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Las pequeñas estrategias

PENSAR PARA UN MUNDO QUE AÚN NO EXISTE

Con imagen de la BBC

Por: Ramsés Sánchez Soberano.-

¿Cuáles son las fuentes desde las cuales podemos llevar a cabo una ruptura de otro proyecto? La palabra silenciosa, el gesto, los modos de orientar imperceptiblemente el acto del otro: son los modos de oponernos a cualquier palabra exterior. Actuar sobre una voluntad consiste en hacerse imperceptible. Cuando ese acto se reviste de bondad, de agradecimiento, de amor… es necesario volver a preguntarnos dónde están las fuentes desde las cuales podemos todavía hablar, pensar o recuperar problemas como esos. Estamos secuestrados por una situación donde nos ha abandonado el amor. O, ¿quizá el amor no puede salvarnos a todos? Esa es una pregunta que todavía debemos hacernos. En las situaciones más estrepitosas, ¿hay un momento para que todos reflexionen sobre lo que hay o no por hacer? ¿Cuáles son los pasos por dar ante una situación en la que estamos desorientados? ¿Nos ha enseñado algo la pandemia o sólo ha venido a profundizar nuestro deseo de recuperar lo que hemos perdido? ¿Te lo has preguntado? Los muertos no se han adelantado. Algo ha muerto en nosotros y no es menor. Pero los que han pagado el precio han emprendido un viaje al cual no podemos seguirlos. Por ahora. Y aquí estamos, escribiendo y leyendo, sí, aquí. Tú y yo.

Pero la risa estúpida del idiota quiere encontrar en esta situación una fórmula para platear nuevos dividendos. Y quienes están expuestos tendrán, están obligados, a tomar una posición. Actuar sobre una voluntad es más que actuar. Y actuar sobre un niño… Esas palabras se dijeron para siempre. Pero cuando el acto se inmiscuye en el hacer y actuar del otro, de un modo casi imperceptible – y en el modo de las buenas conciencias – no hay manera que ninguna ley pueda estar a esa altura. Las leyes son juzgadas por el modo de ser de una comunidad. Y su secreto plástico, es decir, el placer que pueden darse entre ellos se perfila como el primer juez de la razón y la ley.

Entonces el Otro llega tarde. Siempre tan tarde que no hay ya nada qué decir. Aquel que ya no necesitaba producir una orientación de la interpretación ni se sentía rey para hacer de un niño un proyecto. Y, sin embargo, llegaron las interpretaciones, las direcciones, los horizontes de interpretación. Y nos sentimos abrumados porque el mundo repentinamente se volvió un horizonte de peligros, donde tú y yo éramos el enemigo, posiblemente no hemos dejado de serlo, mañana, quizá, alguien dirá que no. Y el psicoanálisis hará también de juez. Y cuando podamos abrir las puertas de par en par. Cuando ya no tengamos que escondernos para decir, o no, en público, cuáles han sido nuestras compañías, nuestras visitas, nuestros amantes, quizá, y sólo quizá, en ese momento empecemos a recuperar los pedazos de todo lo que hemos perdido.

Sólo así empezaremos a ver a quiénes hemos herido.

La infancia es un momento de descubrimiento. Todos hemos llegado tarde a pensar, incluso una vez en la vida, si hay razón para estar aquí. No la hay. Pero no es porque la razón no pueda decirnos porqué. Sino porque existir no es una tesis de razón.

Existir es lanzarse a una aventura que no tiene remedio. Y quizá mañana, no los ha mostrado el fenómeno más universal de la historia universal, nos volvamos a preguntar por qué nos gusta poner en ella placebos. Cada uno de nosotros tiene derecho, o no, a estar a la altura de lo que le pasa y puede percibir. Y cada uno lo hace como puede. Pero es un derecho que va de suyo con lo que cada uno es. No esperemos que esa situación sea resuelta por los Estados. El derecho, créeme, llega muy tarde. Mañana, sí, mañana, no volverá la situación que creíamos tener entre las manos. Pero este juicio no es pesimista – ya Schopenhauer lo ha dicho mejor – este juicio señala que es necesario, si quieres estar a la altura de la vida que ahora eres, que te preguntes: ¿es necesario que todo vuelva a su lugar?

No hay modo de pensar que nada ha cambiado. Quien vuelve a su casa, a hacer las mismas estrategias que antes, no podrá ver más allá de sí nunca. Nunca. Y, de verdad, esa es una tesis trascendental. Si no nos ha tocado, en el centro de nuestro ser, en el núcleo, del ser, que vivimos una época donde sistemáticamente todos estábamos enterados que a diario miles habían muerto, y sólo nos regocija que podamos acceder a vacunarnos, a estar más allá del Otro, en casa, en lo de sí. Si, nada ha cambiado. Te pregunto: ¿qué tiene qué pasarnos para que haya una pequeña modificación en ti? ¿Debemos quemar el mundo y a todos con nosotros?

Hay una tesis, sí, una tesis, que habla del amor que un humano puede tener sobre otra persona. Señala que no puedes hacerla más miserable. Esa tesis es inmemorial. Es más vieja que el cristianismo y que todas las religiones. También en ella habita Platón, Agustín, Descartes, Kierkegaard, la lista es grande… pero señala algo que es esencial: la vida tiene un juicio sobre cada uno de nosotros: ¿a cuántas existencias has hecho feliz? ¿Te lo has preguntado? Pero, esta felicidad no es aquella en la que los seres familiares se dan placer entre ellos mismos. Esta tesis señala: ¿estás preparado? ¿Sabes que cada decisión está determinando tu futuro? ¿Lo sabes? ¿Sabes que la inocencia es intocable? ¿Lo sabes?

Y si no lo sabes, no actúes sobre otra voluntad.  

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