BAILE Y COCHINO.-
DESVIANDO LA ATENCIÓN.-
Por Horacio Cárdenas.-

¿Alguien recuerda quien era Oliver North?, no, no era un cantante de moda, ni un jugador de béisbol, tampoco era un político de altos vuelos o u director de cine, sin embargo como que su nombre es uno que da vueltas y vueltas en la memoria, de que algo hizo que lo hace digno de considerarlo importante. Pues bien, Oliver North era una de esas figuras prometedoras en la burocracia norteamericana, se hizo famoso cuando siendo teniente coronel del cuerpo de Marines, fue destinado por esta unidad al servicio directo del entonces presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan en funciones de inteligencia, si no hubiera pecado de excesivamente diligente en su trabajo, hubiera podido llegar a ocupar los más altos cargos en el área de defensa o en esa nebulosa red que del otro lado de la frontera llaman la comunidad de inteligencia.
Pero North metió la pata, nunca quedó claro si por su propia iniciativa, por órdenes o con permiso de sus superiores, ideó una operación que luego fue conocida como “El caso Irán Contras”, un enredo de lo más complicado en el que, según lo recordamos, dinero del tráfico de drogas fue utilizado para la compra de armas para financiar a los efectivos de la contrarrevolución que luchaban para derrocar al recién instalado régimen de Daniel Ortega. Quien sabe cómo, porque en aquellos tiempos todavía no existía Wikileaks, se regó el tepache de lo que era una operación a todas luces ilegal, pues con Irán estaban en guerra, los Estados Unidos no podía meterse a desestabilizar un gobierno, y mucho menos poner dinero para ello, y a Oliver North, como si no tuviera patrones, se le cargó el muerto, razón por la cual terminó vergonzosamente corrido del gobierno y del ejército. En México lo llamaríamos chivo expiatorio, sacrificado para que sus jefes no fueran señalados por algo que habían ordenado, permitido o que les pasó de noche. Que el gobierno estadounidense anduviera, encubiertamente traficando con drogas, proveyendo de armas y promoviendo el derrocamiento de un gobierno de un país extranjero, eso quedó sepultado en el olvido.
Caso similar el de la llamada “operación rápido y furioso”, ideación de algún otro burócrata, esta vez en la ATF, la agencia estadounidense dedicada a combatir el tráfico ilegal de armas, alcohol y tabaco, la ocurrencia fue que para combatir a los cárteles de la droga, primero había que saber cómo y quiénes los proveían de las armas que utilizaban para sus actividades en México. Prepararon una venta ilegal de armas, a las cuales les tomaron los números de serie, y la echaron a volar, ¿resultado?, fue un éxito en cuanto que no tardaron en salir a relucir esos fusiles en enfrentamientos con la policía, el ejército mexicano y la marina, confirmándose que sí los compradores de armas ilegales se las vendían a las bandas del crimen organizado, entre tanto, otro montón de cadáveres de delincuentes, servidores públicos y civiles inocentes, todo para comprobar una hipótesis que era verdad a gritos.
Ahora resulta que un libro recién publicado, que sintetiza una investigación que además le representó a su autora el premio Pulitzer, le echa la culpa a la DEA, otra agencia del gobierno norteamericano, dedicada al combate al tráfico de estupefacientes, de la masacre en el norteño municipio coahuilense de Allende. La nota está caliente al momento de teclear estas líneas, ya entrarán los analistas y los burócratas a echar tierra a unos y a otros de si ocurrió como se adelantó, que fue una filtración de la DEA a uno de los cárteles, de una traición que se estaba fraguando contra ellos, lo que enfureció a sus jerarcas que ordenaron lo que luego ocurrió, y de lo que existen las consabidas versiones contradictorias, la light, descafeinada, pasteurizada y homogenizada del gobierno estatal de que solo hubo 28 muertos, y que los demás que no aparecen es porque se fueron por su propio pie a los Estados Unidos u otros lugares de México, y la otra, que calcula en más de trescientos los muertos, entre los pobladores de la ciudad, de la que se llevaron a todos los que alguna relación tuvieran con el presunto traidor.
De que en las oficinas de gobierno trabaje gente que se excede en el celo que le ponen a su chamba, eso no es motivo de discusión. Citamos aquí tres casos de muchos que ha habido y sigue habiendo, y no solo en los Estados Unidos sino en todas partes del mundo, donde contratan a personas que van más allá del deber… ¿pero qué pasa con las que se quedan más acá de lo que son sus obligaciones?, ah porque en dos de los casos citados, el involucramiento fue con funcionarios de mediano y alto nivel de los cuerpos de seguridad mexicanos, a los que se entregó la información de lo que estaba pasando, y en lo particular en lo que corresponde al de Allende, ¿nos van a decir que en el momento en que ocurrió la filtración a la autoridad, y presumiblemente de esta hacia las bandas criminales que reaccionaron con tanta violencia, no hubo de parte del gobierno mexicano, del coahuilense, de los cuerpos de seguridad, alguien que previera lo que se veía venir… o es que de plano no lo vieron venir, se pensaron que los “malitos”, los “malosos”, los “malos”, se iban a conformar con liquidar al traidor al que le pusieron el dedo?, con el debido respeto, eso no se lo cree nadie.
Sí, la ATF, la DEA, la CIA, la BP, el FBI, cualquiera de estas y muchas otras oficinas de inteligencia que operan en el campo, pueden llegar a excederse, en cuanto que no midan las consecuencias de sus acciones en los ámbitos tan peligrosos que cada una maneja, pero… ¿y del lado mexicano no hay inteligencia o contrainteligencia no solo que analice lo que pueda pasar, sino que tome acciones para evitarlo? No lo creemos, más bien nos negamos a creerlo.
De momento la atención está en linchar a la DEA, ¿y del lado mexicano, quién está pidiendo cuentas de los que supieron, debieron saber, o soplaron?

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