Un análisis de la educación en nuestro tiempo
(Tercera Parte)
Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano.-

Con la llegada de la crítica a la idea de dos mundos superpuestos, en los que la verdad escondía una doctrina moral, sobre la cual, finalmente, lo verdadero desatendía el mundo, la fabulación comienza a tomar las riendas de la realidad en una época en la que es posible pensar, imaginar y fantasear en nombre de una libertad infinita. El creador, el pensador, el innovador se han sumado a esta situación y la han comprendido como la oportunidad de salir de su elemento para arriesgarse a alcanzar un mundo inhóspito, incalculable e incierto. No obstante, ¿cómo asegurarnos que la decisión de entregarse al no fundamento, al comienzo radicalmente nuevo, a la novedad de la creación, no ha nacido con la época de la imagen donde el sentido ha sido puesto al servicio de la magnanimidad, de la exhibición brusca del ser, de la imposición de lo majestuoso ante los nimios elementos?
El pensar que no abandonó por completo la época anterior –aquel que no se entregó indiscriminadamente al diagnóstico nihilista-hermenéutico-perspectivista–, ha vislumbrado que el riesgo último de esta situación consiste en la imposibilidad de notar que hemos sido secuestrados por un pensar que carece de límites y ataduras y que navega sin cesar en una búsqueda infinita de novedades. Este pensar ha sido el que no se ha rendido a la vorágine de la originalidad, de la innovación, del hoy llamado emprendimiento.
Es necesario saber qué significa lo novedoso para una época en la que cada evento espera ser un acaecimiento, capaz de hilar opiniones a su derredor entregadas a su contemplación y a su aspaviento. La novedad es esencialmente aquello que produce en el mundo un hecho que no era previsible de acuerdo con la suma de los elementos considerados previamente. La novedad es aquello que no era un posible para una realidad, lo que no estaba delimitado en sus posibilidades y que no había sido esbozado con anterioridad. La novedad está ofrecida por el otro mundo, el lejano, es la otredad que sacaría al yo que reposa sobre sí de su originario obstinamiento. Lo nuevo, lo novedoso, lo inesperado es el acontecimiento donde lo esperable, lo repetitivo y lo habitual se ven traicionados por la experiencia de una alteridad que no es posible asumir. Esta alteridad debe ser completamente extranjera: debe ser incapaz de poseer cualesquiera rasgos de identificación sobre los cuales erigir una homogeneidad. Es la alteridad que se mantiene siendo lo otro, lo inesperado, lo ajeno, aquello que no es posible administrar por la previsión, por el sentido, por la apropiación.
La experiencia del acontecimiento, tan lejana a la comprensión, debilita la idea de poder, de permanencia, de lo que vuelve a casa intacto, a pesar de todas las experiencias. Una experiencia tal no puede ser objetivada en ninguno de los términos con los que hoy contamos pues ella produce un afecto que no está destinado a entrar en una palabra que pudiera aprehenderlo. De este modo, la producción es un hecho ontológico, una novedad en el ser, donde lo que antes era se desdice de su permanencia y se conmueve, se modifica, comenzando a dar un paso fuera de sí.
La oposición existente entre el mundo dominado por las interpretaciones y las experiencias que ponen en crisis tal discursividad señala la estructura propia a la confrontación. Pero no vive ni habita finalmente en ella. El poder del presente se confina en la producción del ser y de su valor. Su importancia reside en que el poder consiste en producir un afecto que domina por entero al sujeto antes de la llegada de cualquier discernimiento. Esto supone el verdadero dominio del hombre actual: consiste en lograr en él una interpretación ya canalizada. Una vez que se ha logrado producir una imagen, una significación y una resonancia, el objeto al que es dirigido aquel sintagma es recubierto por esa determinación. Él significa «eso» ya que la imagen significada orienta la interpretación.
Y hoy, que también educamos en un ambiente donde la interpretación de la Universidad, del alumno y del maestro, ya han tomado un terreno determinado y se han emplazado en él, se revela la génesis que ha dado inicio a la comprensión de la educación a través de un sistema de transmisión de saberes sometido a la acreditación, la medición, la objetivación y numeración de sus alumnos, sus colaboradores, su personal en general. ¿Hay alguna manera de expresar la experiencia del aula, el cara-a-cara entre una idea, un maestro y un alumno? Hoy parece que estamos obligados a responder por la negativa. La indiferencia a escuchar con atención las lecciones originales de los pensadores, la pérdida de importancia para reflexionar, en relación con la idealización de lo pragmático, aunado con la rapidez con la que debe ser expuesta una idea, una convicción, una solución a problemas… todo ello indica que nos encontramos en un tiempo donde la educación está diseñada para construir seres sin contexto. Ellos están viviendo un presente que debe estar listo para la siguiente actualización, para olvidarlo todo, para no dejar huellas atrás y sumarse a la vorágine de lo original.
¿No exige lo anterior preguntarnos si lo estamos haciendo bien, si lo podemos hacer mejor? Ellas son preguntas que exigen conocerse a sí mismo. Ellas muestran que convertirse a sí mismo en una pregunta no es sino encarnar la enseñanza del maestro de todos los maestros, de Sócrates, el que preguntaba a favor de la verdad salida de los dos, de la mayéutica. El platonismo socrático cuestiona las significaciones estables en los hábitos de los hombres en sociedad. Para llevar a cabo tal cuestionamiento Platón lleva el preguntar hacia principios universales que puedan guiar el ethos del que comienza a preguntar radicalmente. El ethos originario es un modo de ser anterior a toda tematización. Es aquello por lo cual cada ser puede tematizar de acuerdo con el modo de ser que le es más propio. Cuando Platón caracteriza la ingenuidad de acuerdo con la reflexión sobre la , ubica el surgimiento de los valores y las prácticas en relación con la opinión. En la dóxa se muestra que la verdadera educación es aquella que está diseñada para mejorarse a sí mismo y a los que nos rodean. Es la educación para la polis, para la vida en sociedad, para los hombres que viven en una sociedad de la que se hacen responsables. De modo que la ciencia de la educación que comenzamos a buscar debe coincidir con una decisión existencial. Esta decisión, que comienza con una autocrítica radical, se opone al orgullo prototípico del tirano, aquel que obtiene su poder después de devastar al enemigo, el que ha causado muertes, el que habita una tierra que ha sido abandonada por el exilio.
Tomar la decisión de ser antes que parecer distingue al hombre responsable del falso profeta, de aquel que está dispuesto a ganar una discusión únicamente a través de argumentos. El hombre educado en lo originario aspira a un mejoramiento donde la justicia solo es comprensible en su aplicación. Él debe saber cómo ponerla en obra. El socrático es el que puede hacer y decir lo que puede hacerse y decirse en las situaciones adversas que requieren de su saber: es el que sabe actuar en situaciones límite.
Sin embargo, el que sabe y puede actuar, solo sabe y puede lo que o ha aprendido de otros, o lo que ha encontrado por sí mismo. De modo que hay en ella algo que enseñar. La educación que no es socrática, está continuamente aprendiendo cosas que no quiere aprender y que no sabía que ignoraba hasta que está preparado para aprenderlas. Es la educación que señala el carácter del saber que es transmisible por la palabra, por la enseñanza, la que se hace entre dos, en diálogo. Es así que se hace manifiesta con necesidad la figura del maestro y, al mismo tiempo, la necesidad de decidir ejercitarse en el saber. Esta ejercitación consiste en prepararse para ver desde unos ojos ajenos, a escuchar con oídos nuevos, a sentir sensaciones novedosas susceptibles de ampliar nuestros horizontes de comprensión. La enseñanza originaria abre nuevos posibles, reconfigura nuevas interpretaciones y revela acciones que ya no serían accesibles para todos. Ellas estaban prohibidas con anterioridad. Es, gracias a esta elucidación que ahora nos ha sido dada, aquella que revela que un acto originario de enseñanza es un acto de libertad[1].
[1] Cf., Miguel García-Baró, El bien perfecto. Invitación a la filosofía platónica, España, Sígueme, Salamanca, 2008, fundamentalmente pp. 127-162.

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