BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas

Así como en la política no están los mejores hombres y mujeres de su generación, tampoco en la policía se encuentran ni los más valientes, más sacrificados, más inteligentes, en una palabra, los más heroicos.
Hacemos este paralelismo entre política y la función policiaca, porque ambas inciden decididamente en el presente y futuro de las sociedades, los primeros en gran escala, pues sus acciones o falta de ellas marcan el devenir de una colectividad, y los segundos en un nivel mucho más inmediato, el de una persona, familia o grupo que ve en un momento dado amenazada su vida o su patrimonio, en ambos casos, una correcta actuación los puede regresar a su estado de seguridad y permitirles progresar en el sentido que se tenían planteado, y por el contrario, una actuación inadecuada puede dar por concluido su presente y cancelado su futuro.
De allí la idea de que en estas dos funciones, tan trascendentes para individuos y sociedades, se elijan siempre a los mejores hombres y mujeres de su tiempo, aunque ahorita que lo estamos tecleando, nos entra la duda de si eso es realmente posible y no se trata de alguna falacia, pues si de verdad fueran los mejores… no dudarían en sacrificarse por sus semejantes en actividades lo mínimo desgastantes y lo máximo peligrosas, y si prefieren la comodidad, disfrutar la seguridad que proveen otros… pues no, no son de lo mejorcito, y hasta podríamos darnos de santos que no incursionan en ellas, pues quien sabe de qué fueran capaces si aplicaran sus cualidades a acciones que deberían ser siempre del interés público, y no particular.
Pero a lo que veníamos, hace algunos días se dio un hecho, que no por lamentable, se pueda diferenciar de incontables otros parecidos, en los que gente de armas, porque los policías son gente de armas, utiliza su pistola, su fusil, o su escopeta, para herir, lisiar o matar a uno o varios compañeros. Lo que le pone presión al caso particular del que le platicamos, es que se dio en el mismísimo Palacio de Gobierno de Coahuila, concretamente en el área que tiene asignado el personal de seguridad del edificio y los escoltas del Ejecutivo, entre otro personal presumiblemente selecto, y que ha demostrado con una sola descarga de escopeta que está lejos de serlo.
Las versiones, como no podía ser de otra manera, aun tratándose de “gente seria”, entrenada, que conoce y domina los procedimientos operativos, difieren radicalmente, desde que el policía que accionó su escopeta era bastante descuidado en el manejo de las armas, gustando de apuntar con ellas a sus compañeros, algo imperdonable desde el punto de vista de la instrucción que recibió o debió recibir, y por extensión, una falta de disciplina ¿o que no hay un mando superior, un cabo o como se llamen ahora, que le pegue un par de gritos para decirle que eso no se hace?, según una versión de los hechos, el casi asesino entró en el cuarto, primero apuntó a la cabeza de su compañero, luego al tórax y finalmente a las piernas, que fue cuando “se le fue” el tiro. Que si fue intencional o accidental, eso es lo de menos, el fulano traía el dedo dentro del guardamonte, para usar la terminología correcta, y sobre el disparador, ambas omisiones graves, que condujeron a que su compañero Alberto Ramírez salvara la vida, pero no su integridad física y muy probablemente tampoco su carrera dentro de la corporación, como no sea en labores de escritorio, siempre bajo la mirada de lástima de sus compañeros y superiores.
Pero en vez de afrontar las responsabilidades con la disciplina y la valentía que se supone que tiene un agente salido de la academia de formación, misma que debió verse fortalecida en el trabajo diario, a la hora de los trancazos busca escurrir el bulto: la culpa no fue de él… fue de la academia que no le proporcionó la formación adecuada en manejo de armas, que las que tuvo en las manos como estudiante no son las mismas con las que presta el servicio, y una sarta de sandeces que, salvo su mejor opinión, son más voz de un abogado que cobra por sacarlo del embrollo y evitar que vaya a dar con sus huesos a la cárcel, que de un policía de la temible Fuerza Coahuila, del que lo mínimo que cabría esperar es soportar a pie firme.
No sabemos quién o quienes les están dando la formación a los agentes, ni si en su modelo educativo, si es que lo tienen, plantean lo que los especialistas en el tema de formación policiaca: repetir, repetir y repetir las instrucciones, los ejercicios, los procedimientos, hasta que los dominen a nivel de reflejo, cualquier cosa que se quede por debajo de eso, está mal. También como ya lo dijimos, está la cuestión de la jerarquía, no solo por este caso, sino por conductas que hemos observado en los agentes de Fuerza Coahuila, el mando está bastante relajado, los superiores lo son de mero membrete, pues no se ocupan de tener a sus subordinados en regla, y para muestra, el escopetazo de Omar Alejandro.
Solo para recordarles a los agentes lo que deberían tener tatuado en la frente, ya que no en el cerebro, están las famosas cuatro reglas en el manejo seguro de armas de fuego, indispensables para cualquier civil que posea o maneje una, y obligadas para todo profesional, policía o soldado: la primera: toda arma debe ser tratada como si estuviera cargada… no importa si está vieja, sucia, abierta, sin cargador, rota, lo que sea, cualquier arma puede accionarse, y más las viejas y muy usadas que las nuevas. Por demás está decir que el fulano este pendiente de juicio, no consideró que la escopeta pudiera tener un cartucho en la recámara, al cuate se le olvidó examinarla o revisarla cuando se le entregó al comenzar el turno, omisión del tamaño de uno o varios cadáveres.
La segunda regla, jamás apuntar el arma hacia nada a lo que no tenga la intención de disparar. Esto es tan claro como el agua, hasta para un policía de Fuerza Coahuila, el arma no es un juguete, no se usa para amenazar, si un ciudadano, o sobre todo una ciudadana ve que le apuntan, de inmediato le sube la adrenalina y no son pocos los que desafían al que lo está amenazando, poniéndolo en una situación incómoda que el mismo agente propició. Si apunta es porque está preparado para disparar, no hay sitio para accidentes, o de plano no la apunte.
La tercera regla, tan sencilla que hasta los de protección de valores la ponen en práctica todo el tiempo: el dedo siempre fuera del guardamonte, sobre todo con armas que no le están asignadas permanentemente, uno no sabe qué tan sensible es el disparador, y menos si no sabe o no recuerda si está cargada, el dedo fuera, hasta en tanto no esté el arma apuntada al blanco que quiere hacer.
La cuarta regla puede parecer redundante pero no lo es, el policía debe identificar su blanco más allá de toda duda, pero no solo eso, sino también estar consciente, con precisión, de qué es lo que hay detrás: ya sabe, hay balas tan poderosas que atraviesan sin problema un cuerpo humano, podrían herir a alguien que estuviera detrás, eso si le atina, y si no le atina, no se trata de dañar a nadie más.
Una regla adicional, más bien reflexión es que: una vez que la bala sale del cañón, no hay manera de regresarla, así que hay que aplicar estas cuatro reglas, son las únicas que mantendrán al policía fuera de problemas, y ya que en la academia, según dicen las lenguas cobardes, no se las enseñan, pues les recomendamos encarecidamente que se las aprendan… que se las tatúen, caray.

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