Volverse a sí mismo una cuestión

Escribe: Dr. Ramsés Sánchez Soberano.-

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A la distinción discursiva entre los seres humanos oponemos la impronta de la vida subjetiva, el nacimiento en un horizonte peculiar – con ideas y opiniones instauradas de antemano– en tanto que datos originarios. Llegar a la existencia significa no poder protegerse ante las inclemencias. Ni por lo que se cree ser ni por cualquier existenciario[1]. Esta desprotección fundamental señala que las vivencias son donaciones absolutas donde la vida subjetiva se descubre obligada a soportar una situación que le está dirigida por completo. Así se revela el rigor y la dureza del sentido de existir. Con la consideración etimológica del concepto de donación, don, otorgamiento, la vida humana señala que ser significa estar anclado gratuitamente a una situación. Es un emplazamiento dado, regalo inasumible por el yo, que revela la anterioridad efectiva de la socialidad al ordenamiento normativo del mundo. Es así como se emplaza el sentido de la jurisdicción en general. La nomología llega más tarde.

El mundo otorga situaciones interesadas, de acuerdo con una orientación específica, que ponen al yo en un horizonte intransferible. Éste no está vaciado de compromisos ontológicos, demuestra que vivir así es anterior a la llegada de cualquier cuestionamiento. Que las preguntas vienen después. Más allá de los discursos filosóficos, que exigen mostrar vivencias susceptibles de apropiación en los términos de la intelección, la vida efectiva ha determinado de antaño la posibilidad de sus propios padecimientos. Ella ya ha entrado al periplo sin tener que justificar si debe o no contar su propia historia.

Las vivencias enviadas a una singularidad son el material fundamental del acontecimiento singular. Ellas conforman la materia que está a la base de la narración de la vida. Señalan que, si ningún hambre padecida por el pobre puede ser alcanzada por quien ayuna, es porque los hombres se distinguen por sus heridas. Los filósofos han pensado la narración en tanto que escritura y sobreescritura de sí mismo. Así fue introducida al pensamiento como una modalidad de la experiencia que no está referida a un sistema de referencias. Éste desplazaría –al marginarla– la afección que constituye cómo es vivido el mundo. Narrar implica escribir una historia que da continuidad a nuestro mundo, es el engranaje de relatos que conforman y confirman el modo de ser del «estar en el existir». En él se afirma la radicalidad de los momentos ínfimos que se escapan al teorizar pues para narrar es necesaria la palabra que toma sentido a partir del ethos. Al recuperar o aprender una lengua cada uno se convierte en el iniciador de nuevos hechos y palabras. Así, la narración, como escritura de sí, produce la exposición de un cúmulo de afectividades enfrentadas y reconducidas por una individualidad autónoma y libre para expresarse. La narratividad no es el resultado de un corazón vigoroso que se expone a sí en términos de verdad. En ella se toma en cuenta la debilidad, pues a veces se escribe con el cuerpo fortalecido y a veces enfermo.

Una vida que puede narrar señala la diferencia radical entre la vida de superficie y la vida de profundidad. Dice que ya no jugamos con simples regiones ontológicas. Ella singulariza insuperablemente el ser del yo. Lo hace evitando la posibilidad de la ficción y la apariencia. Se encarga de desenmascarar por anticipado las consecuencias del cinismo como modo de ser de un pensar que ya no mira en la situación sino pura relatividad y posibilidad de redescripciones hermenéuticas. De manera que en la narración es posible distinguir entre el vivir radical y el farsante. A decir, entre aquello que es puro parecer y aquello que realmente es. Esto exige una diferencia que debe ser planteada con anterioridad a la manifestación teórica del yo pienso. Ella surge de una herida, del aguijón que conmueve la ingenuidad de una vida indiferente al problema de lo que se manifiesta. La palabra que se constituye desde un afecto consiste en ofrecer cómo que se soporta el peso de un absoluto, en saber si se está listo o no para lanzar la pregunta que interroga por el derrocamiento de lo que pensamos ser. De este modo, lo que creemos ser, en contraste con lo que somos, deviene aquí el primero de todos los problemas.

Sin embargo, la escritura no es un carácter accesible para todos. Anterior a la doctrina de la narración el problema original está en el ser así. Esta revelación se abre al convertirse a sí mismo en una pregunta. Aquella cuestión que nos está dirigida abruptamente comienza con el ponerse a sí mismo como lo cuestionado en el cuestionamiento. Y cuando esa pregunta nos ha colmado y secuestrado totalmente, el platónico-socrático «gnôthi seautón»[2] debe ser comprendido en consonancia con el agustiniano: «factus eram ipse mihi magna quaestio»[3]: conocerse a sí mismo exige convertirse en una gran interrogación. Un autocuestionamiento tal coincide con el autoconocimiento. En esta coincidencia sólo un ser que se pone a sí mismo en cuestión está listo para conocer cómo ha sido y así poder plantear su nuevo comienzo. Esto significa que ser, con anterioridad a toda situación relativa al ser humano, es ser así. De donde ser así, como forma fundamental del autoconocimiento, se revela en el instante que se anuncia a un yo el primero de todos los problemas. Cuando el problema es aquello en lo que nos hemos convertido ser así significa ser un problema. El problema de ser comienza con la automanifestación que teme ser lo que es. Ella no está a la base de la contradicción. Su planteamiento, en medio de la caracterización de la existencia, solo pondría nominativamente la existencia como problema.

Es por ello que debemos abandonar la tradición que se alimenta de Hegel. En él la existencia es una cualidad del concepto que ha superado la inmediatez y aquí, si el problema es vivido en el existir efectivo de la existencia, es necesario abarcar la niñez y la inocencia. La diferencia es radical. El existir que parte de sí mismo como ser así, pues parte del problema que surge, indica que la negatividad no es la relación originaria del individuo con el hombre sino que él surge del estado donde el individuo cae en el ser para ser positivamente concebido como problema. Él abandona la inocencia y el modo de estar en el goce en el instante en el que se sabe ser así. Aquí la verdad ya no depende de una intuición en la que el yo se presenta como el polo originario de atención. Conocer el así que se es consiste en acceder al primer hundimiento del existir en el ser. Es la apertura original del yo en la historia. Así, el yo no es el origen de la constitución, él sería originariamente constituido. Esta situación inmemorial es anterior a la razón luminosa. A un modo de pensar correcto y bajo el rigorismo de una moral. Él requeriría otro movimiento. Un derrocamiento más profundo y singular.

[1] Los «Existenzialien» son en Sein und Zeit los caracteres ontológicos del Dasein donde está comprendido el «Das Man», la «Alltäglichkeit», la «Rede», la «Befindlickeit», el «Angst» y el «Tod». Que funcionarían como determinaciones, finalmente, del modo de ser del Dasein. Cf., SZ, pp. 12-13, 44-45, 54-55, 57, 64, 105, 111, 121, 129, 143, 151, 158, 161, 199, 226, 267, 270, 318.

[2] Cf., Platón, Protágoras, 343 b.

[3] Cf., Agustín, Confesiones, IV, 4, 9.

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