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BRINCOLINES CONTRA EL CORONAVIRUS

BAILE Y COCHINO.-

Por Horacio Cárdenas.-

Nos unimos a los tantos comentaristas, analistas y ciudadanos que han dicho que en esta crisis mundial representada por la pandemia del coronavirus, se ha visto de todo, desde actitudes heroicas por parte de los profesionales de la salud, quienes se juegan el pellejo todos los días, más allá de la llamada del deber, hasta otras, de lo más deleznable, de gente que pone de manifiesto su mezquindad y su egoísmo, cuando no un interés por sacar provecho personal y económico de la situación.


Por las redes sociales circulan videos de cómo se fabrican las mascarillas y tapabocas, esas que precisamente se pone la persona contra su boca y nariz para impedir el paso de los microbios que provocan las enfermedades, en este caso concreto, contra el coronavirus y contra la pulmonía, neumonía y subsecuente severo daño pulmonar en aquellos infectados graves que logran sobrevivir: se trata de talleres que pueden estar ubicados en cualquier país del mundo, el material en sí, es el papel blanco, azul o verde, el hilo, las cintillas, y el procedimiento es el más simple de ir cosiendo las partes para que salga el mayor número de mascarillas por turno y por trabajador, ah pero lo que importa son las condiciones… ¿usted ve en esos videos que ellos mismos usen tapabocas, guantes, es más, zapatos?, no, según se ve, así como van saliendo, las mascarillas se van acumulando en el suelo, mismo que no cumple con ninguna condición aparente de esterilidad, ni siquiera de limpieza, se ven trabajadores que están hilando o cortando material sentados en el suelo de concreto, con las telas cayendo sobre sus pies desnudos, no precisamente los más limpios que hayamos visto, y repetimos, ya en su empaquito de plástico, en el anaquel de una farmacia, se ven de lo más efectivos, de lo más útiles, de lo más seguros… paga uno lo que le pidan con tal de hacerse de esos artículos, en la creencia de que le salvarán el pellejo, y nada. O sí, capaz que en el transporte, en el almacenamiento, adentro de la bolsa de plastiquín, se muera el bicho, ¿pero y si no?, allí andarán los epidemiólogos buscando ¿Dónde, dónde pudo haberse contagiado este cuate?, a nadie se le ocurrirá que venía desde el tosigiento que la fabricó en un taller de mala muerte en cualquier lugar del quinto mundo.


Lo mismo con el alcohol antibacterial, que se ha convertido en otra minita de oro para los empresarios con amplia visión de negocios y no demasiados escrúpulos para ofrecer cosas de las que ni ellos están seguros que hacen lo que dicen que hace, concretamente mandar al otro universo bacterias y virus, dejando en la solución y en las sanitizadas manos de quien se lo untó, los puros cadáveres de aquellas ¿o qué, de veras cree que el gel antiséptico volatiliza las bacterias y virus?, no sus restos allí se quedan, que si son inertes e inocuos, es algo que nadie se toma la molestia de decirnos. ¿Qué es el gel antibacterial?, fácil, alcohol, agua, ácido acrílico, y un agente emulsificante para que se le quite lo líquido y quede como gelatina, además se le puede agregar un colorante azulito para que parezca más medicinal, o rosa para que se vea coquetón, hasta brillitos le ponen para las niñas, y un envase de plástico con alguna calcomanía alusiva, sea muy profesional y seria o con unicornios y monitos, ¿pero qué pruebas de su capacidad bactericida se le hicieron?, ninguna, ya si hay cierto prurito en el empresario, le habrá puesto algo más de alcohol que el mínimo, pero aun así, todo es bajo su riesgo.

Alguien podría llamar raterías a estos ejemplos, otros preferirán denominarlos “prácticas empresariales exitosas”, sobre todo cuando la COFEPRIS, la anquilosada Comisión para la Prevención de Riesgos Sanitarios está más ocupada de lo que sea, que de coadyuvar, sea eso lo que sea pero así dicen, a que lo que se anuncia contra el coronavirus, para prevenirlo o combatirlo realmente funcione para algo.

En los últimos tiempos se ha presentado en Coahuila una de estas prácticas que lo mínimo, podríamos llamar sospechosas, y ya entrados en datos, fraudulentas, cuando no atentatorias contra la salud de la población. El fraude no es aquí a nivel individual, sino institucional, y no es con los cinco o diez pesos de las mascarillas, sino por varios miles de pesos con cargo a las arcas públicas. Nos estamos refiriendo a los “túneles”, “carpas”, o dejémoslo en brincolines porque eso es lo que más parecen, que han comenzado a aparecer en algunos municipios de Coahuila, específicamente en Parras, Monclova y próximamente también en Ramos Arizpe, los cuales se supone que sirven para monitorear que las personas que pasan por ellos queden automáticamente “sanitizadas”, y ya en un derroche de tecnología, que se compruebe a través de termómetros infrarrojos o térmicos, que no tienen fiebre.


Los testimonios y las fotografías son bastante elocuentes. Algunos tienen más pinta de ser carpas de esas que se rentan para fiestas más o menos elegantes, blancas, con ventanitas de material transparente, sus olancitos para que se vean elegantes, y… ¿qué tienen de estéril, de higiénico, de antiviral?, apostaríamos a que nada. Sí en algunos que dicen más modernos, tienen unos pequeños aspersores con los que bañan al respetable incauto que entra por allí, y que al salir se siente más limpio que recién salido de un quirófano, ¿y donde están las pruebas de que los químicos utilizados son los adecuados, que el medio es el correcto, que la impregnación es suficiente, que no se excedieron en la dosificación?, absolutamente nadie.


El de Parras de la Fuente incluso, según reportaje de TV Parras, tiene un origen bastante menos que digno de presumir, parece que lo compraron usado a precio de oro, de otro municipio pero allá en Nuevo León, donde lo desecharon luego de que se descubrió que había malos manejos en su adquisición, algún regidor metió la manopla en el cajón para pagárselo a él mismo con sobreprecio, cosillas así, muy poco higiénicas… hablando de la función pública estrictamente.


¿Qué raro, no? Estructuras que antes conocía uno solamente de las películas, de repente han brotado por todos lados en un país como México, donde no hay ni los medicamentos mínimos ni los materiales indispensables para la operación de un sistema de salud medianamente eficiente, y ahora por todos lados están estos estos trebejos que no ostentan por ningún lado el logo del fabricante, el modelo, las características, el nivel, su apego a la norma oficial mexicana que certifique ese producto en específico, nada de nada. Ah pero eso sí, las facturas obran en la tesorería de los ayuntamientos, generosa y puntualmente pagadas por un municipio agradecido, que hasta hace la vista gorda respecto a la comisión que seguramente alguien transó, y es que la salud del pueblo es lo primero…
Nosotros no es que pequemos de desconfiados, pero hemos visto demasiadas de estas.

Esas carpas deberían lo mínimo arrojar un resultado respecto del ciudadano que acaba de pasar por ellos: temperatura corporal, grado de sanitización acorde a la norma establecida, etc. Igual debería entregar para uso de la persona información sobre los químicos a los que fue sometido, si no va a llegar uno al hospital con síntomas de intoxicación y no va a poder decir con qué lo fumigaron, pero a como somos ¿a poco no está feliz la población de nuestros pueblitos mágicos con un brincolín que los hace sentir como protagonista de un capítulo de los Expedientes Secretos X?

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