Verificaciones de esas

BAILE Y COCHINO…  

Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Dicen que el infierno está pavimentado de buenas intenciones. Sería interesante averiguar si el que lo dijo por primera vez lo hacía con conocimiento de causa, habiendo ido y regresado, o se trata como tantas otras cosas, de una hablada que se convirtió en Vox Populi. Pero entre que sí está pavimentado de tabiques de oro, como se decía entre los migrantes europeos que llegaban a los Estados Unidos en busca del sueño americano, o como pensamos nosotros, que más bien es una avenida infinita en la que todos los semáforos están en rojos, el hecho es que son recurrentes las referencias al tránsito infernal.  

Una de las mejores intenciones que han tenido los gobiernos de todos los tamaños desde hace ya varias décadas es que, el tránsito en las ciudades, con todo que es una pesadilla, también es un placer para algunos desviados y un símbolo de estatus para los que creen en esas vanidades, pero lo menos que puede y debe uno esperar es que no sea perjudicial para las personas que lo han adoptado como la solución a una necesidad, que es en esencia la de transportarse.  

Pero desde hace no tanto tiempo se ha comenzado a manejar la estadística, muy a las calladas por cierto, de que el automóvil, también tiene su culpa en un siempre creciente número de fallecimiento de seres humanos.  

Fíjese qué curioso, nosotros preocupados por su la Inteligencia Artificial es un riesgo para la población, y viene a resultar que los artefactos con que los transportamos son instrumentos de muerte, y no solo por los accidentes que no dejan de ocurrir por todos lados, sino porque las emisiones de combustible quemado son perjudiciales para la salud y para la vida misma de las personas. En efecto, los contaminantes producto de la combustión interna de gasolinas y diéseles, minan nuestro estado de salud, individual y colectivo.  

Como aquí, ni en ningún lado se resuelven los problemas de tajo, sino de poquito en poquito, muy poquito a poquito, se fijaron estándares: debajo de este nivel de contaminación, puede seguir circulando, y por arriba de este nivel, no puede, tiene que llevar su carro a que lo afinen o le practiquen una cirugía mayor, con tal de que lo regresen a los estándares aceptables.  

Es la famosa verificación de las emisiones, una intención que fue buena, indudablemente en su momento, pero que se ha venido degradando a una situación lastimosa y por momentos escandalosa.  

En alguna etapa, esto de la verificación fue una auténtica pesadilla. Aun en ciudades como Saltillo, con un parque vehicular grande, pero dentro de lo manejable, ya que se acercaba la fecha en la que iba el ayuntamiento a comenzar a cobrar multas, se hacían unas filas larguísimas, podía pasarse uno tres, cuatro y más horas en la cola que nomás no avanzaba, y es que cada verificación, con la sofisticación de los sistemas de cómputo que sabemos que siempre dejan que desear, se llevaba cinco y diez minutos por carro, y no en lo que es la prueba en sí, sino en llenar la papelería, ah y como no se podía hacer una cosa hasta que estuviera la otra, era una tardanza incómoda, por decir lo menos.  

Ya luego a la gente y al gobierno le comenzó a valer sombrilla todo el asunto de la verificación. Operativos para verificar la verificación, sí los hubo, pero muy escasos y los conductores aprendieron a sacarle la vuelta luego luego, oiga si logra uno evadir el anti alcohol, ¿qué le dura uno para la revisión ecológica? Haya sido por cosa política, más bien electoral, por desidia, porque no le salía de dinero entre trámite y multa, es que lo de la verificación fue perdiendo su sentido de contribuir a evitar el deterioro del medio ambiente en las ciudades propiciado por los vehículos automotores.  

Según algunos reportajes que hemos seguido a lo largo de los últimos años, apenas una décima parte de los vehículos que integran el parque vehicular, acude al trámite de verificación. Sí, algunos pocos cumplidos, procuran hacerlo en los tres primeros meses del año, en que es gratis el trámite, allí sí se juntan unos cuatro o cinco carros al mismo tiempo, ya es algo, pero pasado el período de gracia, ni quien se pare a hacer el trámite, y menos si hay que pagar 123 pesos, o algo así. El restante 90% del parque vehicular, anda como aquella película de James Bond, Permiso para matar, acá es permiso para matar contaminando, que dependiendo del carro y de la cercanía a la última afinada, puede ser mucho o poco, pero ni quien sepa cuánto, porque no se verifica, y menos se lleva una estadística de los que están dentro del parámetro y cuántos fuera, y en qué proporción.  

Y dijera uno, eso es lo peor del asunto, pero no, todavía se complica más. Esto que le vamos a contar le pasó al primo del primo de un amigo… no es cierto, le pasó a un servidor. Andaba uno sin demasiado que hacer, como no fuera pescar notas periodísticas donde estar brincaran, y pasando por la Plaza del Compositor, allí a espaldas del Ateneo Fuente en la Colonia República, vimos el tendido de la verificación, y dijimos, ah, hay que aprovechar a hacer la verificación del carro. Antes que yo había una camioneta, y en lo que me bajé a llenar la boleta, se retiró, así que libre para checar que el coche se estuviera portando como se debe, con el ambiente, digo. Ya llega uno con su boleta luego de cubrir la cuota de 123 pesos, ni modo, nos pasamos cuatro meses del período gratis, y el empleado municipal procede a lo suyo, consistente en buscar el tubo de escape del carro, mientras está encendido, todo bien hasta allí, y luego comienzan las malas noticias: uy joven ¿joven, de dónde? le están fallando los sensores, mire… ¿Qué le sabe uno a eso?, no demasiado, nada más lo que ha visto en la pantalla del aparato todas las veces que ha acudido uno a verificar.

El asunto es que allí donde el Bióxido de Carbono, lo del Azufre, lo de las partículas, o quien sabe qué, la verdad, todo marcaba en ominoso rojo, cuando que debería estar en ecológico verde.   No, pues le voy a tener que rechazar su verificación, joven. Y uno dice bueno, no era la primera vez, ya una vez me detectaron roto el mofle, y solo hasta que lo llevé a reparar ya pasó, todavía le pregunto al bato aquel ¿y qué, es cosa de la afinación?, no, son los sensores, y eso uffff… ya nos íbamos cabizbajos de a cómo nos iba a salir el chistecito en el taller, cuando el empleado soltó la opción tan mexicana, tan burocrática, tan antiecológica: “o usted dice”, momento en que dije: allí está la nota. Tirando el anzuelo ¿y cómo de cuánto?, no, eso solo usted…  

Mea culpa, procedí a sacar un billetín de a 50, mismo que aceptó con una agilidad digna de un agente de tránsito. Y fue allí donde nuestros limitados conocimientos de ingeniería de tránsito, que rayan en cero, encendieron sus luces: porque el “servidor público” con camisetita de Saltillo Nos Une, faltaba más, conectó una manguerita que antes había desconectado… ¿o sea que todo lo de los sensores, de la medición, de que no pasa, de que lo que sea, fue mentira?, simplemente fue el tendido para que la máquina marcada todo sin lectura ¿pues cuál lectura si estaba desconectado?

¿Cuántos como yo caerán diario, cinco, diez? Seguro que algunos pasarían por la buena, otros no pasan ¿pero cómo saber, si la máquina no mide absolutamente nada?  

Así las cosas. Yo conseguí mi nota, que está usted haciéndome el favor de leer, obtuve mi calca, lo que estemos respirando usted y yo, eso qué importa, el ayuntamiento se queda con su desprestigio asociado a la corrupción de sus empleados, y el monito se embolsó uno de 50, que le aproveche.

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