EL SISTEMA NUNCA PIERDE
BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Solía decirse hace algunas décadas, que el Grupo Industrial Saltillo era tan poderoso, pero tan poderoso, que podía darse el lujo de poner e imponer a los presidentes municipales de la capital de Coahuila. No era ninguna novedad, aquí y en cualquier parte del país, si no es que del mundo, el poder político y el poder económico suelen integrar una alianza tremendamente fuerte, la diferencia en cuanto a Saltillo, es que el poder del GIS era tal, que podía brindar apoyo y respaldo, literalmente poner a jugar, a candidatos de las dos principales fuerzas políticas, en aquellos años el PRI y el PAN, y que ganara el mejor… y ganando tenía que reconocer que le debía al Grupo.
¿Quién sabe?, incluso viéndolo a la distancia de los años, podría pensarse que era un modelo de democracia funcional a la ciudad y hasta al estado. No era que el candidato “favorito” llegara en caballo de hacienda, no, lo hacían sudar, lo que de más de alguna manera, lo preparaba para un desempeño mucho más eficiente de lo que hubiera tenido si el puesto le hubiera llovido del cielo.
Por lo menos dos de los muy cercanos al GIS, integrantes de la familia original, compitieron por la alcaldía y ganaron. Manuel e Isidro López gobernaron Saltillo, y no se puede decir que les haya resultado sencillo, tampoco a Rosendo Villarreal, pues tener de oposición al PRI, a sus paleros y partidos satélite operando por consigna, les complicó la vida de más, pero bueno, la decisión era que se probaran y se probaron. A pesar de las incomodidades, no les fue mal ni a Saltillo tampoco.
Recordamos esta particularidad de Saltillo, porque nos da la impresión de que Andrés Manuel López Obrador pudiera estar siguiendo un modelo similar al que funcionaba acá. Algunos analistas serios de la política nacional y de la historia del país han señalado que el actual mandatario es el presidente más poderoso que haya tenido México en los tiempos recientes, incluso más que algunos que gobernaron con mano dura y puño de hierro, y aquí puede usted imaginarse al que más gordo le caiga.

El control que tiene López Obrador sobre el poder ejecutivo, sobre el legislativo, y el que tenía sobre el poder judicial hasta la salida de Arturo Saldívar de la presidencia de la Suprema Corte, es algo de lo que ninguno de sus predecesores podía presumir, pero además se las ha ingeniado para controlar los órganos autónomos, desde el INE hasta la Comisión de Derechos Humanos, el CONEVAL y otros, siendo ya muy escasos los que han logrado escapársele al presidente, quien a pesar de todo, da la impresión de no disfrutar del poder que ha logrado acumular en sus manos, siempre se la pasa a la queja y queja, como no sea que en privado se regodee de sus alcances, pero al menos en la mañanera, nada más le falta llorar, y a veces lo ha hecho.
Luego de la derrota electoral del año 2012, Andrés Manuel López Obrador decidió abandonar el Partido de la Revolución Democrática, del que fue dirigente nacional y del que fue candidato presidencial en dos ocasiones, y fundar un movimiento que luego se convirtió en partido político, el Movimiento de Regeneración Nacional, del cual siempre se dijo que era a su imagen y semejanza, y en el que no había espacio para nada ni nadie que no comulgara con su ideario.

Con una historia cortísima, MORENA comenzó a cosechar triunfos electorales, y proyectó a López Obrador para ganar la elección presidencial en el 2018. A partir de eso, el partido debió seguir una trayectoria de consolidación que lo hiciera una fuerza política incuestionable, y sin embargo… no lo es. Para su desgracia, MORENA es López Obrador, y sin él en las boletas electorales, dista mucho de tener la hegemonía del poder en México. De allí la preocupación del presidente por lo que pudiera ocurrir en el futuro próximo, concretamente en la elección presidencial de 2024.
López Obrador abrió el proceso sucesorio inmediatamente de la elección intermedia del 2021. Con una premura que ha desgastado al partido, aburrido y cansado a la población, luego de dos años de campaña disfrazada, MORENA cuenta ya con su coordinadora de los comités de defensa de la cuarta transformación, y prospecto de candidata a la presidencia de la república, en la persona de Claudia Sheinbaum Pardo.
En el imaginario del presidente, Claudia debería a estas alturas despertar los mismos entusiasmos que en su momento logró generar él allí donde se presentaba, pero ha resultado que no. Sheinbaum da la impresión de acartonamiento, aburrimiento, enojo y otras actitudes poco frecuentes en alguien que busca el poder para sí y para su partido.
Los acarreados aplauden por consigna, pero ya para que Claudia tenga que reclamarles ¿me van a escuchar o no?, enojada, desesperada, y no solo una ocasión, si nada más le faltó decir allá en Oaxaca y si no quieren que les hable y no me quieren de candidata, me voy ¿eh? Allí quedará sobre su conciencia. La gente en el mitin no es como los alumnos de primaria, obedecen, pero se incomodan ¿qué tanto?, puede ser mucho, hasta hacer la piña de que siguen apoyando, pero a la hora de votar, no hacerlo por la regañona.
Se la imaginan que si así es de candidata, cuando se supone que anda quedando bien y aguantándolo todo, de presidente será durísima. Pese al cariño que le tiene, capaz que el López Obrador frío piensa que su Claudia podría no ganar la elección por la buena.
Cuando López Obrador comenzó su campaña de odio contra Xóchitl Gálvez, no faltó quien sacara relucir que en su momento, envió a Sheinbaum y a su propio hijo a entrevistarse con Xóchitl, con la intención de que desertara del PAN y se sumara a MORENA. En algún momento se podría pensar que, dada la afinidad confesa de la aspirante del Frente con las ideas sociales del presidente, esta podría ser una opción no tan desagradable para la continuidad del “movimiento”, y toda la estrategia de enemistad no ser más que una cortina de humo.

Pero todavía hay una tercera opción, la de Marcelo Ebrard, para quien a veces se abren y a veces se cierran las puertas de Movimiento Ciudadano como su candidato presidencial. Dante Delgado, que regentea esa franquicia se da a querer y se hace el indispensable, a sabiendas que habiendo candidato él pasa a un lejano segundo plano, pero la opción Marcelo se perfila también como una razonable para el lopezobradorismo.
De esta manera López Obrador estará jugando, como lo hacía el GIS, con los tres candidatos presidenciales, podría apoyar a los tres y ya con el que gane, negociar, así como negoció él un pacto de impunidad con su predecesor Enrique Peña Nieto, a quien hasta elogios le dedicó en la toma de posesión de Delfina.
¿Se le ocurre mejor salida para el presidente más poderoso de la historia reciente?, al contrario, pensamos que esto va mucho con su forma de hacer las cosas desde siempre.

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