En caballo y en caballito

BAILE Y COCHINO…

por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Dicen que decía Winston Churchill, que la democracia tiene todos los defectos habidos y por haber, pero que todas las otras formas de gobierno son todavía peores. Algo ha de haber tenido de razón el primer ministro inglés, y antes primer Lord del Almirantazgo, ya que al menos en México, la democracia como forma de gobierno deja mucho, demasiado que desear.

Tanto es así qué raro es el proceso electoral en el que se logra que la mitad de quienes deberían participar, acuden a las urnas a sufragar. Prefieren dedicar su domingo a cualquier otra cosa, que a decidir algo que ya está decidido por y para ellos y solo demanda que pongan un tache y que les pinten en el dedo, para decir que forman parte del gobierno de esta nación.

Allí donde lo ve, la democracia de los Estados Unidos, esa misma que se precia de ser la más elevada y más acabada, sufre bastante por su inefectividad y su falta de credibilidad en los momentos críticos.

Nosotros no vivimos allá, pero vemos las noticias, seguimos los procesos electorales, y nos parece bastante complicado el esquema mediante el cual, los vecinos van y emiten su sufragio, y luego existe un número de delegados que se inclinan a favor de este o aquel candidato, recordando que por lo general solo hay dos candidatos, uno de los republicanos y otro de los demócratas.

Pues bien, estos delegados se suman en montón y el estado de Texas o California aportan sus votos de delegados a la contabilidad final, el resultado es que el presidente es electo por algo así como 200 delegados, no por 100, o 120, o 200 millones de votantes, con lo que lo menos que sienten los primos es cierta decepción, cierto despego respecto de todo el proceso electoral.

Más efectivo nos parecía el modelo del politburó, que operó en la Unión Soviética y muchos países de su órbita, inclusive en China, en que los integrantes del comité de una comuna rural, de una fábrica, de una cuadra o una manzana urbana, elegían a su jefe o su representante, este elegía al siguiente escalón, los representantes regionales o gremiales y estos iban a un comité provincial,  estos iban ante el nacional y al final de cuentas era un grupo de 50 o 70 personas quién elegía al presidente. Hasta eso no se diferenciaba demasiado de cómo se elige papa en el Vaticano, es el Colegio Cardenalicio el que elige entre todos ellos quién debe ser el sucesor del Papa fallecido. De entrada todos sabemos que cada cardenal vota por sí mismo, de hecho uno que recibiera un sufragio a su favor que no fuera el propio, sería papa por dos votos, pero no funciona así la cosa.

Viene a colación este recuento porque los partidos políticos y las coaliciones están negociando o ya acabaron de negociar las candidaturas a los puestos de elección popular en la cámara de diputados y el senado de la República, y la verdad de las cosas, y conste que nos consideramos gente ajena a todo el asunto, nos da la impresión de tratarse de algo bastante sucio y poco satisfactorio para las bases de simpatizantes de esta o aquella franquicia política.

En efecto, el sistema político mexicano reconoce dos tipos de políticos que van a los puestos de elección popular, aquellos que tienen que hacer talacha, que tienen que gastar dinero, que tienen que sudar, que asolearse, caminar y exponerse, hablar ante sus potenciales electores, y aquellos otros que llegan de caballito.

Esto nos habla de dos categorías, la primera los que se la ganan, se ganan el puesto atrás del que andan, y los otros que son los consentidos, de no sabemos quién, cómo o por qué lo son.

Algunos podrían decir que los que integran las listas de candidatos a diputados por circunscripción es porque han hecho méritos partidistas, porque han prestado servicio al pueblo o a algunos jerarcas, o vaya usted a saber por qué otras razones y circunstancias inconfesables. El problema de estos es que el común de la población y menos el común de la base de votantes, sabe cuáles son esos méritos y por lo tanto le cae de sorpresa que de sus votos vaya a depender la llegada de cierto personaje a la cámara de diputados o al senado sin prácticamente despeinarse, mientras que ven a los otros quemando suela, quedándose afónicos en los mítines, arañando voto por voto, remontando tendencias negativas, o aunque no sea en su contra, padeciendo del nervio de si sí, o si no, y la verdad a nosotros, que repetimos estamos fuera, nos parece del todo injusto.

Puede llegar a darse el caso de que uno quiera votar por el candidato del PRI o del PAN que tenemos en la boleta, pero al saber de que ese sufragio contribuye a que se suba al escaño aquel otro político… ya no nos gusta tanto a dónde va nuestro voto.

Sí eso de ser electores a ciegas, fieles al logo del partido y que votamos por este sin importar a quién pongan de candidato ponga que todavía existe, pero cada vez menos. Porque repetidamente se nos llama a interesarnos en la cosa pública, todo para que a la hora de la hora quienes lleguen, ya está negociado hasta niveles de escándalo.

Habrá quien quiera votar por Miguel Riquelme Solís para senador de la República por Coahuila, porque finalmente acaba de ser gobernador y cada quien tiene su opinión sobre su desempeño, pero saber que su voto lleva también a Rubén Moreira Valdés, quien también fuera gobernador, pero que los últimos seis años se la ha pasado dedicado a la grilla partidista no precisamente en los mejores términos, ya nos hace temblar el crayón a la hora de sufragar. Eso si es usted priísta, pero si es usted panista le puedo asegurar que la decisión en contra de Rubén y por extensión de Riquelme está dada, esa aversión no es de ahorita, tiene sus años cocinándose.

Este es el caso de Coahuila, pero en muchos estados de la república el sentimiento es que las listas de diputados federales y senadores de representación sirven para llevar a la protección del fuero a personas que lo pudieran necesitar por algunos pecadillos en los que han incurrido, y de los que no se han podido liberar por exoneración.

Nada más feo que sentirnos usados y traicionados por un partido que se supone ha logrado convencernos de su plataforma política, pero que propone impresentables ni siquiera como candidatos sino como beneficiarios de algo más allá de lo que son capaces de decirnos derecho. En fin en política pocas cosas son totalmente dulces, algunas son bastante amargas, y esto de las representaciones proporcionales de quienes llegan en caballo de hacienda y los que se cuelan de caballito es de las más desagradables.

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