BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas.-

Desde los tiempos de Antonio López de Santa Anna, ya se decía que en la capital del país, distante semanas de camino, cuando ahora es apenas de horas, se ocupaban poco, por no decir nada, de lo que ocurría en los límites de la nación mexicana.
Quién sabe qué es lo que querían los vecinos de Bejar, allende el Río Bravo, que les solucionara el presidente de la república en aquellos años, y que este al no atenderlos, fue el detonador involuntario de que buscaran primero la independencia de México y luego la protección de los Estados Unidos, serie de eventos que culminaron con la pérdida de la mitad de lo que era el territorio nacional hasta mediados del siglo XIX.
Al la hora que Santa Anna vio el peligro que corrían los dominios que gobernaba, sí se lanzó él mismo a una campaña militar, organizada al más puro estilo mexicano, y tanto, que llevó a la captura del mismísimo presidente, que andaba bien crudo tras la francachela que se recetaron la noche previa, por increíble que pueda parecer, el presidente de México estuvo preso de los vecinos de Bejar, cuando todavía no era territorio norteamericano, ni ellos ciudadanos de este país, en un descuido se hubieran podido ahorrar todo el costoso episodio de la intervención norteamericana, si no hubieran estado tan sorprendidos como las tropas mexicanas, de comandante supremo para abajo.
De entonces a la fecha las cosas han cambiado relativamente poco, sí, las comunicaciones se han vuelto instantáneas, eso no lo duda nadie, y aunque los viajes por avión sigan siendo una vergüenza, al menos para los coahuilenses, con las incomodidades del caso, se puede llegar desde el centro hasta la frontera norte del estado de Coahuila en un tiempo no demasiado largo.
Esto lo decimos poniéndonos en el papel de la autoridad central, suponiendo que al escritorio de algún funcionario de alto nivel llegara una solicitud para atender un problema de competencia federal, con un par de gritos, órdenes y los correspondientes viáticos, una persona con capacidad de análisis, a lo mejor no de decisión, podría apersonarse en la frontera norte al día siguiente, un par de días después, siguiendo la ruta aérea hasta Monterrey, y de allí por Monclova o por Saltillo, hasta llegar todo vapuleado, pero entero, a ponerse a trabajar en ver de qué tamaño es la bronca.
Desde otro punto de vista, el de quienes son el problema, convertirse en él no es igual de fácil, cómodo y barato. ¿Se imagina lo que es ir trepado en el techo de un vagón de carga de ferrocarril que viaja a la vertiginosa velocidad de treinta kilómetros por hora… eso en los tramos buenos, y en los malos a no más de 17?, con el peligro de caerse no por el movimiento de la máquina lanzada a toda velocidad, sino porque los músculos se cansan de ir agarrado, o que lo aviente alguien, o desfallecer de hambre, o simplemente quedarse dormido?
Bueno no, estamos hablando de una realidad de hace algunos años, y no que no pueda regresar en cualquier momento, sino que de momento ha sido sustituida por otras mejores opciones polleriles: el ser transportados cómodamente (es un decir) en un camión de pasajeros que haga el largo, larguísimo recorrido desde la frontera sur hasta la frontera norte, no de un jalón, sino con distintas paradas para resolver problemas de “logística”… opción que fue funcional un tiempo, pero que no es del todo rentable, nada como la economía de escala, aun para la gente que se dedica a los negocios fuera de la ley, es el caso que los cómodos (es otro decir) Autobuses Anáhuac permitían subir solo diez, quince, veinte cuando mucho, migrantes ilegales en cada viaje, solución del todo insuficiente ante una demanda de cientos de personas diariamente, así que los camiones con airecito acondicionado y asientos duros como el alma de sus dueños, fueron sustituidos por cajas de tráiler, jaladas por el correspondiente tractor, en una opción pesadillesca.
Porque es una pesadilla que lo metan a uno en una caja de tráiler… en compañía de ochenta, mínimo, y ciento cincuenta, máximo hasta ahorita de entre los reportes de los migrantes que “han sido rescatados” por la Guardia Nacional, el Ejército y el Instituto Nacional de Migración. Si no son muchos, podrán sentarse y estirarse, acostarse por turnos, si son muchos, tendrán que estar de pie la mayor parte del tiempo, y en cuanto a esto estamos hablando de varios días… porque ¿cuánto tiempo tarda un tráiler en llegar desde Tapachula hasta Piedras Negras, sitio favorito en los últimos tiempos para intentar cruzar a los Estados Unidos?, pueden ser un par de días, a matacaballo, pero lo más probable es que a juicio del chofer vaya deteniéndose aquí o allá, huyendo de los retenes y las patrullas, lo que hace las jornadas a oscuras, a temperaturas ardientes, sin ventilación, y sin servicios sanitarios, un verdadero infierno.
Pero total, como si de barcos negreros se tratara, llega el embarque de migrantes a su destino, mientras los que se enfermaron, los que enloquecieron, los que se tiraron, los que secuestraron, los que mataron… y si no cuentan con una “visa humanitaria” expedida gentilmente por el gobierno mexicano, o aun con ella no pueden moverse a su antojo, caen en una estación migratoria, y allí su destino está echado… de regreso a donde tanto les costó salir.
Lo que sucedió en Piedras Negras en días pasados es, por decirlo suave, algo que jamás debió ocurrir. Motines de migrantes pendientes de repatriación, o en espera de solución de un trámite del lado norteamericano había habido muchos, pero eso de que más de mil migrantes se hayan alebrestado, y en su furia hayan prendido fuego al edificio de la estación migratoria, con la intención segura de que sirviera de distracción antes de lanzarse al asalto del puente internacional, es una novedad. Lo habíamos visto en Tijuana, lo del motín y lo del asalto, aderezado con personal de la Border Patrol lazando a los migrantes como si se tratara de reses o pencos salvajes, pero lo del fuego… eso sí es nuevo, por lo menos en Coahuila.
Ahora ¿qué hacen los norteamericanos?, para ellos es fácil: cierran las puertas de acero, que tampoco es que resistan lo que sea, más bien son símbolo de que si está cerrado es para que no se acerquen, que si lo hacen, ah entonces ya estamos hablando de palabras mayores, poco menos que de una invasión de su territorio, ni más ni menos que el argumento esgrimido por el gobernador de Texas Greg Abbott para cerrar la frontera y pedir poderes de guerra.
Regresando a López de Santa Anna y al burócrata que manden, o no manden, de la ciudad de México a entenderse del problema, por lo menos está ahorita el de que los migrantes ya no tienen techo bajo el cual guarecerse del nada clemente clima de Piedras Negras, pero luego está el de ¿qué hacer con ellos? ¿procesarlos por daño a propiedad federal, motín, actos contra la autoridad?, lo más seguro es que, como hasta ahorita, no hagan nada, ni para tranquilizarlos, ni para auxiliarlos, ni para que estén más cómodos, nada. Esto ya pasó a mayores, pero, en cualquier momento puede escalar todavía más, ¿hasta dónde?, hasta donde no queremos ni imaginar, y menos habiendo tropa armada del otro lado de la frontera.

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