Óscar Pimentel: el hombre con el plan

BAILE Y COCHINO.-

Por: Horacio Cárdenas Zardoni.-

pimentel

La anécdota la teníamos guardada desde hace más de veinte años, en una mesa muy escondidita en un rincón de un restaurante por los rumbos del norte de la ciudad, como suelen decir los colegas de sociales que no quieren decir el nombre porque no hay publicidad pagada, departían amenamente el entonces presidente municipal de Saltillo, Oscar Pimentel González, y otro señor que había también sido alcalde todavía más antes, Carlos de la Peña Ramos. Al calor de los sofisticados platillos y los mejores licores, con cargo por supuesto al presupuesto de la ciudad, se estaba acabando de decidir el futuro de la ciudad, como siempre en la triste historia de la capital de Coahuila, a conveniencia de los ricos, de los terratenientes, y en perjuicio del resto de la población. Es un decir lo de perjuicio, porque ni siquiera estaban siendo tomados en cuenta los miles de ciudadanos que transitarían a diario por lo que luego pasó a denominarse bulevar Luis Donaldo Colosio Murrieta, y que en aquel instante apenas tenía un nombre administrativo, libramiento quien sabe qué.

La cita en La Canasta era la culminación de meses de negociaciones entre la administración municipal de Oscar Pimentel, político con un ojo puesto en la grilla y el otro siempre en el billete, y los propietarios de los predios por donde pasaría la nueva vialidad, tan necesaria ya en aquellos tiempos, y que se anticipaba como el detonador del desarrollo de aquella zona ubicada al norponiente de Saltillo. La negociación no había resultado nada sencilla, no tanto porque no hubiera el interés de vender de unos, y el de comprar de otros, con la consecuente y obligada tradición histórica priísta de que en la operación, en cada operación, tenía que mediar una comisión, sino porque en el gran proyecto estaban aflorando algunas de las peores actitudes y costumbres de los ricos de Saltillo.

En efecto, aquellos eran predios donde había algunas nogaleras y huertas más o menos productivas, y algunos campos de a tiro nomás esperando que les llegara el momento de su explosión de plusvalía, los propietarios que los habían heredado de generaciones anteriores, o que los habían adquirido a centavo el metro, se estaban dejando pedir las perlas con todo y virgen.

Así ha sido siempre en Saltillo y así han sido siempre los terratenientes de Saltillo, no por nada hay tanto inmenso terreno baldío en el centro, en las colonias y en sobre los bulevares, si lo que están esperando sus dueños es que venga alguien a querer establecer un Wal Mart, un HEB, una plaza comercial Sendero, Galerías o la que sea, y que esté dispuesto a pagar el precio que se dejen pedir, que por muy estratosférico que sea, a la hora de cerrar la operación y haberse vuelto a forrar de dinero, sentirán que todavía habían podido sacarles algunos millones más.

Si con esas actitudes lo que nos extraña es que no haya llegado a la capital de Coahuila más gente con intenciones de lavar dinero del crimen organizado, esos sí que pagan lo que les pidan “no questions asked”, o a lo mejor si han andado por aquí… pero esa es otra historia.

Todo el asunto del luego bulevar Colosio se centró en dos cuestiones básicas, primero el dinero, que fue muy superior a lo que realmente valían las propiedades que terminarían convirtiéndose en calle, y que además le darían un empujón tremendo al valor de la tierra colindante, como puede cualquiera comprobar, que muchos de los terrenos que quedan por allí no están en venta, sino en renta, pues sus propietarios, los mismos de entonces o sus descendientes, creen que valen más que el zócalo, de la Ciudad de México, y sobre esa creencia los cotizan en dólares, muchos dólares, de puro alquiler. Pecata minuta, ajá, pero dentro de lo que podía negociarse. Lo que no era tanto, era lo relativo al trazo, y allí sí que la cosa se puso complicada.

Y es que si algo tienen los saltilleros de prosapia y mucho dinero es que son necios, todavía más que los celebrados tozudos de Ramos Arizpe, su necedad es obvio, a su conveniencia, y como los del vecino municipio, si los apresuran se echan, y no hay poder humano que los haga moverse. Lo que querían, y que finalmente lograron de Oscar Pimentel, ya firmemente instalado de su parte, es que el nuevo bulevar pasara por sus propiedades, pero de tal manera que tuvieran la mejor exposición, el mejor frente digamos, por más kilómetros, de tal manera que pudieran luego comercializarlo en condiciones óptimas. La idea era que no hubiera sitios ciegos o ahogados, que no tuvieran la posibilidad de ser jugosamente explotados, y eso, dependía básicamente del trazo.

La lógica dice que ¿para qué tantos brincos si el suelo está tan parejo?, bueno, pues en este caso concreto es ¿para qué tantas curvas, y tan pronunciadas, estando efectivamente el terreno tan plano?, ah pues por lo dicho, porque tenía que pasar por esos predios, al gusto de sus dueños. ¿Qué importa si por ese trazo estúpido, por no decirle estúpido, se hayan perdido varias vidas, haya habido infinidad de heridos y pérdidas multimillonarias en daños, además de que una vialidad que debió proyectarse como de alta velocidad, hay que recorrerla con excesiva lentitud y cuidado, so pena de poder matarse uno o que lo maten otros? Bulevar Colosio se prestaba para ser una superavenida recta como ella sola, que conectara la carretera a Monterrey con la carretera que va a México, pasando por la vieja a Arteaga, a velocidad, como para realmente agilizar la movilidad entre polos de desarrollo. Ah no, la convirtieron en una trampa de lentitud y riesgos, pesada de manejar, que además en el momento en que se llene de comercios, será todavía más peligrosa con la necesidad de estacionamiento… que no hay ni habrá, y con tanto carro incorporándose a la circulación, nomás espérese, eso será una pesadilla como lo era Pedro Figueroa hasta que Jericó cerró todas las vueltas a la izquierda.

¿y quiere saber el nombre del culpable?, pues es Oscar Pimentel González, recién nombrado director del Instituto Municipal de Planeación, y por ello, responsable de “planear” el desarrollo futuro de Saltillo, aunque afortunadamente, no de ejecutarlo, al menos no todavía desde su actual posición más de adorno y para tenerlo a sueldo, que otra cosa. Respecto de lo que haga o deje de hacer Pimentel, hay dos posibilidades, o que frente a sus errores haya aprendido algo, cosa altamente improbable, o que proponga “soluciones” tan balines como el bulevar Colosio, eso sí, muy productivas y al gusto de los terratenientes de antes, de hoy y los que vengan. Desde esa posición su capacidad de causar perjuicios a Saltillo es incalculable.

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