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Preocupación por la política económica

BAILE Y COCHINO

Por Horacio Cárdenas.-

No sabemos si todavía, porque ha cambiado tanto, pero en la Constitución general de la República había una restricción insalvable, quienes desearan ocupar el puesto de presidente de la República tenían que cumplir, además de todo lo demás, con el requisito de no haber abandonado el país en un lapso de seis meses o algo así, previos al día de la elección. Hay quien recuerda con cierta jocosidad sexenios en los que los precandidatos sufrían a la hora en la que el presidente tomaba la decisión de quienes debían de acudir a ciudades de Estados Unidos a dar el grito de independencia ante la población de migrantes en ellas, más de una candidatura llegó a su fin por ese mínimo expediente, era cuando todavía la ley regía por encima de todo y de todos.

A esa anécdota hay que agregar otra no menos relevante, la de que considerando esas restricciones de calendario, se solía organizar una especie de pasarela, en la que los precandidatos salía, cada uno por su lado, de gira a los Estados Unidos, para entrevistarse en Washington y en Nueva York con funcionarios de gobierno, con empresarios, con gente importante, quienes darían su visto bueno a su candidatura o por el contrario, la rechazarían por el pretexto o pretextos que fueran.

Estas cosas eran una realidad de la política mexicana del más alto nivel, en épocas en la que las comunicaciones y los viajes no eran tan sencillos y comunes como lo son ahora. ¿Cuántos presidentes, o bueno, candidatos, recibieron el visto bueno de los Estados Unidos antes de lanzarse, cuántos de plano abandonaron sus intenciones, cuántos si es que alguno se lanzó de todos modos y ganó?, esas son preguntas de muy difícil respuesta, pero de que ha habido injerencia de parte del gobierno norteamericano en la sucesión en el poder ejecutivo federal durante muchos años, la ha habido, incluso se sabe o se sospecha que incluso nombramientos en las áreas de seguridad, de gobierno, de economía, reciben si no presiones, sí sugerencias de quienes sí y quienes no deberían ocuparlas, nos imaginamos que la cabeza con mayor razón todavía.

Lo de la soberanía nacional sería bajo esta luz un mero espejismo, una fórmula a la que se apela en los discursos a la hora que se quieren encender cosas como el patriotismo o las emociones de la población, pero en términos prácticos, algo de muy limitada aplicabilidad, por más que por supuesto, nadie vaya a aceptar que ha recibido presiones, y mucho menos que las ha aceptado, por más que sea notorio el cambio de política en cuestiones tan críticas como la migración, la seguridad, la economía, o más recientemente, las vacunas.

Hace algunos días la revista Forbes en su edición mexicana publicó unas declaraciones del embajador de la Unión Europea ante el gobierno mexicano, Gautier Mignot, en el sentido de que las reformas emprendidas por el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador han venido causando preocupación entre los inversionistas, y por extensión en los gobiernos de aquel bloque, pues entre otras cosas, se pone en duda el respeto a la rentabilidad de las inversiones que han realizado o están haciendo en territorio mexicano, que perciben como un sitio no tan seguro como en años anteriores lo fue.

Según el embajador, las reformas a la industria eléctrica y la de hidrocarburos han encendido las alarmas entre los inversionistas europeos, que ven amenazado el capital y los negocios que habían venido a establecer a nuestro país. La cosa es sencilla de comprobar, baste recordar que Iberdrola, la multinacional energética de origen español, es blanco constante de los ataques del presidente López Obrador, que no la baja de beneficiarse de contratos leoninos, y de tener una relación inconveniente con Felipe Calderón, archienemigo gratuito mil veces perdonado, pero nomás de palabra. Iberdrola de plano abandonó proyectos de inversión por varios miles de millones de dólares, mismos que retomará o no en el futuro, dependiendo de cómo se pongan las cosas después de la elección del 2024.

Pero esto que declaró el embajador de la Unión Europea es solo el último botón de un muestrario que incluye de presidente de los Estados Unidos para arriba y para abajo, al primer ministro de Canadá, entre otros líderes mundiales que están abierta o discretamente presionando a la administración del presidente Andrés Manuel López Obrador para respetar los contratos, convenios, acuerdos que se tenían en materia de inversiones en suelo mexicano, y en un ámbito más amplio en cuestión económica.

¿De qué tamaño, de qué peso pueden ser las presiones y qué pueden lograr?, bueno, recordemos que López Obrador llegó a la presidencia con el discurso de erigirse en gran defensor de los derechos humanos, en especial los de los migrantes. Ah, pero bastó que Donald Trump lanzara la amenaza, a lo mejor la pura hablada de que si México no imponía medidas para contener la llegada de migrantes a la frontera sur de Estados Unidos, su gobierno impondría un arancel parejo a todos los productos mexicanos. Muchos lo interpretaron como lo era, un principio de negociación para que luego México contestara y así al paso de meses o años, llegar a algún acuerdo. No, nuestro país respondió doblando las manos en toda la línea, destinando miles de soldados y guardias nacionales a lo largo de las fronteras norteamericana y guatemalteca, con lo que más de un funcionario del gobierno de Washington opinó: nunca habíamos ganado tanto a cambio de tan poco.

Con el presidente Joe Biden pasó algo similar, pese a que le cae muy mal al presidente López Obrador, a cambio de un par de millones de vacunas de Aztra Zeneca, que incidentalmente sigue sin recibir aprobación de la FDA para su aplicación generalizada, movilizó fuerzas suplementarias a las fronteras para contener la migración centroamericana. Otra vez, muchísimo, a cambio de una limosna, que además, venía en calidad de préstamo, no de regalo ni de donación.

No se ha llegado al extremo, pero ya llegará, en que cansados de la retórica populista y las amenazas a las inversiones de sus nacionales, países de Europa, Estados Unidos y Canadá presionarán de veras con sanciones para que el gobierno mexicano cumpla con lo estipulado. Ya sucedió lo de las empresas constructoras de gasoductos y la Comisión Federal de Electricidad, lo que aquí se vendió como un triunfo en la defensa de la soberanía, resultó en tener que pagar más de seis mil millones de dólares al gasto inicial. Ya pasó con el aeropuerto de Texcoco, que todavía no se acaba de pagar el monto de las indemnizaciones por la cancelación. Definitivamente la 4T es mala para los negocios, a ver con las petroleras si no saltan las primeras chispas.

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