BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas.-

A que más que la verdad, los ciudadanos de Coahuila perciben un cambio radical en el crucial tema de la seguridad pública en lo que va del sexenio, respecto de lo que se vivía en administraciones anteriores.
Allí donde la ve, la seguridad pública en nuestra entidad, la preventiva a cargo de la secretaría del ramo, la persecutoria a cargo de la Fiscalía General, y las municipales haciendo lo que les corresponde, más la ayuda intermitente del gobierno federal, han llevado a los coahuilenses a vivir en un clima mucho más sano y de mayor tranquilidad del que se respiraba no hace muchos años en el territorio, que por momentos llegó a parecer tierra de nadie.
La encuesta que aplica el Instituto Nacional de Estadística y Geografía respecto a la percepción de la inseguridad en todo el país, ha venido señalando consistentemente que en Saltillo, por ejemplo, pero también en otras ciudades del estado, la gente se siente menos amenazada que en otros muchos sitios de la geografía mexicana.
Como que luego de los meses y años de pesadilla que tuvimos que sufrir, los coahuilenses vivimos mucho más relajadamente, cuando menos en el rubro de poder hacer nuestra vida sin que venga nadie a amenazarla o peor, a cortarla por la razón que sea, o sin ninguna, lo que nos lleva a corroborar una vez más que, el tema de la seguridad, como muchos de la administración pública, solo los tenemos presentes cuando fallan, porque cuando las cosas están funcionando adecuadamente, simplemente no nos ocupamos de ellas en lo más mínimo.
El gobierno de Miguel Riquelme acertó en un aspecto concreto de la seguridad pública: aquellos casos que se detecten como prioritarios, por el interés, el impacto que tienen en los ciudadanos de algún municipio o comunidad en específico, esos hay que resolverlos a cómo dé lugar, y además, hacerlo rápido.
Lo hemos comentado a lo largo de estos años, respecto de ciertos delitos, asesinatos de funcionarios, de personas prominentes, secuestros, asaltos, la Fiscalía General del Estado ha alcanzado un nivel de efectividad sorprendente.
Puede deberse esto al uso de tecnología, a la organización de las policías, o al chicote de los superiores sobre sus subordinados y al deseo de estos de que no les estén apretando demasiado, o alguna mezcla de estos más algún otro factor que se nos escape, pero el hecho persiste, los delitos que ponen de punta a la población, se han resuelto con prontitud, los expedientes se han integrado lo suficientemente bien, como para no ameritar que el juez deje libres a los presuntos por fallas, cosa que en otros ámbitos y otros tiempos era lo de un día sí y otro también.
Pero desafortunadamente no todo es miel sobre los proverbiales corn flakes, y si bien los ciudadanos tienen mucho que agradecer a sus policías, también es una realidad que entre ciertos grupos de población y ciertas localidades, la opinión que se tiene de las corporaciones deja bastante que desear.
Hace pocos días se dio a conocer que la Comisión Estatal de Derechos Humanos recibe un número demasiado elevado de quejas y denuncias respecto del comportamiento del personal, sobre todo de las distintas corporaciones estatales, ya no tanto de las municipales. En un mes dado se recibían una denuncia al día, en otro el promedio llegó hasta 1.7, que para fuerzas que no son particularmente numerosas, podría parecer desproporcionado.
Fue por los mismos días en los que ocurrió el gravísimo accidente en que un agente de la Policía Civil, estando fuera de servicio, pero conduciendo un auto patrulla en estado de ebriedad, provocó la muerte instantánea de cuatro personas, dejando gravemente heridas a otras cuatro más, cuya vida corre peligro. Nadie estamos exentos de tener un accidente de tránsito, sobre todo de noche y viniendo de una fiesta, ¿pero ir alcoholizado hasta el grado de no ver al vehículo que tiene enfrente, e impactarlo con tanta fuerza como si estuviera detenido?, además de la mera cuestión administrativa de ¿y por qué, y cómo andaba en un vehículo oficial, seguramente con gasolina que pagamos todos los ciudadanos, en cosas particulares?
Lo sabemos más que perfectamente, administrar una corporación policiaca no es cualquier cosa, mandar sobre un grupo de personas armadas, que están permanentemente sujetas a presión, que arriesgan su vida cotidianamente, que rara vez están satisfechas con el ingreso que perciben, y por si fuera poco, que reciben poco reconocimiento de la población a la que sirven, es más que complicado. Para el mando, presionar para que se haga el trabajo, llevando a su personal más allá de lo que se considera pagado y decente, es lo normal, digo, si quiere conservar el cargo que tiene, porque en el momento en el que comience a flaquear, a amedrentarse de sus subordinados, o a valerle las órdenes de arriba, merece ser sustituido pero más que de inmediato.
Pero en los momentos extremos en los que su personal ha abusado de su fuerza, de su poder, que ha violado la ley o algún reglamento, o incumplido una orden, se convierte en blanco de todas las miradas, de los de arriba, de los de abajo, de los ciudadanos, y sí, es imposible quedar bien con todos, lo mínimo es que el policía que se excedió se va a sentir traicionado de su superior y de su corporación, del mismo gobierno y de la sociedad, poco menos que convirtiéndose en un paria.
Y parias son los policías que llegan a estar del otro lado, los que llegan al penal en calidad de sentenciados o pendientes de proceso. Porque meses o años trabajando, supuestamente, del lado de la ley, para encontrarse abandonados del otro lado de la misma, es una situación indeseable por todos los conceptos, de novela eso de verse de repente entre gente a la que encerró o ayudó a encerrar en prisión.
Nunca nos quedó claro el último movimiento de las policías estatales en Coahuila. Antes había una sola corporación, con sus correspondientes divisiones, especialidades o departamentos, pero eso de separarlas de plano en seis u ocho corporaciones, cada una con sus funciones y ámbitos de acción, rebasaban y siguen rebasando lo que el ciudadano común puede entender que es la función gubernamental de seguridad pública.
La decisión obedeció al desprestigio, ineficiencia y pésima fama que traían la policía ministerial y la policía preventiva estatal. Pues sí, se dio el cambio de forma, se cambiaron uniformes, se pintaron las mismas patrullas, se pusieron iniciales, y lo que estaba medio claro se perdió completamente en el camuflaje de la burocracia.
Por demás está decir que el modelo actual, con todo y su alta eficacia, ya también se agotó. Si pretenden recuperar lo que con mucho trabajo se logró, costará bastante esfuerzo, si inventan uno nuevo y no se ocupan de lo relevante, su propia gente, volverá a pasar lo mismo. Repetimos, es mucho lo logrado en cuanto a eficiencia, pero esta no puede darse a costa de lo que sea. La gente no perdona errores, accidentes, abusos, por muy efectivos que sean sus policías.

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