Colorina, la tortuga

De: Roberto Adrián Morales.-

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Conocí el odio desde niño; aunque no supe entonces lo que era, me invadió una rara sensación cuando penetró a mi organismo, como el aguijón de una abeja furiosa que defiende su panal de los intrusos. La sensación que deja el odio en la boca del estómago no me abandonaría nunca, a partir de ese momento; se pegó a mi piel, penetró por los minúsculos poros de mi cuerpo y transitó libre por mis venas hasta clavarse en alguna parte del cerebro, incrustada como una alcayata en la pared, como un clavo destrozando las manos de Cristo.
Tenía cuatro años cuando el tío Bernardo, gordo y bonachón, azotando el piso con sus enormes botas vaqueras, llegó a casa cargando una preciosa tortuga; era pequeña, me emocionó tenerla entre las manos, acariciar su redondez. Escondía su rara cabeza y sus patas, veteadas de verde seco, en el caparazón cuadriculado que pinté de colores fosforescentes; verdes, naranjas y amarillos, se confundían en su dura corteza. Plasmé en ella un arcoiris, una tarde de verano donde el cielo caprichoso se viste de tonalidades misteriosas y, al final de su concavez, su mano gigantesca de azules dispares y nubes que duermen en lo alto de las montañas, se apodera de la tierra.
Colorina, como llamé a tan singular obsequio, no tardó en acostumbrarse a mis caricias y al piso fresco del patio de la casa. Era un tanque de combate infranqueable que jugaba a la guerra con mis soldaditos de plástico y destruía el fuerte construido con palitos de madera, que caían sobre ella. Tras derrotar al enemigo estiraba la cabeza y sus ojos saltones me miraban, orgullosos de su hazaña. Me inculcaron que los animales no tienen sentimientos. Diferí entonces de tan temeraria afirmación porque yo vi reír a mi tortuga y también la escuché llorar cuando me negaba a jugar con ella. Una tortuga es tan buena mascota como un perro, aunque no ladra o vigila la casa, es un amigo al que se le pueden confiar muchos secretos, con la seguridad que jamás habrá de descubrirlos.
Con el tiempo nos hicimos amigos inseparables. A la hora de la comida, Colorina imprimía la mayor velocidad que le era posible para llegar al comedor; mi madre le arrojaba varias hojas de lechuga que, paciente, consumía; durante largo rato, sólo se escuchaba el ruido de los cubiertos chocando contra los platos y el masticar furioso de la tortuga. Por más que parezca increíble, estoy seguro que participaba hasta en el agradecimiento diario a Dios, por enviarnos alimentos a la mesa.
A la hora de la siesta, se metía bajo la cama, velando mis sueños, en espera que despertara para ir al corral, allí levantaba con sus patas una verdadera polvareda en tanto una docena de gallinas escandalizaban, molestas porque invadíamos sus aposentos, eran señoritas enojadas por violar su intimidad. Igual ocurría con Teodora, la sirvienta, al descubrirme husmeando, por el ojillo de la puerta, el largo reposar de su cuerpo desnudo construido con barro macizo. Sentía placer al mirarla acariciando sus senos morenos y sus botones oscuros; sus piernas cortas y sus nalgas redondas y macizas, fuertes y brillantes, untadas con aceites olorosos a hierbas del campo. Toda ella era un contraste de salvaje naturaleza. Sus ojos ambarinos lanzaban miradas de fuego cuando me descubría intruso de sus sueños, sus labios gruesos, sus dientes blancos y su boca grosera gritaban: «¡Te ví, maldito Saulito. Ya verás cabrón, voy a decirle a tu madre!». Las frases iban acompañadas de un cubetazo de agua que chocaba contra la puerta mojándome la cabeza, eran hechos placenteros que despertaban mi erotismo infantil.
A los gritos, y ante el temor de ser descubierto por mi madre, corría al patio donde celosa me esperaba Colorina. Algunas veces me acompañó a la escuela de Nombre de Dios, un pueblito de Durango dónde fuimos a parar luego que mi padre salió huyendo de Gómez Palacio, por no se qué desfalco a la empresa donde prestaba sus servicios. Los niños del salón me envidiaban; ellos tenían chivos, marranos, guajolotes y perros y alguno hasta una serpiente desdentada, pero nadie tenía una tortuga y menos una con el caparazón matizado de paisaje.
En el pueblo había muy poco por hacer. Aunque surgía el ingenio para construir juegos nuevos que permitieran derrotar la tarde interminable y el calor sofocante. No éramos muchos los niños en aquel entonces, aunque hacíamos buen montón y mucho ruido.
Había una cantina. Desde que abrían hasta que cerraban, Indalecio, mi padre, la pasaba con los brazos recargados en la barra de madera nudosa, bamboleándose como péndulo o badajo de campana. Al salir de la escuela, me asomaba por debajo de la puerta de vaivén, distinguía sus zapatos descuidados y sucios, con las agujetas desabrochadas y las bastillas del pantalón mojados de orines; el penetrante olor del aserrín bañado en petróleo asfixiaba el aire en ese lugar. Oía a mi padre confesarse con el cantinero que, metódico, sacaba una franela roja y limpiaba un pedazo aquí, un pedazo allá; lo escuchaba llorando sus desgracias y en la ebriedad total dejaba caer la cara en la barra, sus ojos vidriosos parecían buscar, en la inmensidad de la madera, alguna balsa para salvar sus desventuras y fracasos. No era un hombre viejo, pero el alcohol inflamó sus párpados a tal grado que éstos le escondieron las pestañas; como una puerta que se cierra para impedir el paso de los rayos del sol; su pelo ensortijado, entrecano, se veía opaco y revuelto. Su risa era parecida a la de una hiena hambrienta; no era una risa agradable, más bien ruidosa y molesta, chillante y escandalosa, como las voces de las mujeres que suben al tren a vender alimentos o la de los merolicos que anuncian el descubrimiento de una pócima, con la que pueden curar desde migrañas hasta tumores cancerosos.
Cuando preguntaba las causas por las que pasaba todo el día en ese lugar, mientras los padres de mis compañeros partían a las labores del campo o atendían alguna tienda, mi madre guardaba silencio, un silencio amargo, cómplice, como el de los delincuentes que se niegan a denunciar a sus compinches; un silencio que inundaba sus ojos de lágrimas y cerraba la boca apoderándose de las palabras. Que ojos tan tristes, tan expresivos, tenía mi madre cuando yo preguntaba, inocente y tímido, por los andares bohemios de don Indalecio.
Comprendía el daño que ocasionaban mis preguntas y me refugiaba en los juegos con Colorina; ella no era triste, aunque a veces creo que comprendía el pesar de mi madre.
Una tarde mi padre, como era ya costumbre, llegó ebrio a casa; apenas abrió la puerta, tropezó con Colorina y estuvo a punto de caer cuan largo era; enojado, con el rostro enegrecido, la rabia se fue apoderando de su ser, tomó al animal entre sus manos y lo estrelló contra la barda del patio. El caparazón se reventó en mil pedazos y su carne se esparció por el piso de cemento, como si se tratara de una calabaza amarilla, de las que utilizan en las noches de brujas. Mis pupilas se clavaron en la humanidad del asesino, imposibilitado para atacarlo, me conformé con juntar los fragmentos del caparazón e intenté armarlo como si fuera un rompecabezas de innumerables y dispares piezas; las lágrimas que abandonaron mis ojos, como lluvia pertinaz, cayeron incesantes sobre los restos de mi mascota destrozada, mis manos se llenaron de líquido viscoso y mi corazón de odio.
Conservé muy dentro de mí tan trágica escena, la imagen plasmada en mi cerebro, como una fotografía, aparecía intermitente como si apenas hubiera ocurrido el crimen y yo, al igual que mi madre, quedé convertido en cómplice. Sí, mi silencio llevó a la complicidad, a cubrir al asesino, a protegerlo. Por eso callé cuando los compañeros me preguntaron por Colorina. Me conformé con inventar historias fantásticas sobre ella, como esa de que se había metido en el cuerpo de una paloma y había volado lejos en busca de sus padres, o aquella otra donde aseguré que, como era tortuga de tierra, un día cubrió con sus patas los colores de su caparazón y se perdió en la inmensidad del llano seco. Jamás quise denunciar al asesino.
Con esa complicidad y esa tristeza pasó mi infancia, mi juventud y alcancé la madurez justo para ver cerrarse los ojos de mi madre. La amargura que embargó toda su vida me la dejó de herencia, no quiso llevársela consigo. Fue una herencia brutal, despiadada, pesada como un costal de arena.
Treinta años pasaron sobre mí, después de aquel día del crimen horrendo. Vi a mi padre salir de la cantina, caminar lento con sus zapatos viejos y sucios, mirando con esos ojos perdidos en la bruma del alcohol, con la rabia colgando de la comisura de sus labios, con esa baba infernal dibujando arabescos en la tierra polvorosa; con los años encorvándole los huesos, haciendo que su espalda pareciera un caparazón de tortuga a la que había que inyectarle vida, los colores del arcoiris, los prodigios del cielo al atardecer. Recordé a Colorina y, sin pensarlo, dejé que me abrazara, que brotara, que saliera de mi interior, como una fuente de aguas negras, pestilentes, el deseo escondido de la venganza.

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