Coneja: federalismo al límite

“… ¿qué es lo que sabe Alejandro Gutiérrez, qué les sabe a Enrique Peña, a Manlio Fabio Beltrones, a Luis Videgaray, a José Antonio Meade, y a ocho o más gobernadores priístas, como para que sea una prioridad estratégica, casi de sobrevivencia del sistema, el rescatarlo de las garras del Corral?”

BAILE Y COCHINO.-

Por: Horacio Cárdenas.-

conejita7

Corrían los primeros meses del año 1995, habían quedado atrás los primeros ramalazos de los errores de diciembe del año anterior, pero al presidente de la República de entonces, Ernesto Zedillo Ponce de León, le urgía algo con qué legitimarse ante una población que lo culpaba, antes que nada, de mentir, pues eso que fue su lema de campaña “él sabe como hacerlo”, quedó como la más grande falsedad, apenas comparable con la de su antecesor Carlos Salinas de Gortari, que nos había convencido de que México finalmente era un país del primer mundo, integrante de número y mérito del club de los ricos, todo para que cientos de miles de personas hubieran quedado desempleadas luego del baño de helada realidad.

Desde la más alta oficina del país, se ordenó la detención, proceso y encarcelación de Raúl Salinas de Gortari, poderoso hermano, quien en el imaginario popular, y con cierto grado de verdad, se había convertido en el símbolo de la corrupción del régimen anterior, y como no se podía ir por el expresidente, pues había que conformarse con el brother incómodo.

Cuentan las crónicas, que en el momento en el que Carlos se enteró de que agentes de la Procuraduría General de la República habían detenido a su queridísimo hermano mayor, ordenó a los soldados del destacamento que en su calidad de expresidente, tenía a su disposición. Se dice que ya iban en el vehículo el coronel y su no muy amplia tropa, con toda la intención de intentar tomar por asalto las instalaciones de la PGR, cuando utilizando las todavía primitivas comunicaciones de la época, el secretario de la Defensa Nacional, General de División Enrique Cervantes Aguirre ordenó al comandante “detenga esa acción”, a lo que no le quedó más que acatar la orden de su superior, independientemente de que estuviera comisionado con un expresidente de la República que durante meses después del hecho, todavía echaba chispas, y tanto que decidió autoexiliarse en Irlanda, no fuera que Zedillo buscara un chupacabras expiatorio más gordo.

Esta fue, quizá el más grave evento en el que una autoridad se atreviera a desafiar a otra, en la historia posrevolucionaria en el país. Sí, recordamos como Humberto Moreira traía pleito casado con el presidente Vicente Fox Quesada y con su sucesor Felipe Calderón, con el primero por la tan deleznable actitud asumida durante el incidente de Pasta de Conchos, y con el segundo por un asunto de la repartición de las participaciones a las entidades federativas, en específico a Coahuila, tema que por cierto, no se ha explorado suficientemente como el detonador de la crisis del endeudamiento de los estados, Humberto era el bravucón que desde el lejano norte se ponía al tú por tú con los presidentes, pero se estaba, digamos, moviendo en lo que la política permitía.

Nada que ver con lo ocurrido el fin de semana en la capital de Chihuahua, donde para hacer cumplir una sospechosamente acomodaticia orden de traslado de Alejandro Gutiérrez Gutiérrez y dos compañeros de celda que están de huéspedes en el penal Aquiles Serdán para llevárselos a la Ciudad de México, donde les tienen reservada su suite en el Reclusorio Norte, corporaciones policiacas estatales y hasta municipales impidieron la salida del convoy que se llevaría a la célebremente triste Coneja Gutiérrez en avión oficial, justo como a él siempre le ha gustado volar. Esto, salvo su mejor opinión, es tanto o más grave que el incidente que le platicábamos entre Salinas y Zedillo, porque no es, no solamente, un asunto de corrupción, de emociones desbordadas, de filias partidistas, es un choque de poderes, el estatal al que se le quiere quitar por todos los medios al reo Gutiérrez, y el federal, que está moviendo todo lo que la ley permite y lo que no permite, con tal de quitarle al gobernador Javier Corral Jurado una pieza clave que podría servir de arma contra un sistema político para el que el desvío de fondos públicos y su aplicación fraudulenta en las campañas políticas, es el PAN suyo de cada día.

Al momento de teclear estas líneas, han pasado tres o cuatro días desde que agentes federales y estatales de Chihuahua estuvieron a punto de masacrarse mutuamente como si estuvieran en la Franja de Gaza inaugurándoles una embajada gringa en Jerusalen, ambos tenían sus órdenes, y lo verdaderamente admirable es que el asunto no haya pasado a mayores, a mucho mayores, teniendo que lamentar muertos y heridos por ambos bandos armados. Imagínese, tecolotes federales y chihuahuenses, ninguno de ellos caracterizado por la comprensión, por su delicadeza política, supieron contenerse para no asesinarse los unos a los otros, todo porque unos están empecinados en llevarse a la Coneja y otros en no dárselas ni viva ni muerta.

Lo hemos preguntado al aire ya muchas veces en este mismo democrático espacio: ¿qué es lo que sabe Alejandro Gutiérrez, qué les sabe a Enrique Peña, a Manlio Fabio Beltrones, a Luis Videgaray, a José Antonio Meade, y a ocho o más gobernadores priístas, como para que sea una prioridad estratégica, casi de sobrevivencia del sistema, el rescatarlo de las garras del Corral?, ahora que tenemos que reconocer que, pese a lo que se ha dicho, la gente de la fiscalía de Chihuahua no se ha esforzado demasiado por “hacerlo cantar”, por aquello de los derechos humanos y el respeto que hay que tenerles, y también del otro lado, hay que reconocer que así suavecito como siempre se vio Alejandro Gutiérrez, ha sabido soportar el encierro, la presión, lo que sea, para no incriminar a nadie de sus jefes, pues es en ese momento le valdría más estar muerto que vivo, el hecho que no lo hayan dejado solo da prueba de su importancia, y de que pese a todo, el régimen protege a los suyos.

Sospechosamente nadie ha salido a bravuconear amenazas contra el gobierno o la persona de Javier Corral, como tampoco contra la administración de Peña Nieto. El silencio es, como dicen las películas, ominoso, y es que bien a bien nadie sabe ahorita qué es lo que procede hacer. Ya pasaron los momentos de las multas, de las acusaciones de desacato, lo que está en juego es que un poder, el federal, trate de avasallar a otro, el estatal que se le ha trepado a las barbas, en algo que en general, no se le permite a nadie, y volvemos a lo mismo ¿tanto vale la Coneja para el gobierno federal, que está estirando el siempre citado “pacto federal” hasta el límite?

¿Y qué es lo que sigue?: ¿despachar a La Coneja y echarle la culpa a un preso o a los custodios y a la autoridad estatal?, ¿intentar un rescate peliculesco como el de Kaplan?, ¿seguirla jugando por el lado legal que tan desprestigiado ha quedado luego de ponerse al servicio del gobierno federal?, ¿aceptar que perdieron ante un gobierno estatal panista?, no hay quien se atreva a vaticinar como va a terminar este asunto.

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