Capítulo Coahuilense

BAILE Y COCHINO…

Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Allí le va un trozo de historia familiar, por allá a finales del siglo XIX, varios integrantes de la familia Zardoni salieron de un villorrio del norte de Italia para probar fortuna en la Américas. Cada quien juntó lo que pudo de dinero, más lo que se agenció durante el viaje, menos obvio, lo que gastó y perdió, el caso es que en un barco que en casa siempre fue conocido como el Vaporetto, vinieron a dar a lo que fue la primera parada de un viaje del que ninguno de ellos sabía lo que le depararía de bueno o de malo.

Aquella malhadada primera parada fue en el puerto de La Habana, donde se quedaron los tíos que no traían dinero más que para pagarse el primer tranco del viaje. Otros que traían algo más de plata, fueron a dar a Veracruz, internándose por la región vainillera de Papantla, y de plano los que traían dinero para el trayecto completo, fueron a dar a Argentina, que quien sabe por qué razones, era el objetivo inicial para todos ellos.

Es una historia como tantas, como cualquiera, lo trágico en todo caso es que quienes bajaron del barco en Cuba no volvieron a verse, y probablemente ni siquiera a saber, de sus hermanos o primos que se fueron a México o a Argentina. Allá muy de vez en cuando algún buscador de genealogías da con el rastro de algún pariente, del que pues sí, se conoce el origen común, pero las historias particulares de cada quien, se perdieron, así como la convivencia, deseable hasta donde sea posible entre familiares. Por eso aquellos tangos que hablan del barco italiano, las frases en cocoliche, nos suenan cercanas, aunque en realidad no lo sean.

Bueno, es una historia como cualquiera de entre millones y millones, porque han sido cientos o quizá hasta miles de millones los seres humanos que por las más diversas causas, no han podido hacer su vida en su lugar de nacimiento. Si acaso esta es algo trágica porque si el bisabuelo no hubiera muerto en Papantla, allá se hubieran regresado sus descendientes a Italia, pero como pasó, nos quedamos y aquí estamos.

La prensa especializada en migrantes, si es que se puede decir que existe esta, ha convertido en leyenda el tránsito de las oleadas humanas que atraviesan la Selva de Darién, una auténtica epopeya para quienes lo logran, y una tragedia más, en el larguísimo listado de quienes lo intentaron y no pudieron completarla. 

En honor a la verdad, sería mucho presumir que los humanos somos fuertes y a prueba de todo, allí nos tiene, cada vez que salimos de vacaciones, a cualquier lugar, pero sobre todo cuando nos dirigimos a algún destino de playa cerca de los trópicos, solemos regresar muy divertidos, muy bronceados, y no pocos de nosotros, enfermos de esto o de aquello, en general padecimientos tropicales al exponernos a lo que no estamos acostumbrados, alimentos, vegetación, picaduras de insectos, entre cualquier número de circunstancias, hasta la presión y la humedad.

Bueno, pues una cosa es ir a sitios vacacionales en los que se cuida hasta lo inimaginable tener a la naturaleza a raya, y otra avenirse a atravesar una de las regiones selváticas más difíciles del planeta, conocida por muchos como “El Tapón” de El Darién, sitio tan inhóspito que hasta la carretera Panamericana pierde su continuidad, imagínese lo que es para gente viajando a pie desde Venezuela o Colombia, o de  mucho más lejos, e intentar atravesar sin los pertrechos adecuados y suficientes una región que ha cobrado innumerables víctimas, y que a muchísimas más las ha hecho desistir en su intento de continuar su viaje hacia el norte.

Son infinidad de migrantes los que sufren las picaduras de insectos, mordeduras de otros animales, araños de plantas, caídas, golpes y fracturas por internarse en un terreno difícil y desconocido, y aun así persisten. Ya los que se gradúan de El Darién, pueden decir que el resto de Centroamérica y las selvas mexicanas son sencillas de remontar, además de que ya hay algo más de infraestructura que hacen los tramos más practicables, aunque no sin riesgos.

Con todo lo mal que se ha hablado de La Bestia y otras rutas de ferrocarril, muchísimos migrantes les agradecen que fue el medio de transporte que los trajo hasta los estados fronterizos, no sin costo, a veces altísimo en fallecidos, mutilados, violaciones sexuales, secuestros, extorsiones y que los dejen sin un centavo para continuar el viaje. Bueno, pues hasta esa mezcla de bendición y maldición está en riesgo.

Ya se habían registrado intentonas de impedir que los migrantes se subieran a los convoyes del ferrocarril, tarea imposible o casi, el propio tercermundismo de los transportes mexicanos los hace víctimas de los polizones. Ya parece que alguien intentaría treparse al Tren Bala en los países donde existe, acá, subirse tiene su chiste y riesgos, pero se puede y se hace.

Pero los convoyes seguían yendo y viniendo, y el tránsito de migrantes continuaba, hasta que se les ocurrió la brillante estrategia de detener los trenes… con el ferrocarril parado, ¿qué se puede hacer? Se habían detenido los viajes hacia el norte dizque para impedir que llegaran más migrantes a la frontera, pero ¿y la mercancía?, los trenes no nomás iban de paseo, llevaban carga costosísima que constituye el intercambio comercial entre México y los Estados Unidos y hasta Canadá, pararlos nada más por los migrantes, le cuesta mucho a la economía de las tres naciones.

Comenzaron en noviembre y han seguido, si los trenes reanudan su viaje cuando se comprueba que ya no llevan polizones a bordo es una estrategia cara, lenta, pero que ha estado funcionando. La demostración de ello es que ahora la carretera 57 y otras vías se han convertido en ríos de gente que las usa para dirigirse a la frontera con los Estados Unidos. Son miles las personas que están recorriendo diversas distancias, desde Monterrey, desde Saltillo, desde Torreón, los más suertudos, desde Frontera, allí donde los bajaron del tren, desde allí, pueden ser desde 200 hasta 500 o más kilómetros, por una geografía que no le pide nada al Daríen en cuanto a dificultades, si bien son de otro tipo.

El semidesierto nunca es fácil, ni en verano ni en invierno, si bien hay temporadas en que es menos difícil, las temperaturas extremas de día y de noche cobran un costo muy alto a personas sanas, todavía peor a niños, gente mayor y personas enfermas.

Seguro quienes logren llegar a la frontera y logren cruzar, quienes consigan aquello a lo que aspiran, podrán en algún futuro rememorar el infierno que están viviendo al migrar, parte de ello en lo que llamamos aquí el capítulo Coahuila o coahuilense, pues el último tranco, desértico, se hace desesperantemente largo antes de llegar a Piedras Negras, y aun así, no se rinden…

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