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Desde una trinchera llamada Monclova

Desde una Trinchera llamada Monclova

Escribe: Néstor Adame.-

“Este es el momento en el que los artistas y filósofos vamos a trabajar.

No hay tiempo para la desesperación, ni lugar para la autocompasión,

para el miedo o silencio. Hablamos, escribimos y usamos el lenguaje.

 Así es como se curan las civilizaciones. Así lo haremos nosotros.”

Toni Morrison

Apocalipsis o Salvación. La renovación de conciencias. (Foto de Alex RDZ/El Demócrata)

Soñé que escapaba con AR-15 en mano, intentando esconderme de las balas. Me movía como antílope por el bulevar Pape esquina con De la Fuente, lugar de la Clínica 7. En el sitio no había logos del IMSS, sino una profunda trinchera, donde me resguardé. Corrí agazapado y el olor nauseabundo de un pelotón caído de amigos y familiares me revolvió el estómago. Tropecé y distinguí a mi esposa, en sus brazos protegía a mi hijo recién nacido.

Erika encajó su codo en mis costillas: ¡Ey! ¡Ey! ¡Despiértate! ¿Te encuentras bien?

Eh, le contesté desorientado. ¿Otra vez con las pesadillas? Me preguntó.

No, no, duérmete, balbuceé. Cuando salí de la cama, mis piernas temblaron. Sentí una punzada de talón a ingle como si hubiese corrido un Maratón. Nada similar aconteció en las dos semanas que llevaba confinado en cuarentena presidiaria.     

¿Te sientes bien? Volvió a preguntar Erika. Sí, solo estoy cansado, contesté rengueando en mi trayecto al baño. Ella repuso: estabas soñando muy feo, soltaste un manotazo pegándome en la panza, dijo sobándose el bulto de seis meses.

Suspiré mientras orinaba. Regresé a la cama donde me recriminó por desvelarme viendo noticias y estadísticas. Y es que, en Monclova el panorama recrudeció antes de la aparición del virus: abusos de poder por magnates del acero y gobernantes pusilánimes, arrojaron al monclovense a soldar con argón. El Paciente Cero fue la combustión en la Pandemia que predijo Dean R. Koontz, en su novela Los ojos de la oscuridad (publicada en 1981): “en el 2020, un arma biológica llamada virus Wuhan-400, llevará al hombre a moverse en ciudades infestadas, como si se deslizara por campos de batalla”. Las coincidencias de la novela con la contingencia sanitaria, son desgarradoras.

Una mala conducción de protocolos por parte de directivos de la Clínica 7 y autoridades políticas, provocaron que la propagación del virus se exponenciara. Tanto doctores como enfermeras no contaban con medidas básicas de protección y fueron los primeros en sumarse a la estadística del programa vespertino que conduce el Subsecretario de Salud. ¿Y por qué conduce él y no el titular de la Secretaría? (insértese aquí sonido de grillo). Hasta el corte de ayer Monclova sumaba 115 casos positivos, de cada uno, López-Gatell sugería que se multiplicara por 8.3: dando más de mil infectados en una población que ronda los 247,000 habitantes. El desconocimiento es un fantasma que ronda por las calles donde los acereros celebraron su campeonato.

Me desvelo en Facebook viendoa amigos despedirse de familiares. En periódicos que informan el tránsito de ambulancias con infectados en camillas acrílicas. Me llegan videos donde los gobernantes hacen política de la necesidad, inflando presupuestos de túneles sanitizantes y tomándose selfies con las despensas.

La historia se compone de momentos donde los líderes destacaron por su honor, ¿cómo juzgará la historia a los dirigentes que tenemos?, quienes con presupuesto en mano actúan como el Chavo del 8 cuando lo ponen a vender churros.

Pauso tutoriales de cómo fabricar cubrebocas. Leo la información que mi amigo Pee Wee manda sobre la cura del Coronavirus: el clorito de sodio. Corro a Google y los primeros sitios condenan la infusión como lejía tóxica; la OMS prohíbe su uso: pero güey, se desvive Pee Wee en sus audios, claro que van a decir eso, todos son parte de la Conspiración. La memoria del celular rebota en memes, donde basta cualquier estornudo para que unos elegantes ghaneses agiten un féretro al ritmo del African Funeral Dance. El vomitivo-Chumel-sangre-de-chinche-Torres, cataloga a Monclova como la Wuhan mexicana. Cadenas de WhatsApp advierten militarización y… ¡Stop, wait a minute!Me contagio de infodemia. El encierro provoca un decadente exceso de información que arrincona en la paranoia. Una calma antipsicotrópica alterada por el mínimo ladrido. 

Me enrollé en la cobija y una ambulancia partió el silencio de las tres a.m. Vivimos cerca de la Clínica 7 y Erika dijo: ¿Escuchaste? Es cierto, desde que empezó la Cuarentena, se intensificaron las sirenas. Duérmete, le contesté. Nos tenemos que levantar temprano para ir a la Clínica 7 y le apliquen la vacuna TDPA, que a todas las embarazadas se les suministra después de las 22 semanas. ¿Seguro vamos a ir mañana? Me pregunta. Es mejor ir en estos días, porque a finales de abril y principios de mayo el pico de contagios alcanzará su máximo nivel, le contesto imitando la parsimonia que tiene López-Gatell para comunicar malas noticias.

El virus paraliza a la sociedad en miedo, quitándole el beneficio de pensar por sí mismos. Desdibuja el sentido de la vida que, en momentos como estos, el arte lo recupera. Pero preferimos sentarnos en el escrutinio de likes y la navegación bipolar del slide up. Convertidos en esquizoides, saltando en un trampolín de ira y agonía. Nihilistas los nombró Nietzsche, a quienes lejos de importarles algo, lo intercambian sin dolo. Es en la Trinchera donde deberá ocurrir algo estrepitoso: o bien Apocalipsis o Salvación. La renovación de conciencias. La obertura al nuevo pensamiento. Un resurgir de corrientes filosóficas que como el Existencialismo, tenga su propia identidad. Llámenle como quieran, “Coividismo o Coronavirulismo”, lo importante es trazar una línea en medio de la desesperación. Y lo subrayo desde hoy: sería idiota quedarnos indiferentes. 

El ser humano atraviesa una transformación, no solo biológica, sino moral, cultural, espiritual y filosófica, que empuja a la progresión. Hay quienes dicen: “Cuando todo vuelva a la normalidad abrazaré y platicaré tan fuerte a mis amigos”, posiblemente se equivocan, porque los estragos del miedo nos llevarán a un minimalismo social, a recluirnos en pensar antes de actuar. Y es ahí donde por fin aprendamos a comportarnos.

Dormí, regresé al mismo sueño, como si lo hubiera pausado. Erika, despierta junto con el recién nacido. Los chillidos cesan el fuego, igual que en la película Children of Men de Cuarón. Justo cuando tengo a mi hijo en los brazos y lo bautizo como Covid-Gatell, una bala expansiva estrella mi cabeza. FONDO NEGRO. Suena la alarma. Despierto. Y una jaqueca de cruda anuncia que ha llegado la hora de visitar la Clínica 7.

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