BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Los inspectores del municipio son personajes huidizos, astutos, retorcidos, marrulleros, algunos dirán, sobre todo sus víctimas, que tienen algo de fantasmas, no se les ve venir por ningún lado, y de repente están allí, con las manos en la masa, documentando a la manera antigua con libreta en mano, agenciándose una báscula, botella adulterada, boleto revendido o clonado, o ya mucho más modernos, con el teléfono celular en la mano, para tomar fotografías o grabar video de los hechos que respaldarán, primero su presencia en el sitio, para que sus jefes no digan que se la pasan sin hacer nada, segundo el motivo de la intervención, tercero el acto por si alguien se pone violento, poder exhibir pruebas de lo ocurrido, señalando a los responsables, y ya en último lugar, si hubo “algún arreglo”, por debajo de la mesa, con lo cual todos los hechos documentados, desaparecen misteriosamente del almacenamiento del celular, ya ve cómo son de poco confiables esos aparatos.
Le digo que parecen espectros, de esos que tanto nos gusta a los saltillenses atestiguar que, si no los hemos visto nosotros, los hemos escuchado o sentido, y si no yo, el típico amigo de un amigo, que él sí, hasta quedó pasmado del espanto. Así con los inspectores. Que tiene su chiste y su mérito, imagínese que todo el mundo los reconociera por el gafete o porque llegan en un carro o una camioneta con los logos del municipio, así ni cómo negar la cruz de su parroquia oficial.
En cambio si se mimetizan como clientes, como viandantes, como gente común y corriente, pueblo que le dicen ahora en este sexenio de las cuartas transformaciones, literalmente se meten hasta la cocina a ver qué le están echando a la sopa o con lo que no deben estar bautizando las botellas de licor, si esos que tienen cara de escuincle y olor a talco perfumado, votaron en las últimas elecciones o ya tienen credencial para sufragar en las de junio próximo, y si están tomando otra cosa que agua de limón carbonatada.
Ni que decir que los inspectores son el terror de los que actúan mal, y los que actúan como debe ser, ni notan su existencia, a menos que en algún momento de apremio económico, de ellos o del municipio, los manden a remover las piedras, a ver si pueden exprimirle algo al respetable público pare completar el siempre deficiente presupuesto del ayuntamiento.
Esto que le vamos a platicar ocurrió en una calle cualquiera de Saltillo, concretamente en la calle Pedro de Ogazón, que está en la colonia Jardín, o como dice en el papel, Jardines, un sitio por lo demás conflictivo, pues durante años y más años fue el límite entre la parte construida, y un terreno baldío que de repente se volvió interesante para edificar uno de los proyectos inmobiliarios más ambiciosos de la década, entre otras cosas por el número de viviendas verticales que lo integran, 900 departamentos, el famoso Parque Centro.

De un lado está la colonia, de la que Pedro de Ogazón es la última calle, y el terreno, y como lo sabemos todos en este país, baldío en nuestro imaginario colectivo es interpretado como basurero a cielo abierto, para que todo el que vaya pasando o al que se le ofrezca, se deshaga de lo que le sobre, no es necesario abundar, lo que su imaginación le dicte, fueron a tirarlo allí, no del lado donde están las casas, sino del del predio en greña, donde solo muy de vez en cuando los propietarios o la autoridad se tomaban la molestia de mandar una cuadrilla a desescombrar aquello, encontrándose lo que guste.
Pues bien, la semana pasada estaba un vecino de lo más quitado de la pena, haciendo algún arreglo en su vivienda, cuando se le apareció el chamuco, o uno de sus íncubos o súcubos, dándole tremendo susto, pues obsta decir que fuera de la hora en que comienza o cambia el turno de los trabajadores de Parque Centro, por Ogazón no pasa nadie. La persona que se le apareció le reclamó que ¿qué onda con ese material que estaba en la banqueta?
Y sí, ¿a qué negarlo?, aquel vecino había comprado el equivalente a una carretilla, no un metro cúbico, no un volteo, no una tolva, como las que se ven mañana, tarde, noche y madrugada por allí, era una carretilla, de revuelto, porque, lo que son las cosas, estaba haciendo una reparación para que su casa no desmereciera.
Pues allí tienen que Juan Antonio “N”, y le ponemos así porque el empleado municipal, servidor público y por extensión, empleado de los vecinos de todo Saltillo, no fue para poner su apellido en el documento que dejó, y tampoco de su firma garabateada se puede conocer su nombre completo, andaba ese día muy celoso de su deber, como decía algún personaje de la televisión, levantó una “cédula de notificación”, eso sí, debidamente foliada, en la que según su apreciación, describía hechos violatorios del Reglamento de Desarrollo Urbano y Construcciones del Municipio de Saltillo, sin especificar cual es el artículo violado.
Lo más interesante es el apercibimiento de que el vecino, de quien no recabaron ni el nombre tampoco, tiene 48 horas, (dos días hábiles, allí lo aclara gentilmente) para presentarse con el Lic. Horacio, otro cuate que no tiene apellidos, pero que aprovechando el espacio me tomo la libertad de aclarar que no soy yo, pues no trabajo en el municipio, y menos en Desarrollo Urbano, y allí el tocayo casual le explicará el broncón en que se metió con su carretilla de arena, y de a cómo le va a salir la multa.
El asunto podría pasar desapercibido, como seguramente pasan la mayoría de las “intervenciones” de estos fantasmones que son los inspectores municipales, de no ser porque enfrente está la multicitada obra de Parque Centro, que entre otras personas física y morales ha usado durante meses y años Pedro de Ogazón de basurero de todo tipo de desperdicios, desde papeles hasta cascajo, y no vemos que el municipio se haya ocupado de ir a reconvenirlos ni con el pétalo de una cédula de notificación.
Que sí, de vez en cuando llega una máquina y carga con todo el mugrero, pero eso es muy de vez en cuando, al día siguiente ya regresan a tirar lo que les sobre, y hasta que se junta “otro viaje”. ¿Curioso, no? como Juan Antonio “N” ve un montón de arena sobre la banqueta recién reparada, y no es para voltear a la acera de enfrente… esa que no hay, en violación al Reglamento de Desarrollo Urbano y Construcciones del Municipio de Saltillo, y de eso no diga nada.
Que si andaba de malas el inspector, que si se le hizo fácil, que si andaba tras el moche, lo que sea. El caso es que allí están los hechos, para que vea que los fantasmas sí existen, y los inspectores municipales, todavía más temibles que los espectros, también.

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