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El fin del mundo llegó

HEREJÍA POLÍTICA

Y miré, y vi un caballo amarillo; y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades lo seguía; y les fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad y con las fieras de la tierra.

Apocalipsis 6:8

Por: Luis Enríquez.-

Adivinanza: fui por él… y nunca lo traje ¿Qué es? 

El Fin del Mundo llegó. 

Cada día que paso en esta cuarentena, la nostalgia recae de manera más constante y renuente sobre mis recuerdos. El letargo de la luz y de las horas se hace presente como un minúsculo sentimiento de desesperación, un malestar pequeñito, como el zumbido de un zancudo que a lo lejos alcanza a penetrar el subconsciente. Es un zumbido de soledad; de silencio, de incertidumbre, de libertad condicionada ante la muerte. ¿Es el fin del mundo? Eso ya lo veremos el día 27. 

Las imágenes de la ‘Antigua Normalidad’ reposan, junto con ese zumbido, sobre mis pensamientos. Sobrevienen en mi mente imágenes que flashean, que remembran las rutinas, las prisas, aquel devenir cotidiano entre restaurantes y cantinas, conciertos, fiestas masivas, saludar personas que no había visto en mucho tiempo, hartarme con los sonidos citadinos hasta sentir, por fin y de madrugada, la soledad del hogar como una bendición acogedora. 

También se hacen presentes las borracheras, los fines de semana llenos de gente efímera y desconocida. La autodestrucción como placer inalienable del hombre, simbolizada en el bullicio, los gritos, el estruendo y la constante dinámica del ente en movimiento. Porque como dijo Galileo: y sin embargo, se mueve. 

Pero el coronavirus nos obligó a frenar, a resguardarnos, a observar. Toda la fuerza entrópica de nuestra acelerada existencia se puso bajo llave, ensimismada, encarcelada por las paredes de un hogar al que no estábamos acostumbrados. Ahora, el sistema es inercial. 

Con la inercia, el fin del mundo se proyecta como TT de junio, en este apocalíptico 20-20. Huracanes, tornados, terremotos, videos ¿falsos? de extrañas luces en el cielo, peces que predicen tsunamis, atentados, ataques cibernéticos, guerra entre cárteles y un sismo de 7.5 grados al centro de Tenochtitlán. 

Mientras pienso todo esto, y las noticias de desastre se atiborran en las portadas de los periódicos, rompo con ¿rebeldía? la cuarentena, camino por las calles solas de mi barrio; oigo su soledad raspando, como un viento extraño, las aceras. Respiro, pero el cubre bocas dificulta la libre entrada del oxígeno. Y sé que aunque le llamen a esto normal, no lo es. La incertidumbre de vivir así por siempre, temiendo que cualquiera que cruce nuestro CAMINO sea un posible foco de contagio, nos aterra. 

Ya no se saluda de mano, de beso; se paralizaron los mercados, se detuvieron los amores prospectos; cerraron las escuelas, los niños, atrapados, y los viejos, que están lejos, mueren solos, como perros enjaulados. El fin del mundo llegó. Ya es. Y no nos dimos cuenta que arribó. 

México sí que sabe sufrir las tragedias. El Apocalipsis y sus rescoldos impactan bajo diferentes escalas: geográficas, sociales, económicas y espirituales. Emergió, desde muy dentro del caos, a vaciar estadios, a llenar hospitales. A sellar fronteras, a apartar las ciudades. A convertirnos en seres distanciados, estáticos, entes digitales. ¿Será que Musk logrará conquistar Marte?

PD: Las mayúsculas son la respuesta.

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