones, como eran unas oficinas con amplios jardines y árboles frutales, mientras mi padre trabajaba yo recolectaba limones, duraznos, guayabas, mandarinas y hasta nueces de los árboles frutales que ahí existían, creo que nadie me decía nada porque yo era el hijo de “Don panchito” y a él la mayoría lo quería.

Del arduo trabajo que mi padre realizaba, cada año recibía su merecido aguinaldo el cual compartía con toda su familia, a mí y a mis hermanos bien recuerdo que nos tocaba nuestro billete de a cien pesos, y con el adquiríamos nuestro correspondiente lote de ropa, calzado y por supuesto nuestros juguetes de navidad.

Todavía no sé, ni me explico por qué mi papá murió siendo yo un niño, pues antes de su accidente recuerdo que nos llevó al lugar que hoy sé es la colonia Jacarandas, a mostrarnos la casa a donde nos mudaríamos, porque la empresa “Peñoles” ya estaba desocupando a los habitantes de la colonia Metalúrgica, con la famosa idea de que ahora ellos ya iban a ser propietarios de las casas que se construyeron en las colonias Jacarandas y Alamedas.

A esa tierna edad, tenía de ocho años, no pude entender cómo fue posible que si a mi padre ya le habían asignado una vivienda, después de su muerte los de la empresa o los “líderes del sindicato” ya no nos la dieron, gracias a Dios y a las precauciones de mi madre que ya había adquirido un terreno con unos cuartos no nos quedamos en la calle, y pues según yo por esa injusticia que creo que se cometió en contra de mi familia, estudié leyes para convertirme en un buen abogado que defendiera a otros de una posible injusticia.

Siendo tan bueno mi Padre, creo que murió muy pronto, y si así dejó una huella imborrable en mí, si lo hubiera tenido a mi lado más tiempo, creo que todavía fuera yo mejor de lo hoy puedo ser, pero bueno lo perdí y a ello me tenía que resignar. Cuando falleció recuerdo que venía de la escuela “la Justo Sierra”, y a la distancia observé que había mucha gente en mi casa, y cuando una de mis hermanas vio que me acercaba al domicilio corrió hacia mí y me quito la mochila, para decirme que me fuera a la plaza a jugar, en mi inocencia pues gustosamente acepté, pero paseándome en los columpios de la plaza otros niños que me conocían me dijeron que mi papá se había muerto, a lo que les contesté que no era cierto, que él estaba trabajando; tanta fue su insistencia que corrí hacia mi casa y sí ahí ví a mi familia llorando la pérdida de nuestro jefe de familia.

Aún recuerdo que lo velaron en una funeraria de la calle Treviño y Allende, en una capilla que se llamaba “San Pablo”; cuando vi su ataúd, me acerqué a él y ahí observé a mi padre con un rostro tranquilo y apacible pero con una cicatriz en la frente, y sin saber yo lo que pasaba, mi madre con su voz amable y cariñosa solo me dijo que estaba dormido y que no lo podía despertar.

Así me mandaron a dormir con “doña Clara” y ya nunca más vi el rostro de ese buen hombre que fue mi padre.

Reconozco que no he seguido al pie de la letra sus sabios consejos, y que le he fallado en muchas ocasiones, pero él me ha enviado a otras personas en su nombre y representación para que estuvieran al pendiente de mí y me siguieran orientando en mi formación, hombres a los que en otras colaboraciones me referiré, porque ellos al igual que mi padre me impulsaron para ser un buen ciudadano, como él quería verme.       

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