BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas.-

Corría el día 13 de mayo de 1981, aquella hubiera sido una jornada como tantas otras en la plaza de San Pedro en la Ciudad del Vaticano, con decenas de miles de personas exultantes recibiendo el mensaje y la bendición del máximo representante de la iglesia católica en el mundo, y él sintiéndose modestamente la persona más popular en el planeta, si no es que en el sistema solar o la galaxia entera.
Pero como es el destino de traicionero, la diferencia con otras tantas audiencias papales fue que en esta ocasión Mehmet Ali Ağca, un ciudadano de origen turno, decidió que quería pasar a la historia asesinando al papa de los católicos. No lo logró, pero sí consiguió meterle cuatro tiros a la humanidad de Juan Pablo II, quien cayó al suelo de la plaza con dos disparos en el abdomen, uno en la mano izquierda y el último en el brazo izquierdo.
Llámele milagro, casualidad o inexperiencia del perpetrador, el caso es que cuatro disparos de arma de fuego a esa distancia, hubieran causado la muerte de otras muchas personas. No de Karol Józef Wojtyła, quien si se llevó una perforación intestinal, una severa infección, pero la libró para seguir haciendo esas cosas que hacen los papas.
Cuentan que en el trance del atentado, entre que la Guardia Suiza con sus ridículos uniformes se abalanzaba para proteger al pontífice y pepenar al asesino en ese momento, en grado de tentativa, se alcanzó a escuchar una débil voz desde el mismísimo piso pontificio: ¿Porqué yo dios mío?… eso antes de que las asistencias se llevaran el cuerpo del malherido papa a darle todos los auxilios que la ciencia médica, que no la religión, podían proporcionarle.
La pregunta fue para algunos poco menos que bíblica, ¿pues no el mismismo Jesucristo estando a punto de entregar el cuerpo a la biología y el alma a lo que correspondiera lanzó estas palabras ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?, Juan Pablo estaba emulando al fundador de la iglesia católica, cayendo víctima de sus enemigos, de un enemigo, un joven turco no precisamente en pleno uso de sus no muy eficientes facultades mentales, un auténtico mártir de la fe. Pero el mismo hecho para otros, representó una muestra más de que la carne es débil, debilísima, y que en los momentos más heroicos, cuando puede uno consagrarse por los siglos de los siglos, es cuando todo se va al traste.
¿Por qué yo Dios mío?, la respuesta es obvia: porque tú eres el papa, no le están disparando en ese momento crítico a Karol, le están disparando al papa de los católicos, sea quien sea el que porte las vestiduras. Pese a todo su histrionismo, y mide que era mucho, todo el mundo decía que era Juan Pablo II de lo más carismático, no sirvió para en ese momento hubiera elevado una mano en gesto de pantocrátor y decirle a Mehmet, yo te absuelvo, antes de caer desmayado o el colmo de la actuación, muerto, para una consagración digna del óscar de la academia, o un día, el que el escogiera, en el calendario para festejarlo como santo.
La anécdota viene a cuento porque en días pasados el presidente Andrés Manuel López Obrador tuvo una oportunidad semejante a la de Juan Pablo, e igualmente la desaprovechó de la manera más lastimosa, y podríamos decir, que hasta ridícula. Fue el 3 de marzo de 2022, hace poquitos días, eran las nueve pasadas de la mañana, cuando comenzó a sonar la alarma sísmica en la Ciudad de México, momento en el que el ciudadano presidente de la república daba su acostumbrada conferencia de prensa, esas que llaman mañaneras. Lo que ocurrió, haga de cuenta que es repetición de lo del Vaticano, el hombre al que le encanta decirse servidor del pueblo, sacrificado hasta la muerte, honestamente valiente o valientemente honesto, como sea, se cuarteó como los meros machos de la Macuspana, Tabasco.
Sí, la alerta sísmica estaba sonando; sí, a todo el mundo le da miedito, esos segundos entre que comienza el escándalo y que comienza a menearse el piso, las paredes, y si está uno en Palacio Nacional, allí donde se respira historia y puede uno meditar a gusto, los candiles, los retratos de las paredes, se hacen larguísimos, y es que siendo el epicentro del terremoto en Oaxaca, Guerrero, o como en esta ocasión en La Isla, Veracruz, se tarda algún tiempo en llegar hasta la capital.
¿Qué pasó?, pues que los integrantes de “La Ayudantía”, tomando el control de la situación, desalojaron de inmediato al presidente del Salón de la Tesorería, y se lo llevaron al patio de Palacio Nacional, a esperar lo que hubiera de llegar. Él, que a la hora de los trancazos se deja llevar como un niño por los obsequiosos ayudantes que le pagamos los mexicanos, salió no en volandas, sino por su propio pie, olvidándose de todo y de todos, que lo que le importa es la investidura y nada más. ¿Qué pasó? Que un oficioso encargado de protección civil de la presidencia, que nadie sabíamos que existía, ordenó a los reporteros que se quedaran “sentaditos”, hasta que dos minutos pasados, les dijo que ya podían salir, en lo que fue, o pudo ser, una condena a que a los periodistas les pasara lo que fuera, que no fue nada porque ni se sintió.
¿Qué debió pasar?, ah, pues que en un despliegue de histrionismo populista macuspanoide, el presidente le dijera a todos los reporteros, camarógrafos, funcionarios ¡eh, está temblando, vámonos, todos afuera!, en vez de ser el primero en salir, debió ser el último, debió dirigirse a las personas mayores, mujeres, alguien con discapacidad o con dificultad por todo el equipo que carga, para echarles una presidencial mano… no, ni una mirada de desprecio, nada.
Las fotos dan cuenta de lo que pasó después. Allí estaba el presidente de México, el de los treinta millones de votos, el que controla los poderes de la unión, el que… solo en el patio central de palacio, hablando por el celular quien sabe con quién, porque todos los que tuvieran algo que decir estaban a su alrededor. Pero la cara, la cara, señoras y señores, un gesto entre temeroso, sin saber qué hacer, por no decir que incapaz de dar órdenes de nada, a nadie. Nada más le faltó una paloma para ponerse a caminar atrás de ella al ritmo que le mandara la representante de la familia de las colúmbidas.
Si no hubiera dejado a los reporteros a que les cayera encima la historia… las losas de Palacio Nacional, era para que se hubiera puesto a platicar con ellos, así de manera informal, a recordar cada quien los temblores que han sentido, los que han reporteado, era el momento para echarse a la bolsa a los pasquines inmundos, a los corruptos periodistas, quienes felices de la convivencia obligada, hubieran llevado a sus medios el lado humano de López Obrador. Nada de eso, lo que ocurrió es que les concedió a esos mismos periodistas la oportunidad de tener un retrato de cuerpo entero de un mandatario miedoso cobarde, egoísta, que solo piensa y se ocupa de sí mismo, dejando en claro que su histrionismo envuelve poco más que nada.
Y bueno, nada más para cerrar ¿quiere ejemplo de un político histrión como ninguno en el pasado reciente? Acuérdese de Barak Obama cubriendo con un paraguas a una colaboradora mientras él se mojaba como cualquier hijo de vecino, o al mismo Obama sosteniendo él a una señora que sufrió un desmayo en un evento. Esos detalles… solo Obama los tiene, aquí nadie.

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