El problemático gas

BAILE Y COCHINO….

Por Horacio Cárdenas Zardoni.- 

México, según lo dice el lugar común, lo tiene todo. Tanto si se quiere creer y aceptar que se trata de dones divinos, como si se les considera recursos que se encuentran en la naturaleza,  el país cuenta con una cantidad de recursos naturales que ya la quisieran muchas naciones no solamente del continente americano, sino de todo el mundo.

A la hora que se habla de oro, en México hay mucho de ese mineral, también tenemos plata, hierro, por supuesto. Hidrocarburos tradicionales, claro que los tenemos, y no cualquier cosa, algunos de los yacimientos más importantes del planeta se encuentran en territorio mexicano, no pocos de los cuales ya hemos llevado hasta su agotamiento más allá de la viabilidad económica de seguirlos explotando, si se trata de uranio, hay uranio.

De repente se comienza a hablar de shale, y tal cual, no las primeras del mundo, pero sí como la cuarta o la quinta reserva, ahora que se comienza a ver al litio como el nuevo material del futuro, por descontado que tenemos para aventar para arriba. Ese es México, un país tremendamente rico en recursos naturales, también uno de los que menos provecho le logran sacar a los mismos para beneficio colectivo, ya que el de unos cuantos está más que probado. 

La verdad es que nuestro país explota sus recursos sin ningún cariño, casi con desprecio por lo que tenemos. Quizá sea por lo ya dicho, que sabemos, sentimos que pese a la retórica nacionalista, nunca nos hemos sentido realmente dueños de los hidrocarburos que sostuvieron una francachela burocrática todo el siglo pasado y principios de este, sin que sirviera como ha ocurrido en otros países, para crear un basamento de bienestar por debajo del cual no haya ni un solo ciudadano. No, México con toda su riqueza, también tiene una proporción de pobres que es una auténtica vergüenza para todos y cada uno de nosotros, o debería serlo.  

Todos alguna, o muchas veces hemos visto aquella representación del mexicano ensombrerado y ensarapado, dormido a la escasa sombra de un saguaro, luego a esta planta del desierto se le sustituyó comprensiblemente por un tambo de petróleo, símbolo de riqueza en cualquier país, pero que a nosotros nos sirve para dormir sin tener siquiera que acostarnos en el vil suelo, y de plano no nos dibujaron con un tanque de gas porque ese es un recurso que siempre nos ha costado demasiado trabajo explotar, por lo tanto lo hemos dejado, literalmente, volar a la atmósfera sin pena ni gloria.  

Bueno, sin pena ni gloria para aprovecharlo, porque a la hora de que se necesita para encender el calentador de agua, para cocinar o para cualquier proceso industrial, allí sí que lo necesitamos, pero así como somos, nunca hacemos la conexión mental de que aquello que sale asociado con el petróleo, como un producto indeseable, es el mismo que luego andamos mendigando que nos lo vendan, y que estamos dispuestos a pagárselo a quienes lo tienen al precio que quieran pedir por él. 

Sirva esto de introducción para referirnos a un problema que tiene en jaque a la economía mexicana desde hace varios años, pero que se ha acrecentado, casi como si fuera adrede, en los tres años del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Resulta que hace una década el mercado internacional del gas natural estaba viviendo un boom que nadie se hubiera podido imaginar siquiera años antes, resulta que luego de mucho trabajo científico, los norteamericanos habían perfeccionado la técnica para la fractura hidráulica de la roca de esquisto, de la que se podía liberar por fin el gas shale contenido en ella. Como resultado, las reservas de este energético, en los Estados Unidos se vieron incrementadas exponencialmente, ¿a qué grado llegó la bonanza?, al de que nuestro vecino abandonó su estrategia de garantizar el abasto interno de energéticos para pasar a convertirse en exportador de los mismos, acariciando la idea de inundar el mercado internacional, después de todo eran y siguen siendo quienes pueden extraerlo a costos más bajos, maximizando sus ganancias, y es que lo pueden vender a precios que sus competidores de plano no están en condiciones. Para eso sirve la ciencia y la tecnología aplicadas.  

Pues sí, pero este es un asunto de ciclos, y al rato comenzó a haber problemas para mantener en funcionamiento algunas cuencas que en su momento se calificaron de inagotables, a las calladas pero la situación cambió, y es el caso que en algunos momentos, las compañías norteamericanas han tenido que elegir, entre venderle a sus clientes en el exterior, o usar su gas para producir la energía que requieren internamente. 

¿Qué ha pasado de este lado de la frontera?, nada bueno. Por décadas la política fue la de comprar en el exterior el gas que se necesitaba en el país para generar electricidad. Los sucesivos gobiernos priístas, panistas y este morenista, pensaron en todo momento que jamás se presentarían problemas de suministro, ah y que este no se vería interrumpido por ninguna circunstancia, ni política, ni social, ni económica, ni climática, el gas seguiría fluyendo de allá para acá y el dinero de aquí para allá. 

Pero en estos tres años nos hemos topado con problemas de todo tipo. Resulta primero que sí, sigue habiendo gas, pero no en las cantidades ilimitadas que creyeron los norteamericanos y creímos los mexicanos, y como el gas está pasando a ser un bien relativamente escaso, pues ha subido de precio, ¿qué tanto?, algunos datos que se manejan hablan del 63% o un poco más, pero que definitivamente impacta al sector productivo que utiliza este insumo, y aunque no lo use, cada hogar en México requiere de gas para las necesidades más elementales, amén que muchos productos lo requieren para sus procesos de fabricación, desde alimentos hasta lo que guste. Esto ha presionado para que las metas económicas que tenía la administración del presidente López Obrador se hayan ido al traste. 

Ni modo, exceso de confianza por una política energética errada. Pero con una inflación todavía no descontrolada, pero sí incómodamente elevada, que en el caso del gas triplica tranquilamente el monto de la inflación acumulada en el sexenio el propio presidente ha manifestado que su gobierno analiza la conveniencia de reducir el monto del impuesto que se carga al consumidor final por el gas. Esto puede funcionar, pero estaría recortando los ingresos del propio gobierno, que de por sí la ve difícil para recaudar todo lo que requiere para el financiamiento de sus programas asistenciales y sus proyectos insignia.  

Pero si las cosas andaban mal, de repente se pusieron peor, allá en un sitio perdido en la sonda de Campeche ocurrió un accidente en un gasoducto. Escaparon al mar cientos de miles o millones, nadie lo ha dicho, de pies cúbicos de gas, que luego para vergüenza mexicana frente al mundo, se incendió. El gas quemado es lo de menos, lo que ardió allí fue la confianza en la capacidad tecnológica de Petróleos Mexicanos para operar proyectos de explotación de gas en gran escala. 

¿Cuáles son las perspectivas? ¿Seguir comprando gas a los Estados Unidos o a quien nos lo quiera vender, al precio que se les ocurra? ¿Desarrollar infraestructura con un retraso de cien años para explotar, almacenar y distribuir el gas? ¿Olvidar el compromiso presidencial de prohibir la explotación de los depósitos de shale en el país?

Ninguna de las opciones es barata, en ninguna de ellas llevamos mano, somos la parte perdedora, todo por no haber sabido y no haber querido capitalizar esos dones de la naturaleza, que ahora nos persiguen como maldición.

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