Educar en la época del perspectivismo

Un análisis de la educación en nuestro tiempo (Segunda Parte).-

Escribe: Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano.-

ramses.sanchez@ulsa.mx

nazis

Preguntamos, ¿cuál es la realidad concreta sobre la que podemos erigir nuestro destino vital? ¿No parece que estamos más desorientados que nuestros antepasados pues ya no tenemos nada a qué asirnos pues pensamos la cultura, la tradición y el mundo en general únicamente a través de perspectivas? Esta desorientación extrema no es el resultado de una decisión generacional –incapaz de prestar atención a un orden superior de problemas y relegada a su presente, a sus deseos y a sus aspiraciones inmediatas–, ella nace con el advenimiento de la época del control anónimo; surge con la expansión de un poder que aún no estamos preparados para asimilar. Es el poder que fulgura debajo de nuestras acciones diarias, habituales o extraordinarias, y que hace posible que cada deseo, cada pensamiento, cada clamor, cada acción esté determinado de antemano.

Intentaremos pensar cómo ha surgido esta situación. La segunda mitad del siglo XX ha evidenciado las contradicciones de los modelos económicos y sociales en relación con la cultura y la educación. Hoy la riqueza ya no es signo de una educación superior, ni de una forma más civilizada. La guerra abierta contra la Shoá, el horror vivido en los campos de concentración, el objetivo de mostrar la superioridad militar de un país sobre otro (una práctica iniciada en el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki[1]), han revelado la necesidad de reconstruir la racionalidad occidental y las diversas formas de lo absurdo, el sinsentido y la banalización de la crueldad. Todos estos fenómenos tienen en común que han nacido a través de la ficción. Que hombres educados racionalmente sean capaces de planear el mayor mal es el anuncio de la incapacidad de las doctrinas epistemológicas por enfrentar la hipocresía y el cinismo humano. Es también la muestra radical del fracaso de los modelos pedagógicos en tanto que proyectos de formación abstractos. Aquí ficción, apariencia y fantasma son sinónimos.

El conocimiento de los horrores perpetrados en la Alemania nazi, en el Gulag ruso, en las intervenciones militares actuales, en los asesinatos en México de periodistas, ha devuelto la discusión hacia la validez de los Derechos Humanos fuera de toda injerencia institucional[2]. La necesidad de pensar las garantías últimas que vigilen por el respeto de los derechos de los pueblos, los grupos étnicos, las víctimas de la discriminación, la pobreza extrema, la dependencia y la explotación, han demostrado que en el estado de guerra las instituciones que cuidan de la moral son insuficientes[3]. Esto señala que debemos buscar en un lugar más originario.

Es sabido que la respuesta histórica a esta situación ha afectado las vanguardias intelectuales. Ellas se concibieron a sí mismas como respuestas al fracaso del sistema global fundamentalmente consumista y burgués. Estos movimientos sociales condujeron a una visión novedosa donde ubicamos la obra de Jack Kerouac, William Burroughs, Allen Ginsberg y Gregory Corso. Sin embargo, el enfrentamiento ante la crisis no solo afectó la literatura. También el movimiento Hippie se erigió como una oposición al vacío espiritual de la sociedad alienada por el bienestar material, ella estuvo inspirada por ideales comunistas, anárquicos y libertario-pacifistas. Lo mismo para el movimiento estudiantil de la Universidad de Berkeley donde era necesario tomar posiciones políticas y participativas luego de una autorreflexión política. Surgieron al unísono movimientos minoritarios de gran envergadura, como los de Malcom X y Martin Luther King (asesinados en 1965 y 1968 por represalias racistas) y esta crisis también afectó el seno de la Iglesia. El papa Juan XXIII comienza esta transformación con el Concilio Vaticano II (1962-1965) y las encíclicas Mater magistra (1961) y Pacem in terris (1963). Ellas representan el momento donde la Iglesia entra en diálogo y retroalimentación con los intelectuales laicos[4].

Estos movimientos fueron dominados por la desilusión general. Después de la caída de la iglesia como institución que históricamente había cuidado la moral, hoy en día la vida religiosa es comprendida como un espacio para experimentar nuevas sensaciones, lo mismo que la vida del sabio y las relaciones sentimentales. Nuestro presente se ha convertido en el reino de los que gozan de ambientes que, en su complejidad, adornan el día a día y es por ello que deben estar al acecho de grandes acontecimientos. La relación entre la crítica de la posmodernidad a los modelos esencialistas y el surgimiento del neoliberalismo aquí tiene su sino. Gracias a ella podemos decir que el problema central de nuestro presente consiste en nuestra incapacidad para pensar bajo una motivación original. En nuestra época, aquí habla Kierkegaard, nos oponemos ante los poderes del modo más objetivo posible, hablamos como hay que hablar, pensamos como hay que pensar, nos revelamos como hay que revelarnos y nos confrontamos como nos debemos confrontar.

Hoy en día usamos el trabajo como el medio para obtener dinero y cosificarlo en objetos. Esta reflexión se la debemos a la obra de Michel Henry. Ella ha vuelto a poner atención en lo que aún puede enseñar el marxismo a la cultura de la economía general. Para Henry, Marx ha interpretado la subjetividad como aquello que encuentra su esencia en la inmanencia y así logró que el saber sobre sí mismo ya no estuviese obligado a pasar por un proceso dialéctico donde el amo necesita afirmarse a partir del esclavo y viceversa. En el marxismo, señala, el proletariado no sería pura negatividad y la revolución no sería entendida como un proceso de destrucción sino de transformación de sí mismo. El ser existe como individuo, la praxis como actividad y el trabajo como la realización de la potencialidad positiva de la vida, ello permitiría el goce de sí. Sin embargo, la economía irrumpe ante esta relación cuando las relaciones económicas sustituyen las relaciones vivientes de los individuos y el cambio de los productos de trabajo deviene valor de cambio. Así, el dinero, antes de servir para el consumo, introduce una alienación que consiste en convertir las relaciones sociales en una relación de opuestos y de fuerzas.

De acuerdo con esto, la comprensión de la utilidad del trabajo como alienación deviene en un subproducto surgido de la relación entre la Universidad y la política neoliberal. Ella es una imagen del pensamiento que exige comprender cómo se ha instaurado el perspectivismo en la moral intelectual y refinada de los pensadores de nuestra época. Esto señala que es necesario captar el clima cultural de nuestra sociedad, sus costumbres y los instrumentos a través de los cuales se comunican y difunden los valores y las ideologías que permean nuestro mundo circundante para comprender la tarea real que la Universidad lleva a cabo en nuestra época.

Nuestro momento histórico comenzó cuando los procesos de producción mecanicista superaron la formación subjetivista que el fordismo instaló en EEUU y Europa a mediados del siglo XX[5]. Esto señala que la producción industrial que está a la base del sujeto industrializado es la antesala de nuestro presente[6]. Hoy, la imagen moderna del mecanicismo, la reducción de la naturaleza a términos matemáticos y el convencimiento de que el universo obedece a leyes naturales se ha reproducido de manera general. Gracias a eso se ha vuelto un principio aceptado de manera ingenua. Estamos ante un presente que posee nuevas formas de mantener ordenados y sometidos a los hombres. El dominio del presente es eminentemente psíquico en tanto que pensamos de acuerdo con un orden de significaciones preestablecidas. La voluntad de dominio y control, en la perspectiva tecnificante del mundo, es el continente donde está instalado el modo de ser actual. Llamamos objetividad al resultado de la lectura de estadísticas, números, representaciones y objetivaciones en general. Vivimos como piezas de un enorme engranaje técnico que responde a criterios utilitaristas y que se reproduce en nuestros modo de comprender el mundo. La praxis materialista de los elementos modernos ha sumido al pensamiento actual en la producción de mercancías y hombres en serie, donde se dificulta prestar atención a las diferentes formas de manifestación de la alteridad[7]. Esta colonización tecno-científica se ha extendido al arte y a la religión. Si hoy es posible calcular, administrar y planificar la cultura, los movimientos de subversión, los ideales de una sociedad, es porque estamos en camino de la desaparición de formas de enunciación y de la producción originaria de acciones novedosas[8].

[1] Cf., Lucy S. Dawidowicz, The Holocaust and the Historians, Harvard University Press, Cambridge, Mass, 1981.

[2] Véase la obra de Emmanuel Levinas, Alain Finkielkraut, Primo Levi y Levi-Strauss.

[3] Cf., Zygmunt Bauman, Modernidad y holocausto, Argentina, Sequitur, 2010.

[4] Cf., A. L de Cestris, Sulle ceneri di Gramsci; P. Voza, Il sessantotto a un passo del cielo; H. Marcuse, L’uomo a una dimensione.

[5] Cf., David Harvey, La condición de la posmodernidad: investigación sobre los orígenes del cambio cultural, Argentina, Amorrortu editores, 2004; Gilles Deleuze y Félix Guattari, El anti-edipo. Capitalismo y esquizofrenia, España, Barral editores, 1974; Jean Baudrillard, El sistema de los objetos, México, Siglo XXI; Noam Chomsky, en 11-09-01, España, RBA Libros, 2001.

[6] Cf., Peter Sloterdijk, Reglas para el parque humano, España, Ediciones Siruela, 2000 y En el mismo barco, España, Ediciones Siruela, 1994.

[7] Cf., Alain Finkielkraut, Una voz viene de la otra orilla, España, Anagrama, 2000.

[8] Cf., Martin Heidegger, ¿Qué es la filosofía?, España, Ediciones Narcea, 1978 y Caminos de bosque, España, Alianza, 2005.

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