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Un viaje inolvidable a la cenicienta del Pacífico

ANÉCDOTAS DE CAFÉ.-

Por Carlos Padilla Muñoz.-

viaje

Fue en 1970 cuando un grupo de jugadores   de voleibol de la Secundaria y Preparatoria Venustiano Carranza de la entonces Universidad de Coahuila,( Ude C) realizamos la hazaña de ir a jugar un torneo de invitación hasta Ensenada, Baja California, recorriendo más de dos mil kilómetros . Llevando casi nada más que el pasaje

En ese tiempo la selección de la PVC era uno de los mejores equipos de primera fuerza, todavía recuerdos aquellos partidos contra el equipo de la colonia 20 de noviembre patrocinado por una firma de vinos Ron Caudillo, esos encuentros en la Alameda Zaragoza siempre resultaban muy emocionantes. Las victorias las dividíamos.

También recuerdo aquel juego donde nos enfrentamos al selectivo del Tecnológico de la Laguna, los famosos Gatos Negros dirigidos por Roberto “Perico” Rios.Apenas unos días se habían coronado campeones nacionales de los Intertec, donde participaban todos los tecs del país.

Nosotros, la PVC, nos dirigía un gran voleibolista y mejor entrenador, Jesús Martell García (f), nos enfrentamos en uno de esos juegos que promovía el Centro Municipal de Promoción Deportiva de Torreón, que presidia el periodista del Siglo de Torreón, Cesar Marina Miravalle (f).

Cuál sería la sorpresa de muchos de nosotros y decepción de los jugadores de los Gatos Negros del Tec., que las pizarras de los dos únicos sets jugados fue de 15-0 y 15-5. Fue una paliza que les dimos a los campeones nacionales que aparte de abollarle la corona, fue una noche triste  e inolvidable.

El equipo de nosotros estaba integrado por José Ordaz Zoule, Luis Landeros Dávila, Fidel Martínez, Jesús Castro “ El Zorri” (f), Juan Rodríguez “ El Chino”, José Dueñas “ El Roe” (f), José Vela “ Canuto” (f) con una estatura de dos metros, inusual en aquel tiempo, Leopoldo Amaro (f) y un  servidor Carlos Padilla Muñoz.

El viaje a Ensenada fue producto de una invitación de la Liga Municipal de Voleibol que nos tramito mi amiga deportista de aquella ciudad, Martha Silvia Soto Amador. Ni siquiera teníamos idea donde estaba aquella ciudad, menos que tendríamos que caminar dos días completos por tierra en camión para llegar desde Torreón. Hicimos casi la misma ruta del Caballo Blanco en la canción de José Alfredo Jiménez.

De Torreón viajamos hasta Mazatlán en la línea Transportes del Norte. De ahí transbordamos en un camión Norte de Sonora hasta Tijuana. Salimos un jueves y llegamos   Tijuana el sábado en la madrugada.

Apenas llegamos a Ensenada, los anfitriones nos instalaron en un Motel en el Centro de la ciudad. Como todo joven que llega a una ciudad desconocida en la noche recorrimos las calles para ver negocios y aparadores.

En nuestro recorrido nos encontramos con gente de la Laguna, algunos de Torreón, otros de Lerdo, otros más de Matamoros. Nos identificaban por nuestras Chamarras que decían en la espalda PVC Torreón.

Al ´pasar por un elegante edificio, salió un hombre que nos preguntó que si éramos de Torreón. Como le dijimos que sí, él nos dijo que era de Lerdo, Dgo., y que tenía más de 30 años viviendo en Ensenada, la Cenicienta del Pacifico.

Dijo que era dueño del Restaurant Bar que estaba en la Planta baja de aquel elegante Hotel, y nos invitó a pasar. Al poco tiempo vino un mesero y nos ofreció unos refrescos.

Nos llamó la atención que en una parte del bar estaba un grupo de mujeres ancianas gringas. Una de las mujeres nos invitó a bailar, al principio  no nos animábamos, pero finalmente terminamos siendo parejas de aquellas gringas elegantes que olían a perfume caro.

Cual sería nuestra sorpresa que al final de la tanda de música, las mujeres nos regalaron varios billetes de dólares. Como nuestro presupuesto era casi nada, aceptamos los billetes y las bebidas que nos regalaron.

Ya entrada la noche nos fuimos a dormir al Motel donde estábamos hospedados, a pesar de la insistencia de la gringuitas que estaban felices con nuestra presencia y compañía.

Al otro día que estábamos por iniciar nuestro primer encuentro de voleibol, llegaron las gringuitas vestidas de porristas listas para animarnos en cada jugada.

Desde ese día no se separaron de nosotros y fueron nuestras anfitrionas y patrocinadoras de todas las comidas, cenas y paseos. Algunos resultaron novios por unos días con bastante beneficio.

Uno del equipo recibió la oferta de su pareja ocasional de irse con ella y casarse, ´pero antes tendría que acompañarla a un recorrido por el Pacifico hasta Acapulco en su yate particular-

La gringuita tenía como 78 años, viuda, dueña de varias estaciones de gasolina y restaurantes y sin familia para heredar.

Nuestro compañero le dijo a su pretendienta que lo iba a pensar, que no estaba preparado para esto y que además tenía que regresar a clases, ya que estábamos en plena semana santa.

Cuando llegamos a Torreón la propuesta se le olvido a mi compañero y todo siguió igual. Pero después pensé, si se hubiera  ido con la gringuita y se casaba, Dentro de pocos años seria millonario y nosotros sus amigos.

Pero dicen que cada quien tiene marcado su destino y lo que no sucede es por algo. Lo cierto que gozamos como nunca ese viaje inolvidable donde no solo jugamos ese torneo de invitación con equipo de Ensenada, Mexicali, Tijuana y Los Ángeles, California. Fue una grata experiencia que nunca hemos olvidado. Cuando nos encontramos quienes todavía sobrevivimos, lo primero que recordamos es este viaje.

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