Las preguntas de nuestra época.-
Escribe: Dr. Ramsés Sánchez Soberano.-

A Karolina.-
Las obsesiones en general, servidas al lenguaje de la psicología y la psiquiatría, han abandonado el sitio de enfermedad y debilidad, para tomar el rostro de la singularización y el destacamiento. Ellas reposan en última instancia en la incapacidad de los grupos alienados por asistir a la revelación de su alienación. Hacen imposible discernir entre los verdaderos problemas. En las inclinaciones diarias se despliegan incesantemente los intereses primitivos de los seres individuales. En ellas se declaran las preocupaciones primordiales de un ser hacia la cosa y éstas se confinan en la reiteración a la que está condenada la relación entre lo finito, el deseo y la afirmación de sí. Esta es la esencia de la miseria de nuestra época: la indigencia de un ser que no puede ver más allá de lo que obceca su mirar.
La situación en la que el yo es poseído por los intereses fundamentales de su ambiente no es una nota secundaria para la existencia. En su ámbito circundante está resguardado lo que puede y debe llevar a cabo como yo. Sin conciencia de ello, él asegura que decide sin importar que toma decisiones esbozadas de antemano. No puede ver aquello que le tiene secuestrado. Las posibilidades que le han sido establecidas determinan la profundidad y la sombra de su afección. Las preocupaciones diarias, sus goces, estéticos o sexuales, los reconocimientos y su éxito, están referidos a la conformación del sentido de su ámbito peculiar. Es así que el modo de ser dominante que ha configurado esta totalidad debe contener todos los afectos que dará por posibles. Ellos se muestran positiva y negativamente.
El ambiente originario, el mundo de vida de todo existir, inicialmente traspasado por valores, prácticas y discursos, domina desde su inmaterialidad las posibilidades que se presentan a cada existente. En él, el yo tiene la tarea de llevar a cumplimiento lo que le está permitido hacer desde su subsuelo. Así, la armonía de un ser con su mundo de vida está mediada por una primera orientación y ella no aparece en cada caso. Sobre ella reposa la atención efectiva del mirar. Con el advenimiento de la obsolescencia, como un modo de comprender el ser objetivo –la casa, los alimentos, el vestido–, no estamos ante una estrategia técnica y mercantil instaurada desde la esencia de la economía actual. Ellos son el reflejo de cómo se reproduce una cosmovisión dentro de un mundo familiar. En él se dice que es necesario disfrutar, gozar y consumir para después volver a casa. De modo que cuando en el hogar, economía y protección de lo que se es, prolifera esta imagen del mundo, el yo es más indiferente a su enclaustramiento. En la actitud de salir al mundo para gozar y volver más tarde sin cicatrices, se expresan los anuncios indelebles de que algo grave debe pasar para que hayan acontecimientos verdaderos. Sobrevivir a una enfermedad terminal, verse sorprendido por la muerte de un familiar, estar obligada a abortar: ¿no son situaciones donde se irrumpe con la continuidad de un pensar que ha vivido cómodamente el flujo del tiempo? En estas situaciones se expone la esencia del derrocamiento.
El sentido dialéctico de la historia ha esbozado una idea banal de lo tortuoso. A través de asesinatos, secuestros y desapariciones ha normalizado el terror bajo el velo de la continuidad. Impunidad ontológica. Esta es la situación en la que el político, prometiendo paz y bienestar, muestra la profundidad de su cinismo y la esencia de su vanidad. Está ocupado en pagar las deudas adquiridas a lo largo de su historial y se conforma con dar la apariencia de detentar el poder. Así, los cuestionamientos fundamentales, tan prohibidos para todos, se tornan necesarios. Ellos no están simplemente allí para ser alcanzados. Requieren acceder a un lugar desconocido para muchos: recibe el título de esfuerzo radical, del una vez más. Para evitar el trabajo de poner cara a lo fundamental, a las preguntas primeras, a la defensa de la paz, del amor, de la amistad, el político se pone retos que no sean excesivamente peligrosos. Se entretiene con ellos y goza de sus resultados; y ellos deben ser inmediatamente visibles y exhibibles. Si partimos de esta situación, cuando alguien se atreve a exponerse a la aventura, lo hace para arrancar de la multitud vertiginosos aplausos. Aquí se disipa la profundidad de su quehacer, importa el carácter de un espectáculo que asegure al público la superficialidad de cualquier logro. Así, se instaura en el imaginario colectivo que cualquier acción es admirable y que es cosa de obsesión hacer un esfuerzo mayor.
Con todo, antes de ser publicidad, medianía, nivelación y distancialidad, conceptos con los que Heidegger, gracias a Kierkegaard[1], fija la gramática de una sociedad que auspicia la impropiedad, el carácter de la época consiste en admirar en público lo que en privado se considera banal. Este ha surgido de la vanidad y el cinismo. Una vez que le hemos puesto nombre a la situación, comienzan a llegar las preguntas. Ante la resonancia ensordecedora de la risa y el placer de la masa, ¿puede una época alimentada de trivialidad acceder a vivencias originales? ¿Pueden ellas derrocar su altanería y su procacidad? La respuesta se resiste a tomar inmediatamente una orientación. Ahora solo es posible establecer que las vivencias fundamentales, las que singularizan completamente la vida, surgen de eventos afectivos que no están sometidos a relaciones causales. Estas vivencias, más originarias que los actos esperados y codificados de antemano, enseñan la tesitura del horror de la vida. Pocos saben cuál es la que les ha tocado vivir.
Históricamente, lo que ha sido para el teólogo la gracia[2] es hoy día para el filósofo el acontecimiento[3]. Nosotros hemos abandonado esa diferencia en nombre del derrocamiento. Él muestra, por un lado, una precipitación, algo que se deshace, una caída que ha surgido de una lucha; pero, por el otro, también anuncia el advenimiento de una alteridad. Pertenece a la más primitiva soledad y es por ello que no puede ser alienado por el lenguaje. Se padece en carne propia. Sucede en la noche, allí donde ya no hay luchas lineales ni confrontaciones entre seres que se disputan un privilegio. Sucede en la situación donde la inteligencia palidece, donde hay náusea y temor ante la indeterminación. El derrocamiento irrumpe la relación entre la causa y el efecto porque lo vivido no es proporcional a aquello que lo provoca. Ha venido súbitamente de un lugar desconocido y lo hace, originariamente, en intimidad. Es por ello que revela la crudeza de lo que ya no puede ser absorbido por el sentido. Enseña el temible compromiso que el yo guarda de antemano con el existir. Así, cuando se hace la pregunta: ¿por qué se arranca de los brazos del amigo al amigo, del hermano al hermano, de los hijos al padre, del amante al amor, de los padres a los hijos y se sobrevive a su ausencia? Se plantea el problema que revela el horror de la noche a la que se abandona un yo que ha sentido el peso de la existencia. Es el horror que nos está reservado a cada uno de nosotros. El que comienza a provocar la intranquilidad, aquella que no descansa placenteramente, que se retira del ruido de la calle, allí donde todos hablan y nadie escucha. Un yo que ha vivido el sufrimiento primitivo, que siempre estará dirigido a sí, no puede heredar el movimiento de su revelación a otra existencia. Él comprende que la manifestación del llanto no solo es dulce a la miseria, que también es el advenimiento de la desesperación, del ansia por recibir la manifestación de lo otro en tanto que Otro. Del anuncio de la otra parte.
¿Por qué amamos infinitamente a un ser que está condenado a morir?, exclamaba San Agustín atrapado por la locura de no poder amar humanamente a un mortal. ¿Por qué asesinan a los que amamos y se vanaglorian de ello?, exclama hoy el padre, el hermano, el amigo del asesinado por el mal elemental, por la vileza de nuestro tiempo. En estas preguntas se constituye el ser de este presente que nos ha tocado vivir y, por ello, pensar.
Sin embargo, la profundidad del sufrimiento que se ha escondido en la rebelión y la resistencia, ¿cuántas lágrimas y gritos ha despertado en nombre de la información? ¿No señala esto que el discurso libertario no está a la altura de este mal? La pregunta fundamental, planteada a partir de un evento singular, pertenece únicamente a quienes sobreviven a «sus» acontecimientos. Solo ellos tienen derecho a hablar desde aquí. Es necesario preguntar con mayor profundidad cuál es el sentido de sobrevivir a lo que nos pasa. Antes las vivencias que los relatos. Una vez que se ha manifestado el sentido que revela dónde y cuándo salir de sí se erige la esencia del testimonio y, con ello, se destaca la situación donde el afecto, que cae abruptamente sin revelar su origen, se manifiesta como el núcleo a partir del cual se decide si con el derrocamiento se intentará o no destruir consigo el mundo. El derrocamiento es radicalmente positivo respecto de la revelación nihilista del ser. Esta es la esencia y la potencia de decidir lanzarse hacia la otra parte anunciada.
Sin embargo, el lanzamiento efectivo hacia lo desconocido abre la pregunta que traspasa nuestra época: ¿es necesario sobrevivir al dolor, pregunta el desesperado, si el afecto que habita en mí, la desventura que me agobia, la desdicha que me asedia, me ha dejado mutilado? No lo sabemos todavía. Si el sufrimiento de un ser que sobrevive al horror y la catástrofe abre un primer afecto, debemos explorar si es solo después de allí desde donde será posible saber si volveremos o no a ser los mismos.
[1] Cf., Søren Kierkegaard, La época presente, España, Mínima Trotta, 2012, pp. 67 y ss.
[2] Cf., Gn 34, 11; Ex 3, 21, 11, 3; 12, 36; Nm 32, 5, y passim.
[3] Cf., Martin Heidegger, Beiträge zur Philosophie (Vom Ereignis), Vittorio Klostermann, Francfort am Main, 1989 (GA, 65); Die Technick und die Kehre, Verlag Günter Neske Pfullingen, 1962; Claude Romano, L’Événement et le Monde, Paris, PUF, «Épiméthée», 1998; L’Événement et le Temps, Paris, PUF, «Épiméthée», 1999; Il y a: essais de phénoménologie, Paris, PUF, «Épiméthée», 2003.

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