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Carbonífera… más de lo mismo, de lo mismo de siempre

BAILE Y COCHINO…

Por Horacio Cárdenas

Al momento de teclear estas líneas recibimos el reporte de que los esfuerzos por encontrar con vida a los tres mineros que todavía restaba por rescatar del tiro de la mina en Rancherías, municipio de Múzquiz, resultaron infructuosos. Sí los hallaron, pero solo los cuerpos de quienes habían fallecido quizá horas, quizá días antes, ante la imposibilidad de los recursos técnicos por alcanzar el sitio exacto donde se localizaban al momento de ocurrir el rompimiento del muro que separaba la explotación donde laboraban, de otra abandonada, y que como suele suceder comúnmente en la región, se hallaba inundada de agua que se filtra, sea desde la superficie o desde alguno de los mantos freáticos de la zona.

Todavía, un par de días antes de ser encontrados, los familiares sintieron renacer sus esperanzas de encontrar con vida a los mineros, pues según las crónicas, se escucharon silbidos y golpes desde el interior de la mina de arrastre, pero como ocurre frecuentemente en la vida real de las minas, no en las películas hollywoodenses, era más el deseo hablando que una posibilidad realista de que fuera cierto. Finalmente la mañana del miércoles 9 de junio se confirmó lo que se temía desde el principio, que entre el agua, la falta de oxígeno, tal vez alguna herida recibida durante los primeros momentos del accidente, que no tenemos duda de que debió ser bastante violento, la contabilidad estaba completa, los mineros estaban todos muertos.

Y ahora, después de que el gobernador Miguel Riquelme le restregó en la cara al director de la CFE su irresponsabilidad y señalarlo con índice de fuego como uno de los principales responsables de la tragedia en Rancherías, la Región Carbonífera de Coahuila vuelve a su estado normal de cosas, ese desesperante interludio entre el último accidente ocurrido en una mina, y el siguiente accidente. Para los observadores de fuera, por más cerca que sientan que están, jamás será lo mismo que vivir lo que viven a diario las comunidades de mineros, las familias de quienes se adentran en la tierra seis veces por semana, sin tener la certeza de que no será la última vez que vean la luz del sol, y con ella, a sus conyugues, a sus hijos, a sus familias, amigos y compañeros, con los que se tiene un vínculo de sangre y de muerte superior a muchos otros que se pueden establecer entre personas que no peligran a diario.

El escritor Gerardo Segura lo ha documentado en varios textos publicados sobre la vida de los mineros. No hay nada comparable con el simple acto de despedirse diariamente el minero de su pareja, de sus hijos, de sus padres, para quienes el sentido pero poco efectivo “te cuidas” que pronunciamos todos, les suena especialmente hueco, tan simple como que nadie, ni la voluntad de acero del minero, ni la empresa, ni la hermandad de los que bajan juntos a la mina, ni dios mismo pueden garantizar que volverá a salir… y en qué condiciones, porque es obligado decirlo, la mina no solamente mata, que es de lo que uno se entera como ocurre con todas las tragedias, la mina también infringe heridas terribles, daña también de poco a poco los pulmones, los ojos, todos los sistemas del cuerpo del trabajador, le perjudica la mente y la capacidad de sentir.

Que es cierto, a lo mejor el trabajo de minero paga algo mejor que otros oficios que se pueden encontrar en la misma región, pero por ese escaso dinero extra termina por cobrar bastante caro.

Recordamos que hace algunos meses el presidente de la República consideró oportuno, políticamente conveniente, hacer uno de sus típicos actos de contrición, en esta ocasión pedir disculpas a los familiares de los mineros fallecidos en el tiro 8 de la mina Pasta de Conchos, ocurrida el 19 de febrero de 2006. En aquella ocasión estuvieron presentes en la ceremonia la secretaria de gobernación Olga Flores Cordero y el subsecretario de derechos humanos de la misma secretaría, Alejandro Encinas, además de la secretaria del trabajo Luisa María Alcaide, para además de pedir perdón, comprometerse a resolver de una vez por todas la cuestión del rescate de los cuerpos que quedaron atrapados hace quince años.

Político como es Andrés Manuel López Obrador, dijo que no escatimaría en gastos para cumplirle a los deudos de los mineros, los cuerpos serían rescatados sin importar el costo. Solo cuando le pusieron enfrente el presupuesto de alrededor de dos mil millones de pesos para la operación de rescate, que su decisión comenzó a flaquear, él, tan cuidadoso que es con el dinero del pueblo, se dio cuenta del sinsentido de tal gasto, y a cambio ofreció hacerles un memorial… un monumento muy grande, muy bonito “para que nadie olvide”, eso y las consabidas becas, apoyos e indemnizaciones, todo lo cual saldría mucho más barato que el insensato rescate, para el cual designó a una de las dependencias más ineficientes de toda la administración pública, la Comisión Federal de Electricidad, con el agravante de que no solo no es su trabajo, sino que no tiene experiencia en la realización de obras de minería, solo porque la CFE queme carbón, no quiere decir, ni de lejos, que sepa de donde sale o cómo se saca. Los trabajos de rescate, que inicialmente se dijo que comenzarían de inmediato, se programaron para empezar por allá de agosto del 2022, y deberán estar concluidos para el 2024, antes que se acabe el sexenio presidencial. Y si no pasa… pues qué novedad.

Quienes estuvieron presentes en el acto recordarán que la Familia Pasta de Conchos, otras organizaciones civiles, mineros y gente del pueblo hizo una petición, todavía más importante que lo de la pedida de perdón o lo de la promesa del rescate o el anuncio del gasto comprometido, nos referimos al compromiso de no repetibilidad del accidente.

Confesamos que hasta ese momento no habíamos escuchado esa palabra, repetibilidad, o lo opuesto, que algo tenga el carácter de repetible o de que no vuelva a suceder. Nos pareció que, en el contexto del evento de la pedida del perdón, pero también en el mucho mayor de la actividad extractiva en la Región Carbonífera del Estado de Coahuila, ese debería ser el gran objetivo, el gran compromiso de todos los involucrados.

¿Cuál sería el ideal?, simple y llanamente puesto, que no se volviera a registrar un accidente en la minería del carbón ¿difícil?, por supuesto, pero de ninguna manera imposible. Lástima que una cosa sea el anhelo, expresado en una petición concreta a las autoridades, y que estas estén dispuestas a hacer algo más que no hacer nada, porque a eso y no a otra cosa equivale el aire caliente de los discursos políticos. Hablar no cuesta nada, en cambio firmar un compromiso de que la ley se aplicará tal como está expresada, eso ya tiene sus implicaciones económicas, muy superiores a lo que las empresas y la administración pública están dispuestas a hacer.

No hubo compromiso, sigue sin haber voluntad de no repetibilidad, ¿resultado?, que estamos entre el último accidente, el de Rancherías, y el siguiente, que podría pasar en cualquier parte de la Carbonífera, en cualquier instante, costando desde pocas hasta muchas vidas, pero eso que es lo humano, lo honesto, a eso no le entra nadie.

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