Baile y Cochino.-
Escribe: Horacio Cárdenas Zardoni.-

Dice un viejo principio, asociado por sus características a la tristemente célebre pero siempre útil Ley de Murphy, que todo se le hace fácil al que no tiene la más remota idea de lo que está hablando. Le damos la calidad de principio, porque su aplicabilidad la podemos rastrear a las ciencias, a las ingenierías, a la administración, y en general, hasta la confección de un platillo en la cocina, lo que nos lleva a otro planteamiento que es la fundamentación de muchas artes, de lo que se trata es de hacer ver lo prácticamente imposible, como si fuera lo más fácil del mundo, y aquí piense en lo que usted quiera, desde los malabaristas trepados en moniciclo, las bailarinas de hula, los tragafuego o los comeespadas que se encuentra uno con cada vez mayor frecuencia en las esquinas de Saltillo, hasta poner un cohete en órbita de la Luna, y bajar un hombre en el satélite, para luego regresar a la Tierra como si nada.
Dos declaraciones, en nuestra humilde opinión bastante desafortunadas, ponen de manifiesto la opinión que le merece la ciencia, la tecnología y la innovación al presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, y por extensión a todo el gobierno que se autodenomina la Cuarta Transformación: el 25 de junio pronunció estas palabras: ““Eso de que la política es el arte y la ciencia de gobernar no es tan apegado a la realidad; la política tiene que ver más con el sentido común, que es el menos común, eso sí, de los sentidos”, o sea que un alumno que se tardó catorce años en concluir una carrera de cinco años, de seis con la tesis, en la que obtuvo un promedio de 7.5 de 10 posible, apela más a su sentido común para administrar uno de los países más complicados del mundo, que a los conocimientos adquiridos durante su formación universitaria. ¿Qué cariño puede tenerle un fósil a la universidad y a sus productos, si salió de pura caridad?, pues con razón el gobierno federal anda, echando mano de otro de los lugares comunes que tanto le gustan al presidente, como gallina descabezada.
La otra declaración es todavía más preocupante, y no porque consideremos que las ciencias sociales son más sencillas de dominar que las ciencias llamadas duras, data del 9 de octubre del 2018, cuando ya era presidente electo, López Obrador soltó que No tiene mucha ciencia, no se requiere mucha tecnología para sacar petróleo «es perforar un pozo como si se fuera a extraer agua», ¿eh, que tal?, si ahorita le dicen a cualquiera, es más a todos, los integrantes del gabinete legal y ampliado, que vayan a perforar lateralmente un pozo en aguas profundas, digamos a dos mil metros, ya estaríamos viendo si usan popotes, picos, palas, ah y por supuesto una cubeta para echarla al pozo para sacarlo luego con una reata.
Puede parecer escarnio, pero el hecho es que las declaraciones fueron hechas frente a multitud de gente interesada en que las cosas vayan bien en este país. Pero independientemente de los dos temas específicos que el primer mandatario considera que son cosas que se pueden resolver con puro sentido común, lo que subyace y ni siquiera muy en el fondo, es el desprecio por el estudio, por el trabajo académico y en última instancia, por la investigación científica y aplicada.
Desde meses antes de asumir el poder ya existía preocupación en el gremio universitario, entre los investigadores y en particular entre los encargados de las bibliotecas y los centros de información, porque por más señas que le hacían al presidente y a su equipo, nomás nadie daba color sobre un tema de particular interés: la continuidad del Consorcio Nacional de Recursos de Información Científica y Tecnológica, CONRICyT, dependiente del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología. ¿Qué es lo que hace el CONRICyT que les importa tanto a las universidades, a los centros de investigación y a las bibliotecas?, pues nada más y nada menos que la administración centralizada de las bases de datos contratadas por el gobierno de la República para ofrecerlos a todos aquellos estudiantes, profesores, investigadores, público en general, interesados en acceder a materiales de la más alta calidad, certificada, de la más reciente publicación, para sobre ellos realizar su propio trabajo académico.
Hasta antes de la existencia del CONRICyT la contratación de bases de datos por parte de las universidades y centros de investigación era anárquica, por decir lo menos, por allí se fugaban millones y millones de pesos anualmente, pues los proveedores le vendían a cada quien según el principio de “según el sapo es la pedrada”, en cambio bajo la regulación del Consorcio, este las contrataba para todas las entidades interesadas, siempre y cuando comprobaran que las iban a utilizar. Así, con el dinero que antes solo servía para las 32 universidades públicas estatales, sirvió para ampliarlo a más de ochenta públicas, a las tecnológicas, a las politécnicas, a los institutos tecnológicos, y a una que otra particular.
Pero como la ciencia, la tecnología, la innovación, las artes mismas, no le interesan al gobierno de la Cuarta Transformación, al CONRICyT simplemente lo están dejando morir, han despedido a casi todo su personal, ya no se renovaron los contratos con varias bases de datos, y de las que quedan, se las están otorgando a las universidades a cuentagotas. La razón es que, según, en Internet puede el estudiante, el profesor, el investigador, encontrar lo que sea que necesite… seguro que sí, para gente que resolvió su carrera profesional plagiándose lo que aparecía en “rincón del vago”, “monografías.com”, “buenas tareas.com”, y ya a los muy puliditos, lo que encontraran en Wikipedia, pues sí, con eso sacan una tarea. También es cierto, existe un fuerte movimiento a nivel mundial para el Open Access, el Acceso Abierto a toda la información científica generada por las universidades, que se financia con recursos públicos, sí, pero… eso, dicho con todo respeto, es ciencia de segunda, o de tercera, la información de primer orden, la que resuelve los problemas, esa información cuesta, se encuentra en las bases de datos a las que solo se puede acceder por suscripción, como la de CONRICyT, o a la antigüita, pagando cada artículo de interés de manera individual, lo que resulta, ahora sí, prohibitivo para la mayoría de los alumnos, profesores y aún para los investigadores mexicanos.
Tan solo para darse una idea, en un año, la comunidad académica de la Universidad Autónoma de Coahuila podría bajar entre 3.5 y 4 millones de artículos de revistas arbitradas, ¿a quién se le ocurre que estos materiales de primerísima calidad, pueden ser sustituidos con las vaciladas que se encuentra uno muchas veces en Internet?
A las universidades les están pegando duro, a algunas de poco a poco, a otras sólido el trancazo, pero de que las están dejando sin bases de datos, sin libros electrónicos, sin libros en papel, ah pero eso sí, con becas para los alumnos… con las que por supuesto no compran ni unos ni otras. Esa es la ciencia de la cuarta transformación, una ciencia de cuarta que no sirve para gobernar, para perforar pozos, para aterrizar aviones, para acabar con el sargazo… para nada.

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