Series mundiales: aperitivo beisbolero

AQUELLOS TIEMPOS.-

Por Miguel Ángel Genis.-

dodgers

La series mundiales de béisbol, escribir sobre los clásicos de octubre para ofrecer a los lectores un aperitivo del sabroso platillo que esperamos disfruten. Todos los aficionados al béisbol seguramente tienen en su memoria juegos inolvidables que les tocó presenciar en un estadio. Particularmente se recuerdan grandes momentos de emocionantes encuentros tanto de la liga mexicana como de las ligas mayores. Incluso de reñidos partidos en los campos llaneros.

En 1955, los habitantes de la “Gran Manzana” de aquellos tiempos tuvimos la suerte de ser espectadores del clásico de otoño completo entre los yanquis de Nueva York y los Dodgers de Brooklyn, condado que pertenece a la misma ciudad y que se localiza al otro lado del famoso Brooklyn Bridge.

Esa serie mundial tuvo matices de dramatismo pues los dos primeros encuentros se escenificaron en el Yankee Stadium que registró un lleno superior a los 62 mil fanáticos que era su cupo oficial. Los yanquis ganaron los dos encuentros jugados el 28 y 29 de septiembre de ese memorable año.

Como ya era tradición. “Los Mulos de Manhattan” parecían encaminarse a humillar nuevamente a los Dodgers como lo habían hecho en otros cinco clásicos desde 1941 cuando se enfrentaron por primera ves y Brooklyn estuvo a un solo strike de convertirse en campeón, pero su receptor Mickey Owen dejó que se le escapara la pelota con que se ponchó Tommy Henrich y los yanquis le arrebataron el triunfo en la novena entrada del séptimo juego.

En 1920 los Dodgers ganaron su primer campeonato y cayeron en la serie mundial ante los Indios de Cleveland, eso y las cinco derrotas ante los Bombarderos del Bronx, hizo que los aficionados los bautizaran con el apodo de los maletas de Brooklyn.

Esa fue la razón por lo que la serie pasó a los anales del beisbol como histórica y para este cronista al Rey de los deportes en particular porque fue posible presenciar casi todos los encuentros. Los Dodgers ganaron el clásico y se quitaron para siempre la carga del molesto mote de maletas que arrastraron por 15 años.

Después de los primeros triunfos de los Mulos en el Yankee Stadium, pasó al Ebbest Field de Brooklyn para los tres siguientes encuentros en los cuales los Dodgers salieron victoriosos ante dos llenos totales de su estadio.

Nueva esperanza surgió entre los aficionados del condado del sur de la gran manzana ya que solo necesitaban otro triunfo para ser campeones del mundo, pero en una serie mundial todo puede suceder y al siguiente día, al regresar el clásico al yankee stadium, los yanquis emparejaron los cartones con un claro triunfo de 5 carreras a una.

Y ciertamente, todo puede suceder en un clásico de otoño y más aún cuando los aficionados van a apoyar al equipo de casa. El séptimo y último juego fue en yankee stadium que como en los anteriores enfrentamientos, volvió a registrar un lleno completo de fanáticos de todas partes que no querían perderse el que ya se manejaba en los medios de información como sensacional enfrentamiento.

Y en la hora de la verdad, el partido respondió a todas las expectativas con un triunfo angustioso de los Dodgers dos carreras a cero con excelente actuación de Johnny Podres en el montículo que lanzó el juego completo y blanqueó a los orgullosos yanquis.

En esa serie se registró la histórica atrapada del cubano Sandy Amoros, quien corrió toda la milla en el cierre de la sexta entrada para quedarse con un batazo de Yogui Berra por la raya del jardín izquierdo con lo que evitó por lo menos dos anotaciones para los bombarderos.

Aquello fue la locura, los fanáticos de Brooklyn brincaban y se abrazaban en las gradas y algunos lloraban de alegría, los jugadores de los Dodgers saltaban de gusto por su victoria y parecía no querer retirarse del terreno que fue invadido por sus seguidores para felicitarlos por su grandiosa victoria.

Ese año los Dodgers tenían un fabuloso equipo que era considerado como uno de los más talentosos de todos los tiempos: la primera almohadilla la cubría el grandote Gil Hodgers, la segunda base estaba al cuidado de Jim Gilliam, el tercer cojín a cargo del fenomenal Jackie Robinson y en las paradas cortas estaba el talentoso Pee Wee Reese: en los jardines estaban Carl Durillo, Duke Snider y Sandy Amoros, mientras que la receptoría la cubría el inmenso Roy Campanella.

El cuerpo de lanzadores lo encabezaba Don Newcombre, Carl Erskine, Johnny Podres, y Vlem Labine apoyados por Billy Loes y Roger Craig entre otros. Más de la mitad de los jugadores de este equipo de ensueño tiene una placa en el nicho de los inmortales de Cooperstown donde se localiza el Salón de la Fama de beisbol.

 

 

 

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