BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Alguna vez nos tocó escuchar una conversación, era un chilango, o bueno, una persona que venía del centro del país, y era la primera ocasión que estaba en el norte del país, habiendo aterrizado en Saltillo. Decía aquel visitante que, independientemente de lo bonito que le parecía el centro de la ciudad, la belleza de las construcciones, ya sabemos, el consabido centro histórico al que se le suele dar una mano de gato que al resto de la población no, le daba la impresión de que había una importante diferencia respecto de las ciudades, y aun de los pequeños pueblos del centro de México. La diferencia según él era que, por comparación, eran demasiado pequeños…
Afortunadamente andaba por allí alguien que le entendía a la cuestión, un historiador de los que afortunadamente no carecemos en Saltillo, quien zanjó la cuestión diciendo que no es que allá en el centro las cosas se hicieran a lo grande, mientras que, en las provincias interiores, como se les conoció en alguna época, se hicieran pequeñas. Todo obedecía, según el académico, al volumen de la población, no la total de habitantes de la zona, sino de los que había que meter en los atrios de las iglesias.
Y lo ejemplificó, mientras que en poblaciones como Tepotzotlán, como Tepeji, como tantísimas otras en los estados del centro, en los que había una gran cantidad de indígenas, a los que se invitaba o llevaba a fuerzas a los servicios religiosos, en el norte del país los integrantes de lo que ahora llaman eufemísticamente los pueblos originarios, eran más bien pocos.
Allá, había que meter a varios miles de personas, de todas las edades en el atrio, acá, si acaso se llegaba a la centena, de allí que el mismísimo atrio de la catedral de Saltillo sea muy pequeño, y que en San Juan Nepomuceno de plano no haya, y en el caso de la Iglesia de San Francisco, habría que consultar si la plaza era atrio que se convirtió en parque o cómo estuvo la cosa, pero al menos en la actualidad, no pertenece a la iglesia.
Lo mismo pasa con las plazas públicas, la plaza de armas de Saltillo es pequeña, al menos en comparación con las de ciudades y capitales del centro del país, y ni comparar con la de la Ciudad de México, donde cuando entra uno al amanecer, no sabe si lo que está viendo es bruma o contaminación, de tan grande como llega a ser, se difuminan los edificios del otro lado. Las plazas de armas tenían la función de servir de punto de reunión para asuntos civiles, o también para los de tipo militar, no por nada la denominación de plaza de armas, allí se formaban los regimientos, e incluso vivaqueaban.
Mismo caso, no era lo mismo tener que dar cabida a decenas de miles de ciudadanos o a dos que tres brigadas de infantería o caballería, que a un par de miles de personas o a un batallón de tropa. A qué más que la verdad, nuestras ciudades norteñas eran pequeñas, y las que han crecido en las últimas décadas, todavía están en fase de acostumbramiento a una realidad que no era la nuestra.
Saltillo tiene una carencia casi epidémica de espacios públicos. Los fundadores que hicieron el trazo inicial, no pensaron en una gran capital que cuatrocientos y feria de años después, arañaría el millón de habitantes, para ellos esto pintaba para un presidio, un presidio más, para el que costaba reclutar gente que quisiera aventurarse desde el centro, españoles, criollos e indígenas, y ni hablar de reducir a los nativos, que tenían lo suyo de rejegos y salvajes.

Los espacios públicos digamos que fueron suficientes durante los primeros siglos de la historia saltillense, pero es un hecho que han dejado de serlo. El primero que se ocupó ya en serio de la falta de espacios, fue Óscar Flores Tapia, quien construyó el Teatro de la Ciudad, espacio que hacía bastante falta, había, claro, cine teatros, pero como que no guardaban la seriedad que se deseaba para ciertos actos cívicos y políticos. El Teatro quedó bien, ha dado bastante buen servicio, la explanada de la Presidencia Municipal también tiene buenas dimensiones, pero curiosamente se usa bastante poco, vaya a saber por qué. Luego vino la construcción del Centro de Convenciones, si no nos equivocamos, edificado en el sexenio de José “El Diablo” de las Fuentes, y bueno, también, con sus limitaciones, prestó servicio, hasta que agotó sus posibilidades, y mire que siendo parte del gobierno podía forzarse la mano para que allí se hicieran las presentaciones.
La Plaza de Armas siempre quedó chica y mal puesta para eventos artísticos. Incómoda para actores, bailarines y cantantes, lo era más todavía para los asistentes. Si era algo grande, no había manera de disfrutar un evento con la ninfa enfrente, o detrás de un árbol, o sentado en la reja, o para qué le cuento, usted lo ha de haber vivido. Fue Enrique Martínez el que le dio la forma final a la velaria del Parque Las Maravillas, que ni es teatro cerrado, medio está al aire libre, pero está lejos, y, en fin, aunque haya eventos que la gente quiera disfrutar, no se termina de animar por todas estas circunstancias.
Dirán que no es por eso, pero desde nuestro punto de vista el asunto ya hizo crisis, ahora con el Festival Internacional de las Artes, el FINA para celebrar el aniversario de la fundación de Saltillo, recién concluido. El Ayuntamiento de la ciudad se aventó la puntada de programar tres eventos, creo que fueron tres, en plena calle, específicamente en el bulevar Venustiano Carranza, la vía más importante de la ciudad, en el cruce con Avenida Universidad. Vaya a saber cómo doraron la píldora: que si para aprovechar el escenario que proveen el edificio del Ateneo Fuente y del Instituto Tecnológico de Saltillo, si porque allí no había problema de estacionamiento o de manera de llegar… o fuera la amplitud del sitio, medio difusa porque no fue rejas adentro, sino rejas afuera sobre la calle, el espacio para que la gente presenciara lo que se estaba presentando enfrente podía prolongarse por decenas de metros sobre las vías mencionadas.
Claro, dirán que fue un éxito, y que fue funcional ¿qué importa que miles de automovilistas hayan tenido que ir a dar la vuelta por donde pudieran?, también resultó barato, que al final las molestias no se contabilizan, pero la realidad permanece: Saltillo, a estas alturas de la vida colectiva, carece de espacios, no varios, uno solo, en los que presentar eventos artísticos masivos, no hablemos de dónde llevar a cabo reuniones o procedimientos que impliquen multitudes, allí está el pésimo manejo del proceso de vacunación contra el COVID, que cuando no mantuvieron a los ciudadanos en el terregal del estacionamiento de la CANACINTRA, los metieron en una plaza comercial, o haciendo culebras en el estacionamiento de la tienda del ISSSTE, este sí pavimentado, pero sin otra ventaja.
Ya somos muchos, faltan espacios públicos dignos, donde presenciar eventos masivos de calidad, donde no lo tengan a uno parado. A ver si a alguien se le prende el foco de qué hacer al respecto y, sobre todo, dónde ponerlos.

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