
ESTILO SALTILLO.-
Por Horacio Cárdenas.-
Dicen los que se fueron y regresaron, los que con ese solo hecho de lesa patria perdieron para siempre su calidad de saltillenses “de toda la vida”, que la única manera en la que una persona puede vivir en Saltillo, es borracho o loco, fuera de eso, es, en su opinión, imposible. Esa ha de ser, definitivamente no la única, pero una de las razones más importantes por las que en la capital de Coahuila abundan los ebrios consuetudinarios, gente que empieza a tomar temprano por la mañana, convencidos. y cínicamente lo dicen así, que en alguna parte del mundo ya es después de medio día, y que no tienen reparo en beber los 365 días del año, si es que los medios económicos o el ingenio les da para eso.
Podría esta ser también otra conexión e incluso fundamentación de otro par de apreciaciones sociológicas respecto a los habitantes de la supuesta mejor ciudad para vivir, la primera que “el que la hace en Saltillo la hace en cualquier parte”, pues y como no, si estando borracho o loco o tratando con puros borrachos o locos, logra hacer fortuna, pues cualquier otro obstáculo o cúmulo de obstáculos se le hará pan de pulque comido… o bebido. La otra es que muchos de los que se presumen machirrines de la localidad, tienen fama y demostrada según sus malquerientes, de no haber trabajado nunca, descripción antropológica que quizá Julio Torri o Manuel Acuña plasmaron en el conocido verso de “el que no es poeta hace cajeta” refiriéndose a lo que hacen los saltillenses en sus múltiples ratos de ocio, que por cierto han de abundar, donde no trabajan. Con este brevísimo recorrido por la idiosincrasia del saltillero, llama la atención la poca ídem que le merece a las autoridades competentes una publicación que anda circulando por las omnipresentes redes sociales en estos tiempos que corren, una que promete para sus organizadores ser un éxito total de ventas, y con un poco de suerte, en convertirse en una mina de oro, que haga competir a la capital de Coahuila con otras insignes ciudades del estado que luchan a tarro partido por ser la cantina más grande del mundo, y aquí discúlpenos si omitimos alguna, pero lo hemos oído lo mismo de General Cepeda que de Parras, y en las ligas mayores, Torreón, Acuña y Piedras Negras.
Nos estamos refiriendo, ya lo habrá sospechado, al famosísimo y todavía no suficientemente ponderado campeonato de borrachos, el cual tendrá lugar en la pacata y archimocha ciudad de Saltillo en fecha próxima. Digo, si en Saltillo decía algún respetable bebedor que se bebía una botella diaria de tequila como medida de salud mental para soportar la existencia entre sus congéneres, nada debería ni sorprendernos, ni molestarnos, mucho menos nos pensamos, sentimos ni creemos nadie para andar de moralistas en un pueblo donde ver todas las pajas son vigas a nuestros ojos, pero que se promueva la ingesta de bebida etílicas a escala deportiva nos parece un tanto brincarse los límites de lo legal, política, administrativa y sanitariamente conveniente.
Muchos ebrios lo tomarán como un reto, como los otros locos a los que ahora les ha dado por tomar las calles para correr cinco, diez, veintiún, cuarenta y dos, cien y quien sabe cuantos más kilómetros, sin tomarse la molestia de hablar con corrección, porque kilómetro de abrevia “km”, no “k”, si no son capaces de decir la otra mitad de la abreviatura no merecen una medalla ni de bautizo, pero a lo que íbamos, lo de los retos: la publicidad dice que la inscripción por mesa cuesta la módica suma de cuatro mil devaluados pesitos, esto por cada mesa de cuatro participantes, y la regla es simple, la mesa que consuma más rondas, técnicamente cubiertas con la inscripción, es la que gana, si se presenta un empate pues se resuelve por la vía de continuar bebiendo hasta que haya un claro y beodo ganador.
Para los que estén pensando en valientemente aceptar el reto, cada ronda contempla un cartón de cerveza de media y una botella a escoger… pero como esto es un deporte bien pensado, cada hora que dure la competencia considera siete minutos para que los contendientes pasen a evacuar al baño lo que acaban de ingerir y procesar.
Las descalificaciones irán ocurriendo, obvio, por los contenientes que ya no quieran, puedan o no estén en condiciones de seguir ingiriendo su adorado brebaje más allá de lo racional y lógico. Y aquí la parte que hace interesante la competencia, el premio son veinte mil pesos, que finalmente es lo de menos, y lo que importa, ser declarado triunfador del campeonato, con lo que pasará a los anales de la historia etílica de Saltillo.
Ahora, si está usted esperando que le diga donde y cuando, ah eso averígüelo usted, le costará el mismo trabajo que le podría costar a la autoridad sanitaria municipal, estatal o federal, a quienes organizan o autorizan eventos, quienes controlan o deberían el funcionamiento de lupanares, piquetas, congales y demás centros de entretenimiento, si es que se interesaran por “supervisar”, meter en cintura o lo que sea de su competencia. En la publicidad vienen los logos de tres conocidos tugurios, y un teléfono para informes, el cual lo mismo sirve para enterarse… que para pararles el alto, repetimos, si es que alguien quisiera hacerlo. Por lo pronto, ¡viva el estilo Saltillo de embriagarse hasta perder todo lo que se pueda perder!

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