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El voto de la miseria

Por: Roberto Adrián Morales

 

Todos los hechos que a continuación se narran,

realmente sucedieron. Por respeto a quienes

vivieron estos trágicos acontecimientos se

cambiaron los nombres de los personajes.

 

¿Cómo puede ser alguien

culpable de querer

escapar de la tragedia

y la miseria?

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Prudencio Raya despertó cuando los rayos del sol atravesaban la ventana de su cuarto cayendo de lleno sobre su cara, quemándole como plancha ardiente las mejillas morenas. Abrió los ojos e intentó taparse con la manta grisácea, pero el calor era insoportable. Los sudores de la resaca le pegaban la manta en la piel. El dolor de cabeza, los mareos y la resequedad la garganta, impedían sus movimientos en ese pedazo de colchón que le parecía inmenso. Recorrió poco a poco los espacios de su cuarto sin encontrar un lugar donde dejar fija la vista. Las cortinas deshilachadas, carcomidas por la polilla; el viejo baúl atiborrado de ropa sucia, los burós de madera desteñida y las lámparas de las que colgaban calzones y calcetines; «buena manera de secar la ropa», decía su mujer. Las paredes escarapeladas, como rostros de mujeres embarazadas y la puerta «de tambor» descuadrada, despintada y sin picaporte, ojo inmóvil por el que entraban todos los ruidos de la casa. Intentó ligar las ideas que se revolvían en su interior, como el exceso de agua en las tripas.

Ese mediodía hubiera querido no despertar, oía las voces de sus hijos, de su mujer y pensaba en la forma en que habría de enfrentarlos. Deseó convertirse en bicho, esconderse bajo la almohada húmeda, en una pata de la cama, abajo del colchón o en el rincón donde una araña tejía paciente su telaraña. Una mosca zumbó cerca de sus oídos, manoteó para espantarla; ésta fue a caer a la red de hilos transparentes donde las alas quedaron pegadas y todo intento de escapar se volvió inútil. Se comparó con la mosca, deseó estar atrapado, morir también. Morir lenta y desesperadamente, intentando arrancarse las cadenas tejidas con hilo invisible de su prisión de miseria y engaño.

 

Aún no podía creerlo ¿qué tanto hacía que el patrón Lorenzo de Valle le había pedido su ayuda, su credencial de elector, su voto para sacar al mal gobierno de Los Encinos; para echarlo a punta de patadas a la calle y permitir que otros, «más serios, más decentes» gobernaran al explotado y ninguneado país en que vivía?

Ándale Prudencio que si ganamos te va a ir mejor, que si ganamos vamos a incrementarte el sueldo, que si ganamos tus hijos podrán ir a un colegio, que si ganamos tu familia comerá mejor, que si ganamos…. que si ganamos… que si ganamos….

¡Qué desgraciados! Le habían tomado el pelo. Todo fue puro cuento, mentira sobre mentira. Al igual que él, Espectación Rodríguez, Pedro Lozano y Heriberto González cayeron en la trampa, ¿cuántos más como ellos, miles más se habían ahogado en el pozo del engaño?

Los envolvieron con palabras melosas, con discursos populacheros repletos de esperanzas, de noticias buenas. Y todo lo creyeron. Si hasta se levantaron temprano el día de las elecciones. A punta de palabrotas sacaron a sus mujeres de la cama, reventándoles el sueño, luego de que la noche anterior las pusieron a buscar sus credenciales y a dejarlas listas, como pistolas cargadas, en lugar seguro dentro del ropero. Las viejas, con la modorra del sueño a cuestas, se negaban a levantarse pero las levantaron y las llevaron, así, sin bañarse, con los pelos empabilados, la ropa arrugada y la cara percudida. «Órale mujeres, llegó la hora de acabar con el Partido de la Institucionalidad, ya lo dijo el candidato conservador, con nuestro voto haremos que llegue al gobierno y a todos nos irá mejor».

 

Fue exactamente en la casa de Prudencio donde se reunieron el domingo por la mañana. El patrón le dio 200 pesos para comprar menudo y convidar a las familias de sus amigos al desayuno; de ahí se irían a la escuela a votar, cumplirían con el trato hecho y de pasada  iniciarían una nueva vida, mejores condiciones para todos les esperaban después de esa gloriosa jornada electoral.

En el desayuno los niños hicieron más ruido que los colonos simpatizantes de los partidos de izquierda, hombres y mujeres que alzaban la voz al grito de sus líderes, sin saber por qué lo hacían; ellos sólo trataban de engordarles el caldo ante el temor de perder el pedazo de tierra que, robado a sus legítimos dueños, les entregaban casi como propio. Pero había aguante para todo. Siempre se soporta todo cuando los cambios llegan.

Ninguno del grupo brincaba los treinta años y de eso hablaban. A esa edad sus padres eran miserables, ellos no lo serían. Nada más de imaginarse los cambios prometidos los transportaba a otro mundo, los llevaba por caminos esplendorosos llenos de luz, repletos de riquezas recuperadas de la cueva de Alí Babá y repartidas entre todos. Cambiarían la casa chica del Infonavit por una de esas de la colonia Doctores, tendrían un perro San Bernardo al que le darían a tragar el menudo que hoy comían; nada de comprarles ropa de medio uso a los chamacos y a las viejas, no, eso quedaría atrás; de ahora en adelante irían a la Ciudad de París, sacarían su tarjeta de crédito, cada mes comprarían algunas mudas y buenos y resistentes zapatos Coloso, hasta de paso tendrían la oportunidad de agregar a sus gastos los gastos de la vecina de la esquina, que tan bonitos ojos tenía.

Ya se veía Prudencio pisando las tiendas de los ricos, esas a las que nunca había entrado y que siempre miraba de reojo por la ventanilla del camión cuando viajaba rumbo a la fábrica. Tomaría el café en el Vips o en el Martins y ahí perdería parte de la mañana arreglando el mundo de la política, mientras de vez en vez ladeaba la cabeza para guiñarle un ojo a la comensal de enfrente o a las meseras. ¡Ah, la libertad de conquistar todo lo vedado, de tener en las manos lo que siempre fue prohibido, lo inalcanzable!

En la mesa, cubierta con un mantel de plástico con flores rojas y amarillas, fueron quedando vacíos los platos; mientras las mujeres ponían en orden el «comedor» aún oloroso a orégano y cebolla, los hombres hablaban de las bondades del nuevo gobierno. El Partido Nacionalista les daría todo lo que no les dieron a sus abuelos, a sus padres. «Los viejos siempre vivieron esperando algo, y ¿qué recibieron? una casa de siete por catorce con unos cuantos cuartos, servicio médico a medias y la promesa de incrementarles el salario. ¡Esto sí que va a ser diferente, ya verán!»

 

Bien almorzados y con un puñado de esperanzas dentro, las parejas se dirigieron a la escuela Lázaro Cárdenas, distante unas cuatro cuadras del centro de reunión. El grupo charlaba amenamente mientras los niños jugueteaban con los perros callejeros. El paso rápido y firme mostraba su convencimiento de la nueva realidad. No había por qué titubear, todo estaba decidido.

En el camino los alcanzó el profesor Toribio Reyna, callaron ante su presencia porque sabían de sus ideas contrarias al partido de los conservadores. Prudencio recordó la última vez que lo había visto, de eso no hacía más de dos semanas. Estuvo de visita en su casa, sacaron dos caguamas y a pico de botella las fueron dejando vacías. En los últimos tragos de cerveza, el profe empezó a hablar de política, de los priístas y de los panistas, de no dejarse llevar por las apariencias, ni por los anuncios y promociones políticas de radio y televisión y de un montón de cosas que le hicieron pensar que el buen hombre se había vuelto loco. Hablaba del arribo de los porfiristas. Prudencio se preguntaba: «¿cuáles, si no hay ningún Porfirio entre los candidatos?»

¿Cómo olvidar aquella conversación, a ese profesor, agorero siniestro de la realidad que les esperaba a la mayoría de los mexicanos? Cada frase le bullía en la mente. Cada sentencia era como latigazo cruzándole el rostro. Que si los dueños del dinero se apoderaban del gobierno, que si el gobierno era de los ricos, que si a los pobres se los llevaría el carajo, que si Porfirio Díaz, que si Madero, que si los agraristas, que si los villistas, que si la Revolución…. «¡Madres!, -pensó Prudencio Raya-, el profe este me quiere marear con su plática para que no tumbemos a los corruptos que están en el poder». No sabía de dónde salió eso de corruptos, pero los pobres siempre estaban del lado donde se llevan las contras y era el momento de jugar las contras, de alcanzar el deseo inexplicable de rebelarse, de desahogar los sufrimientos, castigando a los responsables de la opresión, de la derrota, de esa derrota arrastrada por siglos.

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Toribio Reyna era un hombre alto, delgadito, de brazos largos y manos huesudas. Su rostro pálido parecía impenetrable, rostro que reflejaba las largas horas de vigilia dedicadas a la lectura de los clásicos y a la filosofía marxista; frente amplia y ojos rasgados, protegidos de la luz con lentes de vidrios gruesos y verdosos. Tenía tres años de haber llegado a la secundaria de la colonia Guayulera y desde entonces simpatizó con la gente del barrio. Sin embargo, siempre se hablaba a sus espaldas por el sesgo que le daba a las clases de historia que impartía. Los jóvenes le admiraban por su forma de comentar los acontecimientos del país. Era como ver películas viejas utilizando como actores a los héroes de la independencia, de la revolución, del México moderno. Socialista de hueso colorado, no se cansó de hablar sobre los beneficios que dejaría a la comunidad la llegada al poder del Partido de la Revolución Democrática. «Nuestro candidato es bueno», aseguraba, cuando leía los periódicos en voz alta para informar a todo el grupo sobre los avances de la contienda electoral.

¿Qué ocurre en la política actual? Les preguntó a los jóvenes y como siempre, se respondió así mismo. ¡Nada! Sucede que el presidente Erdilo Zenesto está dispuesto a entregar el poder a los dueños del dinero. A él no le importa su partido, porque jamás fue parte de él. ¿Se acuerdan cuando asesinaron a uno de los candidatos de ese partido? Siempre se ha comentado que él estuvo detrás del atentado y que tarde que temprano pagaría ese crimen, se vería inmerso en ese problema y al igual que otros de sus correligionarios en desgracia, ocuparía un sitio en la penitenciaria más grande del país. Nada más le quedaba la opción de entregar el poder a los contrarios, aún a costa de traicionar a las grandes masas sociales.

Los jóvenes parecían no entender sus mensajes pero los padres de familia y el director bien que los asimilaban; tan fue así que un día el profe se encontró con la sorpresa de estar a disposición de la Secretaría de Educación. Concluidas las elecciones jamás volverían a saber de él, aunque no faltó quien comentara que fue enviado por el rumbo de Sierra Mojada a impartirle sus clases de libertad y de justicia a las lagartijas.

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Ese domingo todo fue expectativa hasta las cuatro de la tarde. Nerviosos iban y venían por la casa, salían al patio a tomar el sol y luego buscaban la sombra de algún árbol. En la tienda no vendieron cervezas por aquello de la ley seca; se conformaron con agua de limón y un chorrito de tequila, «pa’ los nervios». Por todas partes no se hablaba de otra cosa que no fueran las elecciones, que si iba arriba el candidato de la Institucionalidad, que si el del Auténtico de la Revolución Mexicana, que si el de la Nacional. Nadie sabía qué estaba ocurriendo hasta que, de pronto, apareció en la pantalla de televisión, en el Canal de las Estrellas, el periodista Joaquín López Dóriga, más desencajado que de costumbre, el maquillaje corrido y la corbata medio ladeada. Y ándale que empieza a decir que en Guanajuato la derecha había ganado de calle, que ya tenían algunos datos sobre la elección presidencial pero, que de acuerdo al arreglo pactado, ¿con quién?, no darían información hasta las seis de la tarde. Y así fue. En punto de las seis volvió a aparecer López Dóriga, con voz cavernosa, con la incredulidad reflejada en los ojos, dio a conocer la sorprendente noticia: «el candidato de la Derecha aventaja a todos».

La gente pasó de la sorpresa del resultado electoral a la violencia. Las mujeres encopetadas, cargados de joyas cuellos y muñecas, tomaron las calles por asalto. Se dignaron a pisar la plaza de armas donde se unieron a la plebe, se mezclaron los olores de los perfumes caros con los sudores de los desarrapados y en tan singular teatro vitorearon a su candidato, al hombre que había enterrado, que había dejado atrás setenta años de gobiernos revolucionarios. A bordo de automóviles de lujo, haciendo sonar los claxons, recorrieron las calles y se plantaron frente al edificio del Partido de la Institucionalidad. Gritaron consignas a sus contrincantes políticos y, de pronto, los insultos, los golpes, las amenazas. Los dueños del dinero se bajaron del pedestal de la opulencia para ponerse al nivel de los pobres, de los mugrosos perdedores que no volverían a ser gobierno. La ira acumulada por muchos años afloró en las finas gargantas. La derecha regresaba al fin al poder, ese que les arrebató Francisco I. Madero; poder que, aseguraban, ya nadie podría quitarles. Al menos nadie lo haría mientras no apareciera otro mártir revolucionario ni otro Venustiano Carranza que desconociera al nuevo gobierno.

 

La escandalera que armamos en la casa fue casi inenarrable. Levanté a mi mujer por la cintura, la cargué como si fuera una pluma y la besé ¿cuántas veces la besé? Creo que ni cuando nos casamos le dí tantos besos. Yo era feliz, pero Antonia no parecía ir muy de acuerdo con mi felicidad. ¿Cómo olvidar sus ojitos oscuros, llenos de tristeza, medio apagados, desilusionados, reprochadores e impenetrables?

Salimos a las calles, nos burlamos de los rostros tristes de los vecinos que apenas sí se asomaban al escuchar nuestros gritos de júbilo. ¿No que no ganábamos jijos de la guayaba? ¡Ahora si van a ver lo que es el buen gobierno! ¡Hoy! ¡Hoy! ¡Hoy!

 

El lunes nos levantamos temprano para platicar con los amigos sobre el triunfo logrado; antes de empezar el trabajo cotidiano comentamos el suceso y disfrutamos viendo las caras largas de los que ahora eran oposición.

De pasada felicitaríamos a don Lorenzo por tan acertada decisión de llevarnos por el sendero del triunfo. Largas se hicieron las cuadras que recorría el desvencijado camión de la empresa para decirle al patrón que casi ya éramos iguales y que, a lo mejor, hasta nos volvíamos competencia cuando el gobierno nos prestara dinero pa’ los changarros.

Cuando don Lorenzo bajó de su carro deportivo, como el que soñaba tener pronto Prudencio Raya, todos esperaron un saludo, un ademán de afecto, una conversación corta y gratificante, pero no, el viejo pareció más alzado que de costumbre, ni siquiera volteó a ver a nadie. Se veía feliz, era un pavorreal levantando la cabeza e inflando el pecho, con ese traje azul de rayitas que brillaban con el sol y daban tonos verdes, violetas, marrones. ¡Vaya aire de satisfacción y pedantería!

Prudencio Raya se acordó de su luna de miel, todo fue felicidad hasta que llegaron los chiquillos. Él regresó al trabajo y Antonia ocupó el lugar que ocuparía hasta el último día de su vida: la cocina. Los primeros días la casa olía a limpio. El piso de cemento era un espejo con las coleadas de petróleo; el plástico de colores chillantes puesto sobre la mesa hacía relucir más los platos con comida calientita. ¡Ah!, y el cuarto con su cama nuevecita y su colchón esponjado. Las sábanas brillaban de limpias, si hasta lastimaban la vista cuando los rayos del sol le pegaban. ¿Cuántas noches fantásticas vivió con Antonia en esas cuatro paredes? Ahí fue donde dieron rienda suelta a todas sus pasiones, donde desataron todos los nudos morales que los estrangulaban, ahí el amor y el erotismo se juntaron y explotaron tantas veces, hasta que ocurrió lo que tenía que ocurrir; la panza de Antonia empezó a crecer y junto con esa panza los días de amarse se fueron acabando. Bien dicen que las lunas de miel son cortas.

Así ocurrió con la supuesta relación con don Lorenzo. De pronto, como recién casados, fueron muy amigos, después cuando nació el niño de la contrarevolución la luna de miel se acabó.

Iniciaron sus labores. Los obreros se miraban en silencio, preguntándose qué había ocurrido. Algunos escondieron la mirada para no dejar ver su sorpresa e incredulidad. Antes los acarreaban los líderes, ahora los utiliza el patrón, más delante ¿qué iba a pasar? Así transcurrió el primer día de la nueva era política de México y la primer semana y el primero y el segundo y el tercer mes. Las horas cayeron como monedas falsas, sin ruido, una tras otra y los cambios prometidos nunca llegaron.

 

Lorenzo de Valle no era un hombre feliz con todo y su dinero. Siempre mantuvo latente su odio hacia las clases pobres. Los veía e imaginaba a su padre, hombre empeñoso que sacó de la pobreza a la familia. Don Vito creó todo un emporio partiendo de una pequeña fundidora y se hizo de nombre y sociedad al casarse con una mujer de mucho apellido y propiedades, pero nunca olvidó sus raíces, siempre miró a los pobres como amigos y eso hacía daño a las empresas.

Su padre jamás comprendió que los miserables eran una especie de animales a los que había que golpear con el látigo para que avanzaran. «Si no tienes el látigo en la mano para arrear a los trabajadores estás perdido, te toman la medida y todo termina por hundirse», aseguraba siempre cuando algún amigo se sentaba a conversar con él durante las agrias fiestas del Casino.

Recordó la comelitona y los regalos que les hizo a los obreros unos días antes de la elección. ¿Cuánto gastó en esa estúpida reunión? Mantenía las imágenes de su recorrido por las largas mesas, tendiendo la mano a cientos de manos huesudas, callosas, sudorosas y sucias. Se negó a probar los platillos servidos porque le repugnaban los mil bichos que sentía transportar en las blancas palmas de sus manos. Jamás supo del olor de la comida porque en las fosas nasales mantuvo ese día, y durante muchos más, el insufrible olor de cebolla fermentada que brotaba de los cientos de axilas y el tufo que manaba de entre los zapatos de seguridad. Fue como entrar a un valle donde la gente apesta, donde la carne está dibujada por la pobreza y los ojos, casi inanimados, se hacen redondos como platos y no expresan nunca nada, porque no tienen nada que expresar.

¿Cómo pudo su padre convivir con esos desarrapados? Esa pregunta se la seguiría haciendo siempre. Cada mañana que veía entrar a los obreros en su fábrica se hacía la pregunta y a la hora de salir también. No comprendía como esos miserables podían llegar cantando al trabajo ¿por qué eran felices?, sin embargo se alegraba cuando salían, cabizbajos, arrastrando los pies, como gusanos, como lo que eran.

Tuvo que soportar durante muchos días el tener que saludarlos. Entraba a la oficina y lo primero que hacía era lavarse muy bien las manos con jabón, después las rociaba con bastante alcohol, «para matar la porquería». Fueron días y días de sufrimiento hasta que se realizó la elección y todo quedó consumado.

Desde entonces no volvió a dirigirles la palabra, ¿desde cuándo se habla con los perros callejeros? Volvió a subir a su trono de patrón y amo, más amo y patrón después del triunfo de su candidato.

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El salario se fue haciendo flaco y las necesidades en la casa fueron engordando. ¿Pues qué estaba ocurriendo? Prudencio Raya escuchó decir a don Lorenzo que los problemas económicos de Estados Unidos le estaban pegando a México, que la economía se tambaleaba y luego que siempre no, que todo era culpa de la economía de Argentina y de Brasil. Nada de eso entendía, lo que sí comprendió, y muy claro, fue cuando Fina Durón, la contadora de la fábrica, empezó a hablarles de uno por uno a los obreros.

Al que llamaba, nada más lo veían fruncir la boca, moverse de un lado a otro, pegándole al suelo con la punta de los zapatos de seguridad, como escarbando un hoyo dónde enterrar su mirada, su desventura. No había oportunidad de defenderse. No eran dueños de nada, ni siquiera el aire contaminado que respiraban les pertenecía.

Eran juguetes en manos de los dueños del dinero, marionetas desechables, casi inanimadas, deambulando en la gran carpa de la codicia. ¿Cómo llegaron a creer que algún día los ricos, los poderosos, estarían de su lado nada más por el simple hecho de regalarles un miserable voto? El castigo al Partido de la Institucionalidad se revirtió. Ahora ellos lo padecían. Era como autoflagelarse, golpearse las carnes propias hasta verlas sangrar. Criaron cuervos y les sacaron los ojos.

 

Fina era una especie de verdugo de la época moderna. Su cara reflejaba un placer extraño cuando miraba a los ojos lagrimosos de los despedidos. Sus ojillos verdes, perdedizos, como de víbora, husmeaban en el rostro de los obreros cuando en forma acribilladora decía: «Espectación Rodríguez, Pedro Lozano, Heriberto González, pasen a la caja por su liquidación, están despedidos». ¿Cuántas veces ensayó la frase que caía como cubetada de agua helada sobre las cabezas de esos miserables, dueños de nada? Hay gente que se recrea en la maldad, la vive como se vive un gran amor. Fina era de esas, gozaba, sentía placer cuando con su lengua gorda y colorada se relamía los dientes amarillos y lanzaba la sentencia criminal. Su gruesa boca dibujaba una sonrisa burlona y a través de los cristales de los lentes se acentuaba la dilatación de sus pupilas. Su cuerpecillo maltrecho parecía entonces tomar la forma de un gigante que aplastaba como cucarachas a los hombres que tenían, como único pecado, el no fijarse en ella.

 

De cuatro mil obreros que trabajábamos en la fábrica, llegó el día en que nada más quedamos quinientos. Me reuní en la casa con Espectación, Pedro y Heriberto recién despedidos. Sus caras estaban cenizas, hablaban poco, parecía como si el pescuezo se les hubiera encajado, la cabeza les pegaba directo en los hombros. Hablaron sobre la escasez de empleos. De todas las fábricas de México, no había día en que no hubiera despedidos. ¿Cómo podían contratarse en otra empresa?

A Pedro se le ocurrió la idea de viajar a los Estados Unidos en busca de trabajo. De joven estuvo en el otro lado, encontró buenos empleos y luego de unos meses de juntar dólares se regresó para intentar poner un changarro, pero ya en el puente los malditos gringos le quitaron parte del dinero, dejándolo apenas con lo necesario para llegar a casa, donde su mujer y sus cuatro hijos lo esperaban. Sin embargo vivió algunos meses de los dólares que envió por correo. La vida allá era difícil. «Ahí sí te ponen a trabajar desde que Dios amanece» -decía- pero pagan bien, aunque te traten mal.»

Las primeras veces que me fui de mojado, comentaba Pedro, cometí algunos errores, como ese de querer pasarme al otro lado por Tijuana, brincando la línea; un cable de alta tensión colocado por el gobierno norteamericano a lo largo de su frontera.

El trayecto a San Diego, que normalmente se hace en veinte minutos en automóvil, lo hicimos en tres días. Tres días que me parecieron los más largos y penosos de mi existencia. Días que no le deseo a nadie. Imagínense caminando en la oscuridad con el miedo reflejado en los ojos, como animales espantados. Nomás veíamos las luces de la Border y nos escondíamos. No se podía avanzar. Los cerros se hacían interminables. Se divisaban los policías gringos y a luego nos escondíamos en los arroyos, abajo de los mezquites; como camaleones nos repegábamos a los troncos, no sé si también cambiábamos de color, en un mimetismo logrado a través del terror infinito que nos cobijaba.

Una noche la pasamos escondidos en un sembradío de cebada húmeda, al paso de las horas el frío se hizo intenso, calaba en la médula de los huesos. Los diez indocumentados que íbamos en esa aventura nos arrejuntamos, repegamos nuestros cuerpos, nos abrazamos. Nos hicimos uno sólo, tratando de no perder el calor del cuerpo, de que no nos alcanzara la muerte por frío, en ese pedazo de desierto. En la tele anuncian, a veces, que encontraron cuerpos de indocumentados, hombres y mujeres muertos de hambre y de sed; la verdad es otra, más cruda, por los senderos que llevan a San Diego se topa uno con muchos cráneos de cristianos, huesos de hombres, de mujeres, de niños, se blanquean al sol y a nadie le importa eso.

Tal parece que los indocumentados que cruzan por Tijuana ya van dispuestos a morirse. En esa frontera siempre miras las mismas caras, rostros de tierra que no conocen la sonrisa. Por la mañana brincan la línea y a los dos, tres días ya están de este lado, luego hacen otro intento y ocurre lo mismo y así están machaque y machaque, ellos a brincarse y los gringos a regresarlos, hasta que un día ya no se les ve más y nadie vuelve a saber de ellos. ¿Qué pasa? Cumplen con el cometido de su búsqueda, se convierten en carroña de los zopilotes, alcanzan el encuentro con la muerte que desdeñan y provocan.

Los gringos parece que nos miran siempre, desde que entramos a su territorio; nos dejan caminar bajo los rayos del sol o en la oscuridad de la noche. Nos permiten acercarnos, pero no llegar. Así andamos dándole rodeos al camino recto, subiendo y bajando lomas, quedándonos sin gota de sudor, la carne se empieza a secar cuando el calor le evapora el agua y gruesos surcos, como tajos de cuchillo, aparecen en los rostros.

No he visto lugar más poblado de zopilotes. Nada más sienten que el resuello comienza a fallar y empiezan a volar bajito, esperándonos con paciencia. ¿Han visto planear a los zopilotes cuando un animal queda atrapado en los lodazales? Si hasta parece que ni se mueven, que están pegados al azul del cielo.

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La hora más hermosa de mi vida llegó cuando divisamos San Diego, ¡Ah, San Diego de los recuerdos! Después que al inicio de la travesía nos escondíamos de los policías, ahora levantábamos los brazos para que nos vieran, para que nos detuvieran. La sed y el hambre eran intensos. ¡Como nos vería el policía güerito que nos encontró, de la lástima que le dimos nos aventó una arpillera de mandarinas! ¡Esas mandarinas sabían a gloria! Luego nos llevaron al cuarto frío, una especie de cárcel hecha de aluminio con un clima que primero se siente sabroso y después empieza a helar los huesos. Esperamos en ese lugar el turno para regresarnos a México. Dentro del cuarto frío, un sujeto originario de Tijuana sacó de su mochila lonches, jugos y refrescos. «Haber quién quiere lonches o sodas, a cinco dólares». Me dio mucha risa el amigo ese. Imagínense ustedes, nosotros tratando de alcanzar el sueño americano, evadiendo a los policías y el amigo ese buscando la forma de que lo detuvieran pronto para vender su mercancía.

Total, ahí estuve detenido por seis horas, hasta que me llegó el turno de ser deportado. Después de arañar la muerte en ese maldito desierto, mejor busqué la manera de entrar por otro lado, así que fui a Nuevo Laredo, cruce el charco y ya no paré hasta llegar a Dallas. Creo que ha de ser más fácil irse de mojado por el lado de Piedras Negras, al menos eso me han dicho.

 

Espectación y Heriberto lo escuchaban en silencio y pronto les bulló la idea de irse de mojados. La necesidad los arrastraba; los hijos y las mujeres necesitaban comer, vestirse y en México la situación en lugar de mejorar se veía cada vez más nebulosa.

Miraban a Prudencio como reprochándole, como exigiéndole que les devolviera esos sueños que los alentaron hasta antes de las elecciones. ¿Dónde estaba el automóvil, dónde las deliciosas comidas, dónde las pisadas a las tiendas de los ricos, a los restaurantes? Sin embargo nadie hizo comentario alguno, después de todo ¿qué ganaban ya?

Después de ese domingo, lo poco que tenían se les desmoronó en la manos, como polvorones de tierra seca, pero… ¿cómo puede ser alguien culpable de querer escapar de la tragedia y la miseria?

 

Las mujeres se reunieron para comentar el viaje de sus maridos a los Estados Unidos, sólo Antonia se quedó callada. Ella no sufría el sufrimiento de sus amigas, aún contaba con el apoyo y el trabajo de Prudencio. Un conocido «patero», León Terrazas, sujeto de torva mirada, hombros anchos, abdomen abultado y piernas arqueadas, les ofreció llevarlos hasta San Antonio, Texas. De ese lugar cada quien podía irse para donde quisiera. Total, ya nada más en tierras norteamericanas todo el monte era orégano, y trabajo había por todas partes.

Espectación Rodríguez, Pedro Lozano y Heriberto González viajaron en autobús hasta Piedras Negras donde los encontró León Terrazas que se había adelantado en su camioneta bronco. Les explicó la forma de cruzar el río, cómo esconderse de la Border Patrol y la manera en que viajarían hasta llegar a su destino. El pacto quedó sellado con dos mil dólares por cabeza. Dos mil dólares producto de la liquidación por más de diez años en la fábrica pero, ¿que importaban esos dólares si al fin de cuentas iban a alcanzar el sueño americano y no habría nada que detuviera sus ambiciones?

El cielo empezó a pardear cuando León Terrazas llegó en su camioneta y bajó una balsa remendada, apenas se distinguía entre la poca luz que anunciaba el amanecer. Heriberto al tomarla en sus manos tuvo el extraño presentimiento de que su vida alcanzaba el final del camino, pensó en su mujer y en sus hijos y en ese pensamiento se decidió a cruzar el Río Bravo. No era tiempo para arrepentimientos, estaban ahí, a las orillas de un río, en apariencia manso, que no podía detenerlos. Sus ambiciones eran más poderosas que cualquier temor; escondió muy dentro de sí aquellos presentimientos de muerte.

Ya en la orilla del río, León Terrazas les dijo que luego de cruzar caminaran por una vereda. El los estaría esperando. Les mostró una y diez veces un mapa y recomendó no olvidar el camino exacto a seguir, porque de otra manera, al no encontrarlos, los daría por perdidos.

Los hombres arrojaron la balsa al agua, luego se lanzaron tras ella. Espectación y Pedro subieron con prontitud al objeto de plástico que les vibraba en los pies al golpe del agua, como remolino salido del infierno. Heriberto no pudo subir, se soltó de la balsa y empezó a alejarse de ella. Sus compañeros intentaron ayudarlo, nada pudieron hacer por él. Poco a poco se fue alejando, como sus sueños electorales, como sus sueños de disfrutar la grandeza americana. Lo miraron asomar la cabeza, una, dos, tres veces, y ya no lo volvieron a ver jamás. El corrental se lo llevó como si fuera una rama seca.

 

Cuando Heriberto sintió que no podía subirse a la balsa intentó nadar. Braceó buen rato pero no avanzó, miró hacia la orilla y le pareció lejana, inmensamente lejana. Logró controlarse y dejó que el agua lo arrastrara corriente abajo. ¡Salvame Dios mío!, pensó para sus adentros, cuando apareció ante sus ojos una rama salvadora. La alcanzó con un brazo y ahí se mantuvo mientras respiraba hondo. ¡Sálvame virgencita de Guadalupe, que esta rama no se parta, que me aguante! El agua le golpeaba las piernas, inutilizadas por fuertes calambres. Sus manos, como pinzas, lo mantenían firmemente asido a la salvación. Recordó a su madre, sus brazos reconfortantes; su regazo, nicho donde acababan las tristezas y las lágrimas. Mercedes, su mujer, lo esperaba en la otra orilla, el viento agitaba su pelo largo, negro; al lado de ella sus hijos, Betito y Graciela, pequeños de sonrisa tranquila incrustada en sus tiernos rostros, sus manitas se movían dándole el último adiós. La rama crujió, como tasajeada por un golpe certero de hacha.

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Espectación y Pedro lloraron. Las lágrimas que les surcaba el rostro reflejaban la impotencia, el dolor, el miedo, el horror a la muerte que había alcanzado con su brazo a Heriberto y que a ellos los mantenía a la deriva, aprisionados en un mundo de aguas salvajes, violentas.

Nunca supieron cuánto tiempo les llevó la travesía de un lado a otro. Los ciento veinte metros que tiene de orilla a orilla el río se convirtieron en kilómetros, más y más kilómetros de ansiedad, de angustia, de tentalear con todos los poros de la piel a la muerte traicionera.

Al fin alcanzaron la orilla americana. Se dejaron caer sobre la tierra; escondidos entre los matorrales, miraron el amanecer. El sol los encontró buscándose las miradas perplejas. No cruzaron palabra alguna, sólo los ojos parecían preguntarse ¿dónde está Heriberto? ¿qué pasó con Heriberto?

Intentaron sobreponerse al miedo que les resecaba la garganta. Los hacía temblar el recuerdo, las escenas de Heriberto arrastrado por el agua, tratando de escondérsele al destino, jamás podrían olvidarlas. Buscaron infructuosamente la vereda que les había indicado León Terrazas; decenas de angostos caminos estaban frente a ellos ¿cuál tomar, cuál era la referencia dada por el «patero»? Decidieron andar por cualquier brecha; al fin de cuentas todos los caminos llevan a algún lugar.

De pronto aparecieron, surgidos de la nada, cuatro policías armados. Espectación y Pedro corrieron por el monte como conejos asustados. Oían a sus espaldas los gritos de los patrulleros pero no comprendían sus palabras. Pedro escuchó disparos y vio caer de bruces, delante de él, a Espectación. Ya no corrió más, se dobló frente a su amigo, arrodillado levantó los brazos y volvió a llorar. Qué amargas las horas de ese día. Espectación tenía los ojos muy abiertos como mirando el azul infinito del cielo; las manos crispadas en la tierra parecían garfios aferrados a la vida, al sueño americano.

 

No supe cómo me llevaron a la cárcel ni cómo me regresaron a México. Por la tarde me vi en Piedras Negras, hambriento, con las ropas sucias y sin un peso en el bolsillo. Deambulé por las calles, hasta entrada la noche, no podía coordinar las ideas. Un tendedero de carne viva me indicó que estaba en la central camionera. Me senté en la banqueta, acurrucado; con los brazos me cubrí el rostro para llorar, otra vez para llorar las muertes de Heriberto y Espectación. Miré al cielo poblado de estrellas y por primera vez supe que la oscuridad del alma era inmensa. ¿Y los sueños, donde diablos enterré los sueños?

 

León Terrazas terminó de peinarse, gozaba mirándose en el espejo, acomodándose las cejas, unas hebras de pelo mal peinado; mojaba las yemas de sus dedos con la lengua y luego las pasaba por sus pestañas. Posaba como artista, de frente, de lado, tres cuartos, mientras tarareaba el México lindo y querido/ si muero lejos de tí/ que digan que estoy dormido/ y que me traigan aquí.

Se sentía satisfecho. Tuvo un día bueno, mejor de lo esperado. Por un lado pasó a tres paisanos por el otro a seis, ya todos juntos le arrojaron ganancias por dieciocho mil dólares. A esa cifra había que descontar el costo de las balsas viejas, unos veinte dólares y la parte que pagaba a los policías mexicanos y a los del otro lado, para que lo dejaran trabajar en paz; a lo sumo, a él le correspondían diez mil dólares ¿quién gana en un día ese dinerillo?

En el restaurante del Posada Rosa lo esperaban el jefe de la policía y el encargado de aduanas. Almorzó con ellos con la tranquilidad de quien no tiene pecados en el alma. Ahí le informaron sobre la llegada de un nuevo cargamento humano. «En su mayoría son centroamericanos, traen buenos dólares y quieren cumplir su sueño de entrar a los Estados Unidos. Ya los ubicamos por el rumbo de los rieles del ferrocarril». León Terrazas tenía trabajo por hacer.

 

Pedro reconoció la camioneta estacionada en las afueras del hotel, pacientemente esperó a que saliera León Terrazas. Apenas lo divisó, se abalanzó sobre él; le arrebató la navaja que llevaba al ciento y la clavó sin piedad en el cuerpo del sorprendido «patero». Una, dos, diez, cien, ¿cuántas veces levantó la filosa arma y la encajó en las carnes indefensas del responsable de la muerte de sus amigos? Cegado, fuera de sí, con las ropas y las manos ensangrentadas, seguía machacando sobre la espalda de Terrazas, hasta que la policía le arrancó el arma. A golpes lo subieron a una patrulla y lo trasladaron a la cárcel. Nadie creyó su historia. Como vulgar ladrón y asesino fue a parar a una celda ardiente de la cárcel de Piedras Negras.

 

Prudencio Raya escuchó su nombre. La voz de Fina Durón le heló la sangre. Era su turno de quedar sin empleo, lo sabía. Caminó pesadamente hasta la oficina de la mujer. La frase cuatro mil veces dicha no le sorprendió, estaba despedido. Vació el casillero que desde ese día ya no era suyo. Ya en la calle respiró hondo y echó a andar. ¿Y ahora qué le digo a Antonia? ¿Con qué cara me le presento?

El temor de enfrentar a su mujer lo invadió. Veía sus ojos acusadores. Los sentía encima de él como dagas filosas a punto de clavarse en sus carnes desde que les informaron de la muerte de Heriberto y Espectación y el encarcelamiento de Pedro. En sus pesadillas los tenía pegados a su frente como dedos acusadores.

Se sintió criminal pero a la vez se creyó inocente. Sonrió, un criminal inocente. Como autómata cruzó la calle y entró a los Cuatro Ases. La cantina estaba casi sola, ¿quién entra a una cantina a las once de la mañana?

Juan Ramos contaba las cervezas, medía el líquido de las botellas y daba instrucciones a los cantineros. Ni siquiera saludó a Prudencio, nada más le vio la cara y supo lo que ocurría. Ahí llegaban, solos, de dos en dos y hasta de tres en tres, los obreros despedidos de las fábricas. Prefirió no dirigirle la palabra. Hay momentos en la vida de los hombres que la soledad es un pan sopeado con agua de mar, y a nadie le gusta que le compartan ni penas, ni miserias.

Los ojos le enrojecieron a los primeros tragos de cerveza. El líquido sabía más amargo que de costumbre, pensó en la hiel que le dieron a beber a Jesucristo en los últimos momentos de su vida y comparó la cerveza con la hiel. «Perdóname señor, no supe lo que hice, perdóname Antonia, no supe lo que hice, perdónenme hijos… ¡qué carajos!» Todo su interior era un derrumbe, el caos, la oscuridad. Pensó en la muerte, en huir, en escaparse de esa realidad asfixiante antes que enfrentar a Antonia. Una, dos, tres cervezas. Más cervezas para embrutecerse, para olvidar el maldito enredo, su terrible tragedia. Escuchó las voces de Heriberto y Espectación, sintió cuando los fantasmas se sentaron a su lado, sin decir palabra lo observaban, atentos a sus movimientos. Se restregó los ojos con los nudillos pero no logró borrar las imágenes. Estaban junto a él, sonriendo como cuando estaban vivos.

No supo a qué hora llegó a su casa. Antonia no lo esperó como otras veces en que la parranda retrasaba su llegada. No le importó, se fue a la cama y se echó de bruces perdiendo toda noción del mundo.

 

¿Cómo enfrentar a Antonia? Las voces de los niños taladraban su cerebro. Antonia ¿qué te voy a decir? La mosca dejó de moverse; creció su deseo de ser mosca atrapada y muerta, olvidada en un rincón oscuro sin nadie que pueda llorar sus restos, sin nadie que los reclame.

¡Oh, Dios!, cuál camino se sigue cuando la derrota abruma cuerpo y alma; que terror tan inmenso me invade.

Antonia, mi querida Antonia ¿cómo pedirte perdón? ¿Heriberto, cómo pedirte perdón? ¿Espectación, cómo pedirte perdón? ¿Pedro, cómo pedirte…

El enredo y la mentira son como telarañas que me atrapan, que me estrangulan como los fantasmas a los sueños. ¡Oh Dios, qué pesadilla estoy viviendo!

 

Prudencio escuchó en la radio las noticias del medio día: el presidente emanado del partido nacionalista asegura que la economía de México crecerá al dos por ciento. No hay desempleo. Vamos por buen camino.

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