BAILE Y COCHINO…
Por: Horacio Cárdenas Zardoni.-

A veces lamentamos haber crecido en una época en la que las cosas eran estables. Sí, escuchábamos que en la época posrevolucionaria, en la que las aguas se estaban apenas encauzando, había miles de partidos políticos en el país, casi una por cada general o coronel que había andando en ‘La Bola’, y que viendo que la lucha armada perdía fuerza, buscaban prolongar su poder de manera más pacífica, ¿y qué mejor que la política para ello? Nosotros venimos de la época en la que había un partido dominante y otros dos o tres, que si no la hacían de paleros le servían de comparsa.
Algún ideólogo le llamó, y pegó, la revolución institucionalizada, y tanto, que así terminó llamándose el partido ganón, Partido Revolucionario Institucional, fuera del cual no había presente ni futuro, y adentro ponga que tampoco demasiado fuera de algunos selectos, pero ese era el camino para ser alguien y figurar en el escenario político.
Del PRI se decía que era un organismo monolítico, era una enorme roca en la que no había fisuras, ni grietas, una que otra imperfección que se tapaba con Angel Face, y todo correcto de nuevo. En los años que el PRI gobernó el país, se creó una especie de teoría respecto a la conformación de los grupos de poder, el famoso gabinete, al que todo el mundo esperaba y se deshacía por pertenecer, si no al legal, cuando menos al gabinete ampliado, donde también había unas posiciones envidiables desde las cuales proyectarse al futuro, o cuando menos hacer una fortuna sustancial que le quitar a uno el trauma de no haber sido de los de hasta arriba.

Se hablaba del gabinete como algo que acompañaba al presidente a lo largo de su mandato, sirviéndole y prácticamente leyéndole la mente de lo que el ejecutivo deseaba o no quería que pasara. La idea de quienes eran nombrados al gabinete, era que iban a durar los seis años, pues obvio, si el presidente duraba eso ¿por qué ellos no?, y sí, había las salidas elegantes, como que lo designaran a uno candidato a gobernador de su estado, que en la práctica era el exilio de las ligas mayores, pero también lo entendían como virreinatos en los que se convertían en señores de horca y cuchillo.
Luego la teoría, más bien interpretativa, comenzó a hablar de un gabinete de arranque o desgaste, que era el que acompañaba al presidente en sus primeros años, el que se llevaba los cocolazos de los cambios que habia que imponer, y que por cargar con la culpa ameritaban ser sacrificados, luego venía un gabinete de consolidación, que le tocaba disfrutar de los buenos tiempos y si había mucho movimiento, un gabinete para el cierre de la administración, los encargados de dejar las cosas limpias, al estilo de las películas de la mafia, si no es que de la mafia misma.
Aquí ya los funcionarios no duraban los seis años, sino solo el tiempo que el presidente consideraba que le eran útiles, podía llamar gobernadores, senadores o diputados, lo cual descomponía otros cuadros y perturbaba carreras políticas personales, pero ni modo, había que obedecer, a menos que prefirieran quedarse sin nada. Pues hay ofertas que no pueden rehusarse, pues el rencor presidencial era algo temible, y lo sigue siendo, no crea.

Todo esto viene a cuento porque en Coahuila todavía no se cumplen los cien días de la administración del gobernador Manolo Jiménez Salinas, y ya se han dado varios cambios de importancia, en el gabinete. Gabriel Elizondo, presentó su renuncia al cargo de secretario de Desarrollo Social, y Cristina Amezcua al de secretaria de Turismo, ambos se van de suplentes de los candidatos del Partido Revolucionario Institucional, y sus coaligados, al senado de la república, Miguel Ángel Riquelme Solís y María Bárbara Cepeda. El otro que renunció a principios de enero fue Javier Díaz, quien dejó Mejora Coahuila para irse de candidato priísta a la presidencia municipal de Saltillo.
En el caso de Díaz ponga que sí, había que cumplir con los requisitos y los calendarios electorales, no podía tener un puesto público si quería contender en la elección del 2 de junio. ¿pero los otros dos?, no es un requisito estricto de la ley electoral que quienes van de suplentes en la fórmula, tampoco tengan un empleo en el servicio público, esto pensando en que, aunque ganen, no van a tener una colocación, ni tampoco una remuneración, hasta en tanto no sean llamados a ocupar la titularidad, y eso como puede que pase, puede que no pase. En el caso de Miguel Riquelme y María Bárbara ¿para qué podrían renunciar dándole paso a sus suplentes?, al menos de momento el futuro político de ambos es lo que tienen directamente enfrente. Eso por lo que les toca, ¿pero y el gabinete?
Nos imaginamos que hubo un tiempo en el que el único que sabía qué se hacía y cómo se hacían las cosas, era el encargado de una cartera en el gabinete, estamos pensando en, no sé, los secretarios de gobernación, de la Defensa, de Educación, llegar a ocupar sus despachos, a dar continuidad a un proyecto que no era de estos individuos, sino la interpretación que estos hacían de las instrucciones o hasta del pensamiento presidencial, o para lo local, del gobernador.

Esto parece haber cambiado radicalmente, se van unos que acababan de tomar posesión, escasos dos meses y medio, de sus cargos, y ya los tenían que entregar.
Vaya usted a saber qué tanto hubo de su propia iniciativa, y qué tanto se trató de una instrucción del gobernador, de dejar sus cargos, y si esto tuvo como razón la de ir a reforzar la campaña de los aspirantes a senadores, cosa que no creemos, porque hasta el feo se le hace siempre a los suplentes y los vicepresidentes, donde los hay, pues no se les quita el aura de zopilotes que esperan su oportunidad con más o menos disfrazada paciencia.
Ahora si había que darles la salida elegante… ¿cuál fue el motivo, y de qué tamaño fue los yerros en los que pudieron haber incurrido como para merecer quedarse en el aire, laboral y económicamente hablando, porque al menos en alguna medida, dependían del ingreso que tenían como titulares de las dependencias, que no debió ser despreciable?
Con los tres movimientos en el primer escalón de la estructura de gobierno estatal, nos queda claro que para Manolo Jiménez el gabinete es una cuestión eminentemente utilitaria, y no solo eso, sino que se expande su control al partido, a los municipios y vaya usted a saber hasta dónde. No lo criticamos, esa es la clase de actitud que hizo al PRI fuerte durante siete décadas en su primera etapa, cuando aquello de que no se movía una hoja no sin que lo supiera el presidente, sino que lo ordenara, así de claro.
La cuestión es entonces que los integrantes del gabinete deben verse a sí mismos como piezas en un tablero, como piezas intercambiables, por supuesto deben estar contentos de ser parte del primer círculo y de ser tenidos en cuenta para esto y para todo, mientras sirvan y cumplan, tendrán espacio y a lo mejor más altos, pero de que el control lo tiene solo uno, y lo ejerce sin temblarle la mano, no lo dude nadie.

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