ALLENDE Y LAS BOLAS EN EL ENGRUDO

BAILE Y COCHINO…

Por Horacio Cárdenas.-

MASACRE ALLENDE

Esta es una pregunta para niños de primaria y jovencitos de secundaria, esos mismos que tienen la culpa de que el mismísimo presidente de la República Andrés Manuel López Obrador quiera terminar con los puentes vacacionales que eran para muchos la única forma de soportar la escuela o el trabajo: a ver niños, ¿Quién puede señalar en un mapa el municipio de Allende?

La verdad es que la respuesta a la pregunta es difícil, después de todo, hay un Allende en Nuevo León, otro en Chihuahua, está por supuesto uno que era santo, San Miguel de Allende en Guanajuato, hay una Villa de Allende en el Estado de México,  un Talpa de Allende en Jalisco, y un Tula de Allende en Hidalgo, pero no seamos gachos, no le pongamos al párvulo un mapa de México enfrente, sino uno de Coahuila, y allí comprobaremos que… tampoco es sencillo que el escuincle o el jovencito que trata de aprobar su prueba PLANEA logre ubicar Allende, el nuestro, entre los 38 municipios coahuilenses. Así de escasa es la presencia en nuestra conciencia colectiva de un municipio que se hizo famoso, bueno, un poquito famoso, a raíz de la masacre perpetrada por el crimen organizado en contra de sus habitantes en el año 2011.

Pero es de esas cosas incomprensibles, Allende, con sus alrededor de 300 víctimas, no figura en el imaginario colectivo de las tragedias que periódicamente espantan a las buenas conciencias de este país, les causan úlceras a los políticos, provocan cansancio irrefrenable en los procuradores y alimentan el morbo.

Así nomás como ejemplo, nos encontramos un artículo titulado 22 masacres en México que continúan impunes, allí mencionan la de Aguas Blancas, allá en Guerrero, con 17 campesinos de la Organización Campesina de la Sierra del Sur; la masacre de Acteal en Chiapas, con 45 indígenas muertos a manos de paramilitares; la de La Marquesa en el Estado de México, con 24 albañiles asesinados supuestamente por el cartel de los Beltrán Leyva; el septiembre de 2009 fueron muertos 18 jóvenes en un albergue de rehabilitación de Ciudad Juárez, y allá mismo en enero de 2010 quince más en Villas de Salvarcar.

En Junio de 2010 en Chihuahua mataron a 19 pacientes en un centro para drogadictos, en el mismo mes, 20 turistas fueron secuestrados y asesinados en Acapulco; en Torreón en julio ocurrió la ejecución de 17 personas en una fiesta; en agosto  del mismo año ejecutaron a 72 migrantes en San Fernando, Tamaulipas.

En 2011 hubo masacres en Acapulco, en la Sierra Tarahumara, en Veracruz, en Monterrey donde quemaron vivos a los clientes de un casino, en Culiacán, en Guadalajara… y curiosa o sospechosamente ninguna mención de lo sucedido en Allende, Coahuila, que por sí solo este hecho cubre lo de buena parte de los hechos de sangre de otros estados, pero no parece merecer ni atención de los medios de comunicación, mucho menos de las autoridades.

Sabemos que Allende está lejos de los principales centros de interés, pero no más que Acteal, Aguas Blancas o San Fernando, y estos sitios han recibido mucho mayor atención de parte de quienes tienen la misión o la obligación de entenderse de ellos. En el momento de ocurrir la masacre Coahuila vivía un momento extraño de su historia contemporánea, podría decirse de manera sencilla que no había gobierno, o que había poco gobierno, en ese instante había un gobernador interino, Jorge Torres López, quien dicen que no tomaba ninguna decisión sin antes consultarla con el Moreira que le había dejado encargado el despacho o mejor aún, con el Moreira al que iba a entregarle el poder, eso en cuanto a frivolidades, y en cuanto a cosas importantes, ah de eso no se ocupaba en lo más mínimo, de hecho está documentada la cobarde manera en la que Torres López huyó de Piedras Negras en el momento en el que le fue comunicado oficialmente que había problemas en Allende… literalmente, que estaban masacrando a la población, se subió al avión y pasó a largarse.

Ya en salvo, no movió una falange para tratar de averiguar qué había pasado, rescatar si es que todavía estaban vivos algunos de los levantados, dar con los perpetradores, algo, lo que fuera, pero no. A nivel federal era presidente Felipe Calderón Hinojosa, quien desde el comienzo de su sexenio se había mostrado muy gallito con los delincuentes y narcotraficantes, pero para 2011 como que ya lo que quería era irse, y dejarle las broncas a quien le sucediera, hasta el término guerra borró del vocabulario oficial.

Luego vino Enrique Peña Nieto, quien llegó a la presidencia a “pasarla bien”, no a entenderse de problemas heredados. Sobre esto, baste recordar su actitud respecto a los casos de Tlatlaya o de Ayotzinapa, un “no me molesten con cosas locales”, de las que según, debían entenderse los gobernadores o los alcaldes, no su majestad. Con esa actitud ¿qué le iba a importar Allende?

Así llegamos al sexenio de la justicia social, de la cero impunidad, del reconocimiento de los errores del pasado, de la atención de los desprotegidos, todo en palabras del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien no hace muchos meses envió a su secretaria de gobernación, Olga Sánchez Cordero, y a su subsecretario de Derechos Humanos, Alejandro Encinas, a un evento en el municipio de Allende, donde con el sentimiento que caracteriza a los floreros del gabinete, pidieron perdón…

¿Perdón de qué, o porqué?, ah eso es lo de menos, por supuesto por la masacre de los alrededor de 300 habitantes del municipio atrapados en una guerra de cárteles del narcotráfico, pero es de esos perdones que no significan nada, o sí: significan una burla, porque  ¿Quién de los que estuvieron presentes durante la ceremonia citada tenían una responsabilidad en la seguridad en Coahuila en el año 2011 o en los posteriores?, ninguno, es como el papa Francisco pidiendo perdón por las hechuras de Pío XII durante la Segunda Guerra Mundial, o a Andrés Manuel o su esposa o ambos exigiendo que el Rey de España pida perdón por la masacre y abusos contra los pueblos originarios durante la conquista y la colonia, esta última por cierto ha movido a risa que el monarca ha estado a punto de morirse de una congestión. O sea nada, cero utilidad.

De repente la semana pasada alguien salió con que debería organizarse una Comisión de la Verdad para investigar y resolver el caso de Allende, esta figura la iba muy bien a la izquierda y sus partidos, cuando no estaban en el gobierno, ahora que lo están, como que ya no les gustó tanto, tan es así que para pronto salió un desmentido desde la oficina de la Secretaria de Gobernación de que no, en el caso de Allende, ese municipio que pocos saben ubicar en el mapa, del que nadie se ha tomado la molestia de hacer un censo de los vivos y de los muertos para saber el tamaño real del daño, del que se han hecho investigaciones con ganas de no averiguar nada o por el contrario, para sepultar culpas oficiales, tampoco en opinión de las autoridades federales amerita una comisión de la verdad, conformándose como decía el comunicado de gobernación, con seguir los cauces oficiales, que como aquel procurador de Peña Nieto, ya están cansados de recorrer el mismo camino de ida y de regreso sin encontrar nada ni a nadie.

Si el caso Allende no le importa a nadie, como tantas muestras han dado de que así es, ¿Por qué no de plano ya lo dejan en paz?

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