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La guerra del agua

BAILE Y COCHINO

Por Horacio Cárdenas.-

Es un lugar común citar a este o aquel intelectual como autor de aquella frase de que la tercera guerra mundial, las guerras regionales, dejarán de ser conflictos étnicos, religiosos o territoriales, para tener como motivo fundamental el hacerse de la posesión del agua.

Injusto como solo puede ser el mundo y la vida, el ochenta y tantos por ciento de la superficie del planeta Tierra está cubierto por agua, y sin embargo la que es potable, que se puede utilizar directamente y casi sin tratamiento para uso humano, no pasa de ser un uno por ciento del total. Pues bien, de ese 1% satisfacemos nuestra sed, nuestras necesidades todos los seres vivos, humanos, animales, plantas, hasta los virus y bacterias que la necesitan para seguir viviendo. Con estos datos someramente esbozados, y que cualquiera puede documentar con precisión preocupante, lo sorprendente es que las guerras del agua, o las guerras por el agua, las ubiquemos todavía en algún futuro sin fecha, y no en el presente o ya en el pasado.

Nuestro planeta, con todo lo que lo hemos explotado y sobreexplotado hasta aquí, ha sido más que generoso con nosotros. Hemos mal que bien tenido agua suficiente por lo que lleva la historia de la humanidad, y si alcanza, más o menos para ocho mil millones de personas que ya somos, lo mínimo que tendríamos que hacer es ser agradecidos con el planeta.

Pero dejándonos de filosofías romanticismos y buenas intenciones que no pasan de eso, en el momento presente el mundo registra dos movimientos sociales importantes en torno al agua, movimientos que vale decir, son contrarios y podrían en algún momento llegar a enfrentamientos, en los que no correría agua, sino lamentablemente, sangre. El primero de ellos, muy acorde al desarrollo intelectual que creemos que ha alcanzado la humanidad, ha elevado el derecho al agua al nivel de un derecho humano. Puesto en términos de lo más elementales, entendemos que toda persona por el mero hecho de nacer, tiene el derecho de poder acceder a agua suficiente para satisfacer sus necesidades, básicamente beber, y asearse, ya lo demás, es lo de menos, porque es imposible soslayar que el agua es indispensable para la producción de los alimentos con lo que desde el primero hasta el último ser humano se alimenta, y en un segundo lugar que hay quien quiere poner por encima de cualquier otro y todo, el agua que se requiere para la producción en un sistema económico, lo que la pone en una nueva dimensión, la de ser un elemento que contribuye a la generación de riqueza, riqueza para quienes la tienen, y pobreza para quienes carecen de ella.
El otro movimiento del que hablamos es este, el agua de un tiempo a esta parte ha pasado a ser vista como un bien económico, como un bien estratégico, y con ello volvemos al tema de las guerras del agua, nada más que el sistema capitalista ha desarrollado medios más que ingeniosos para hacerse de lo que quiere, en este caso el agua, que la violencia y el uso de las armas. No tiene ni un año que nos enteramos, no solo nosotros sino todo el mundo, que en el mercado de futuros de Chicago, se comenzaría a cotizar el agua, como ya se hace con los granos, con los combustibles, con los metales y cualquier otro bien escaso, que por su misma característica de limitación, es objeto de aumentos de precio en función de la demanda y la oferta.

A muchos no gustó esta nueva visión para el agua, aquella de que siempre se dijo como principio de vida y convivencia que no se le niega a nadie, ahora es algo que se negocia, se vende y se compra, a la que solo tiene acceso el que tenga dinero para adquirirla.

De las últimas gracejadas del sexenio de Enrique Peña Nieto recordamos su intento, no sabemos nadie hasta que punto se logró, de privatizar el agua a través del otorgamiento de contratos de explotación no a comunidades, asentamientos humanos o unidades productivas, sino a empresas, que lo que querían era garantizar el suministro de líquido para sus negocios. Estuvo tan enredado el planteamiento que nadie tiene claro qué pasó al final, pero nos imaginamos que nada bueno.

Y así es como llegamos a Parras de la Fuente en el año 2021, en que nos hallamos a punto de tener el dudoso honor de presenciar, atestiguar o lo que es peor, de ser participantes involuntarios en una de las primeras guerras del agua predichas por los teóricos. Que novedad, el poder político aliado al poder económico, coludidos contra la población, para expoliarla de su más preciado bien, el líquido. Poniéndole nombres a las cosas, la empresa Casa Madero, apoyada por el alcalde Ramiro Pérez Arciniega, han urdido una estrategia para quitarle, así con todas sus letras, el agua que les corresponde a los ejidatarios y productores agrícolas, y en un descuido a la población de Parras.

Casa Madero es una empresa como muchas otras, a la búsqueda permanente de la expansión de sus operaciones. Para propios y extraños ha sido sorprendente la ampliación que han tenido sus campos cultivados, que vistos desde la carretera, llegan hasta donde alcanza la vista, y probablemente bastante más allá. Obvio, para este nivel de producción, se requiere de una dotación cada vez mayor y sobre todo garantizada de agua, porque no es la visión del campesino que siembra esperando que llueva y en qué cantidad a ver si se le da una buena cosecha, no, lo de Casa Madero es una operación industrial, con la variante de que no se da en una nave, sino a cielo abierto y directamente sobre la tierra, lo cual no deja de representar riesgos que a veces escapan de control.
Si por Casa Madero fuera, tendrían todo el territorio del municipio de Parras cubierto de viñedos, ¿y cómo no, si su vino es de los más apreciados en México y fuera, ganador de múltiples medallas, diplomas y reconocimientos?, ha llegado a tal nivel de prestigio, que casi botella que produzca botella que está vendida y bien vendida, pues lo suyo no es un aguardiente baratero. Todo perfecto hasta allí, el problema es que Parras, con todo y tener características de privilegio en cuanto a la disponibilidad de agua… no es un barril sin fondo, y de un tiempo para acá, hoy y en el futuro, ha estado compitiendo por el agua con los otros actores sociales y económicos que comparten Parras. Ellos convierten el agua en vino, otros en nueces, algunos más en prendas de vestir, y otros simplemente la usamos para vivir.

Malo es que quienes obtienen más dinero en su transformación del agua en billetes, se alíen con quienes gobiernan, y que en la más pura teoría están para velar por la convivencia de unos con otros, para saquearlos de su elemento de vida, el agua, del elemento de supervivencia para todos, otra vez el agua, a cambio, seguramente de una compensación económica que cubra su indecente acción.

Era para que Ramiro Pérez Arciniega, como alcalde que es, estuviera no solo al tanto, sino pendiente a cada momento de desactivar un posible conflicto a golpes o peor, a balazos entre los campesinos y los empleados de Casa Madero. Si los campesinos están de plantón, día y noche, era para que el alcalde estuviera también de clavo negociando, proponiendo, solucionando.

Ya en este momento los parrenses se sienten abandonados, y más que eso, se sienten traicionados de sus autoridades, a las que ven como vendidas al empresario alcoholero.

Ante la ausencia de autoridad municipal, la más inmediata, esto no puede terminar bien, por el bien de todos en Parras, ojalá no corra ni agua, ni vino, ni mucho menos sangre, ¿pero quién se va a encargar de calmar los ánimos?

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