De las cuestiones radicales: la profundidad de la vergüenza

 (tercera parte)

Escribe: Dr. Ramsés Leonardo Sánchez Soberano

nitzche

El problema del que nos hemos ocupado es aquel que consiste en salir efectivamente del lugar donde nos sentimos protegidos. Esta salida es totalmente afectiva, patética, anterior a cualquier modalidad teorética. Un ser originariamente conmovido comienza con el temblor de descubrir el ser que es y, al unísono, descubre que la infancia previa a esta afección primoridal se debatía como indecisión, juego y obstinación. El padecimiento de un dolor original significa sufrir la hecatombe del orgullo de un ser que estaba seguro de sí. De manera que el primer advenimiento de este afecto debe ser anterior a la voluntad y al honor de ser yo, sujeto, individuum, soledad.

Si estos acontecimientos unifican ontológicamente el ser del mundo con el ritmo del yo, es porque la existencia no tiene prohibido acceder a más de un derrocamiento. En el «nuevo comienzo» se vive la apertura a un horizonte que está emparentado con otros posibles. Dice que la dureza de la realidad, ese maravilloso pleonasmo levinasiano, guarda más de un acontecimiento para todos. Un ser que se encuentra por vez primera con lo que es, y que no se vanagloria de ese evento, es un ser que se opone a aceptar el ser que ha llegado a ser. Se resiste a ser de ese modo. Esta resistencia dramática se revela psicológicamente como un «avergonzarse de sí» pero solo así se abre el carácter efectivo de lo que se es. El horror de la vergüenza de un hecho tal consiste en no poder abandonar aquello que se rechaza. En estar atrapado completamente por sí mismo. En estar en tensión consigo. En «ser-así». En ser de un modo peculiar, y en tener que responder a lo que se ha hecho, va de suyo la necesidad de volver a comenzar.

La vergüenza originaria consiste en no poder abandonar aquello que sostiene lo que se es. La vergüenza originaria consiste en encontrarse a sí mismo como un ser insoportable. Y es así, en la tensión irremisible consigo mismo, que la vergüenza revela el carácter de «consistir en ser». Consistir en ser significa no poder ser capaz de abandonar la existencia. En estar dentro de un orden de existencias que ya no pueden desdecirse de una responsabilidad que no comienza con el ego. Cuando el ego descubre que está anclado a existir ya es demasiado tarde para abandonar su ser. Él ya ha provocado, desde su primer acontecer, un removimiento en la existencia del otro –sin importar que aquel, el cuerpo comprometido en la introducción del otro al mundo, asuma o no la responsabilidad de la filiación. La vergüenza de un ser de haber llegado tarde a sí es una vergüenza ontológica, incapaz de desdecirse de sí mismo. Incapaz de separarse de ser. La vergüenza original consiste en sentirse a sí mismo como lo que se intenta rechazar.

De manera que el orgullo del que piensa que llega antes de tiempo será puesto en cuestión a toda costa. Ya somos demasiado viejos para seguir con eso. La imposibilidad de una inteligencia para resistir al dolor de caer en la cuenta de lo que es, funciona como la revelación de que volverse hacia sí mismo solo es posible como la exposición de un eminente patetismo. La inteligencia es una analítica – llega más tarde. Este dolor que se encuentra en el derrocamiento de los valores inmediatos que, solo por ser míos, han sido planteados como buenos, dibuja un camino que debe ser elegido para plantear un futuro que, después de manifestarse, ofrece el ser de lo singular. Con el advenimiento de la vergüenza de mantenerse siendo el mismo el yo padece un acontecimiento que le está absolutamente dirigido: en él pensar y sentir «lo que se es» coinciden.

No es extraño que el filósofo haya dejado de mirar suficientemente hacia dentro. Se ha contentado con la administración de una verdad en la que puede fingir creer o en la que cree obcecadamente. Cinismo de la intelección[1]. Es por ello que él también se alimenta con la comprensión de un acto de inteligencia donde la existencia es desprovista de su vitalidad. Comienza su periplo en un acto de intuición que ya no puede hacerse cargo de las historias que anteceden su primer asistencia a la existencia pues, antes de todas las preguntas filosóficas, ya hemos adquirido muchas deudas[2].

Lo anterior exige asumir que la unidad del yo se revela como la permanencia de un ser que sigue siendo el mismo. Así puede preguntar: ¿de qué manera un yo se mantiene idéntico una vez que ha padecido estos o aquellos eventos? Si esta cuestión puede ser planteada es únicamente cuando ha surgido de acontecimientos verdaderos. De otra manera, lo padecido será aplastado por lo Mismo. Pasará sin ninguna revelación, no será notado, destacado. De acuerdo con esta mismidad, el concepto sustancial de sujeto no alcanzaría a padecer en sí cambios radicales. Él sostendría, que la modificación y el cambio son meros añadidos de la sustancia y, para hacerlo, debe entrar en relaciones abstractas con el ser. Así, si lo vivido efectivamente es la situación horrorosa o pacífica del mundo en torno, ella no es un mero accidente añadido predicativamente a la vida fáctica: muestra que la vida subjetiva no puede vaciarse del ser.

Para dar constancia de las transformaciones efectivas debemos señalar que, el planteamiento del nuevo comienzo, en concomitancia con los eventos derrocadores de la vida, exige problematizar el dispositivo metafísico de ipseidad en tanto que punto de conexión apartir del que todo yo recupera su familiaridad consigo y con su mundo. Si hay un ser que acontece para una identidad que se mantiene en su propio goce, la incapacidad para modificar una sustancia, para transformarse radicalmente, sería el limite del pensamiento en general. Auspiciado por los mecanismos de conservación del ser del yo, él debe saber que, para conocer, debe ser siempre el mismo. Los filósofos saben que narrativamente la noción de mismidad ha funcionado como tal gracias a que ha sido administrada por la idea metafísica de ipseidad. Ella es el «cómo» que garantiza al ego una identidad y una permanencia. Sin embargo, un ser que se mantiene siendo lo mismo, que vuelve a sí después del periplo y que no puede captar sino lo que está en su propio horizonte ¿puede asumir que es un ser libre? Si está una y otra vez decidiendo a la sombra de lo que le está permitido pensar, la respuesta es negativa. ramses.sanchez@ulsa.mx

 

[1] Cf., Pavel Kouba, El mundo según Nietzsche, España, Herder, 2009, pp. 201-228.

[2] Esta deuda previa, de acuerdo a un tiempo absolutamente pasivo, debe ser considerada eminentemente anterior al llamado de la conciencia heideggeriana. Cf., Sein und Zeit, pp. 269, 271, 273-277, 280, 287, 296, 300, 444.

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