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¿Evitando la masacre?

Pero entonces la sangre fue escondida
detrás de las raíces, fue lavada
y negada
(fue tan lejos), la lluvia del Sur la borró
de la tierra
(tan lejos fue), el salitre la devoró en la
pampa:
y la muerte del pueblo fue como siempre
ha sido:
como si no muriera nadie, nada,
como si fueran piedras las que caen
sobre la tierra, o agua sobre el agua.

Pablo Neruda

Herejía Política.-

Escribe: Luis Enríquez.-

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El 12 de marzo de 1519, el capitán de Castilla, Hernán Cortés, arribó a la desembocadura del río Grijalva, donde dejó anclados los barcos a su mando. Desconfiados de los nativos, los ojos europeos buscaban en cualquier señal una amenaza. Pero las riquezas descritas por Grijalva sembraron en la mente del capitán una profunda ambición; una ambición más grande incluso que la sensación de peligro y muerte que ronda siempre lo desconocido.

Sin embargo, Cortés no se atrevió a desembarcar desde el inicio. Los españoles se adentraron por el río, en la búsqueda de la “ciudad de oro” descrita por Juan de Grijalva, quien hubiera desembarcado un año atrás en las mismas costas, y entablado conversación con los naturales, halagándolos con obsequios y observando su operar. Al llegar a la gran ciudad de Potonchán.

El 13 de marzo, Cortés diseñó una estrategia para atacar y saquear la ciudad. Envío a Alonso de Ávila y cien soldados a redirigirse por el camino del pueblo, mientras ellos avanzaban en pequeñas lanchas. Ya en la orilla, el capitán pidió a los nativos permiso para desembarcar. De los indígenas, un rotundo NO salió a relucir.

La respuesta produjo el inminente ataque español. El 14 de marzo se consumó la Batalla de Centla. 40,000 hombres comandados por Tabscoob, cacique indígena, se enfrentaron en las llanuras de Centla contra casi 400 soldados españoles.

Sin embargo, Tabscoob se vio ofuscado por las armas. El resueno de la pólvora y la aparición sorpresa de la caballería (fue el primer encuentro entre nativos y caballos del que se tenga registro) de Sergio de Ávila asustaron tanto a Tabscoob, que a pesar de poseer 40 mil hombres para aniquilar a los 400 españoles, decidió rendirse, buscando la paz.

Días después, el 16 de abril, se presentó ante Cortés el cacique Tabscoob junto con su séquito; los derrotados juraron lealtad a la corona española, y rindieron un obsequio de 20 nativas.

Entre las 20, una de ellas se convertiría en la perdición del imperio Mexica, y la aniquilación de siglos de cultura: ‘La Malinche’. Al intentar salvar la vida de 40 mil personas, al buscar “la paz”, Tabscoob provocó la muerte de 60 millones de indígenas a manos de la corona española.

Así, el pueblo mexicano se ve inmiscuido en una historia similar, donde, mal que bien, la tragedia mexicana tiende siempre a repetirse. López Obrador, actual presidente de México, temió a la muerte de soldados en Culiacán; se acobardó ante al armamento del narco, al igual que Tabscoob, y entregó hace algunas semanas “por la paz” al líder de un grupo de narcotraficantes, con la intención de “evitar una masacre”. Pero sin darse cuenta, entregó el símbolo de la Libertad a los criminales. Libertad de robar, de extorsionar, de masacrar. Y la masacre ya comenzó. Ayer 7 niños y tres mujeres inocentes de la familia LeBarón murieron por el ataque de un comando armado del narcotráfico. No importa de qué cartel, o si fue un “error de confusión”. La historia es clara. Perdona a los asesinos… y obtendrás un genocidio.

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