Pierde votos Miguel Riquelme por los desplantes de Jorge Luis Morán

TORREÓN ELECTORAL.-

Por Horacio Cárdenas.-

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Decía el viejo sistema político, ese que gobernó durante setenta años el país, y que según parece, está viviendo los estertores de su reencarnación, que en México hasta los estornudos eran políticos. En efecto, para todos los que andan en la grilla, que viven o aspiran a vivir confortablemente de ella sin esforzarse mucho ni física ni mentalmente, está más que claro que cualquier seña, positiva o negativa, cualquier gesto, cualquier gentileza o falta de ella, cualquier apretón de manos o que se lo brinquen para no dárselo, puede y de hecho tiene repercusiones en el siguiente proceso electoral, y con mucha más intensidad en la carrera política de unos pocos o unos muchos.

Es como la teoría aquella, o la película si usted prefiere, del Efecto Mariposa, esa que dice que si una persona viaja al pasado y por pura mala suerte mata una mariposa, como ejemplo de que hasta los más mínimos incidentes importan, ese solo hecho tendrá repercusiones trascendentes en el momento presente. En política es igual, una metida de pata es más que suficiente para que quien ya se hacía con una nominación a un puesto de elección popular o un nombramiento en el gabinete en la bolsa, se encuentre con que lo dejaron chiflando en la loma, todo por un error, un error para el que por supuesto nadie lo preparó como darle un adecuado manejo, pero que sirvió para demostrar que carece de lo indispensable para salir de ese y otros atolladeros que constituyen el pan de cada día en el servicio público: la sensibilidad política, si no se tiene eso, es cosa de tiempo para que lo manden a freír espárragos a su domicilio, sin pensión y en calidad de no te me acerques, porque se vaya a pegar la mala fama y peor suerte.

Pero el sistema político, para bien o para mal, se ha modernizado. Ya no es, solo, de apegarse ciegamente a las reglas escritas y no escritas que regulan su funcionamiento y garantizan su permanencia, también están los avances de la tecnología, sobre todo aquellos relacionados con la adivinación, nos estamos refiriendo por supuesto, a las múltiples encuestas y métodos de pronosticación de lo que ocurrirá en el futuro cercano, mediante la indagación y análisis de lo que la gente corriente y común opina de lo que está sucediendo en el instante presente. Ahora a la sensibilidad política le han agregado una serie de adjetivos que se supone, al menos así los venden, que acercan más al político al ánimo de la población, que los hace más simpáticos, más atractivos, en una palabra, que los motiva a sufragar a su favor.

Todo el mundo, bueno algunos que estaban pendientes de la cosa pública en aquella época, recordarán como con vistas a la selección de candidato a la presidencia de la República, uno que siempre se había portado y mostrado como el barbaján que era, Ramón Aguirre Velázquez, regente de la Cd. de México, de repente comenzó a mostrarse más refinado de lo que jamás había sido, le hizo caso a la equivalente en ese entonces de la Gaby Vargas de hoy, también nos acordamos de que lo primero que hizo Luis Donaldo Colosio cuando el PRI lo designó candidato a la presidencia, fue cortarse ese pelo que durante toda su vida lució a lo Burundanga, y con el que definitivamente no hubiera lucido bien de presidente. Son cosas que ganan votos, o que también pueden restarlos, si se equivocan los asesores.

Es el caso de Andrés Manuel López Obrador, de quien se ha dicho que el momento preciso en el que perdió la presidencia de la República no fue en las urnas, sino cuando pronunció aquel famoso “cállate Chachalaca”, que a algunos muy pocos hizo gracia, y que hizo imaginar a muchos lo desagradable e incómodo que sería tener un titular del Ejecutivo que así se refería a otros políticos con los que no congeniaba. De allí al “es un peligro para México”, no había más que un paso y un mínimo porcentaje que lo hizo perder lo que ya tenía en la bolsa de la guayabera.

Lo que pasó recién en Torreón es un asunto que algunos podrán considerar menor, otros que pensarán que es local y más que irrelevante, pero que sin embargo puede tener un importante peso en este momento de definición política. La presidencia municipal de Torreón tenía contemplado hacer una obra para la instalación de una terminal del metrobus, para facilitar el de por sí descocado transporte en la capital del estado libre y soberano de La Laguna, nadie le pondrá objeciones a esto que se considera necesario desde hace un par de décadas, ah pero la tal edificación implicaba quitar el monumento de El Torreoncito, al cual vino a resultar que los torreonenses le tenían un cariño que nadie se imaginaba. Feo, sucio, abandonado, triste, como estuvo durante muchas administraciones municipales, ¿Quién se iba a imaginar que la gente, niños, adultos, jóvenes, nativos, llegados, lo consideraran un símbolo de lo que es su ciudad y lo que son ellos mismos?, la sorpresa no se ha hecho esperar en autoridades, periodistas, organizaciones sociales y público en general, y de repente allí donde no había ningún problema, surge uno de importancia no solo urbana o administrativa, sino hasta de orden político.

¿Qué hacer?, ¿parar la obra del metrobus, poner la terminal en otro lado, dejar el Torreoncito para que se siguiera derruyendo sin la cortesía de mandar un jardinero de vez en cuando a cortar la maleza que invadía la plaza, regar o arreglarla de manera que fuera lo que en el imaginario lagunero vino a ser un lugar de reunión que en realidad no era?

La responsabilidad de echarse el Torreoncito fue del alcalde interino José Luis Morán, policía metido a politiquillo que si por algo ha brillado es por su absoluta falta de sensibilidad política, quien así como en sus horridos tiempos de celador blandía la macana a diestra y siniestra, ahora lo que aplica con singular alegría es el buldócer. Pero en este caso concreto no tiene la culpa el gorila, sino quien lo dejó en el cargo, y ese no es otro que Miguel Riquelme Solís, para más señas candidato del PRI a la gubernatura del Estado, quien nomás por el desplante de Morán, acaba de perder algunos cientos o miles de intenciones de votos… y votos el día de la elección. ¿Exagerado?, no, repetimos que en política hasta los estornudos son políticos, y desmantelar algo a lo que la gente le tenía un cariño que ni siquiera sabía que le tenía, tendrá su significación a la vuelta del 4 de junio.

¿Cuál hubiera sido un manejo político adecuado?, hombre, pues para pronto decir que el Torreoncito se iba a un mejor lugar, a una plaza más grande, más bonita, que aunque no lo tuvieran contemplado, no se hubieran tardado ni una semana en armar con pasto alfombra, árboles de vivero y bancas, hasta una ceremonia de traslado hubieran organizado, para conveniencia político electorara por supuesto, como cuando se llevaron la estatua del ángel de Manuel Acuña de la Alameda a la plaza, una auténtica verbena que hubiera salido muy barata en pesos y muy productiva en votos… pero no, aquí solo mis macanazos truenan, por más que el que pague los platos rotos sea Riquelme en menos de tres meses.

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