BAILE Y COCHINO…
Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

Hay muchas ciudades, poblados, metrópolis en este país en las que los ciudadanos ruegan todos los días porque no pase nada. Déjeme platicarle por qué, no es que las cosas no sigan un proceso, el normal de deterioro, o que no haya la siempre presente posibilidad de un accidente, de un evento fortuito que complique las cosas, pero en muchos sitios del mundo, cuando algo se descompone, lo arreglan, en cambio en México… de allí la rogatoria, diosito, por favor, que no pase nada.
Esto viene desde la casa, por lo menos en la de uno, no hay ocasión en que suceda esto que no nos sorprenda: se cae un papel, y no hay uno de los hijos que por su propia iniciativa lo recoja. Hablando de las inexplicables pero siempre presentes brechas generacionales, allí tiene a los papás, cualquiera de ellos diciéndole a su retoño, oye por favor recoge ese papel, a lo que la respuesta nunca cesa de ser, entre enojada y a gritos: pero ¡¡¡yo no lo tiré!!!
Dependiendo del temor que le tengan a la mamá, capaz que lo recogen hechos una auténtica furia, pero es también bastante frecuente que el que hace el coraje es el papá, y que el papel se queda allí tirado, hasta que él mismo va y lo levanta, y ya no insiste por evitarse más complicaciones y pleitos que porque le moleste la situación, la del papel, la de la falta de obediencia y sobre todo, la desidia de sus herederos de que al parecer, no les molesta vivir en el mugrero.

Esto llevado a la sociedad y sobre todo a la función gubernamental, que por momentos, más bien casi siempre se les olvida que son empleados públicos, y que no solo no se mandan solos sino que trabajan para el pueblo que les paga, la desidia en el cumplimiento de lo que es su trabajo, es sorprendente, y por supuesto enojosa también.
Ve uno que empieza a llover y de las primeras cosas que piensa es: que no se haga un bache, o que no se hagan más grandes los baches, que no se goteen las lámparas del alumbrado, porque se funden esas y afectan a toda la línea. Y se cumple, se hacen más baches, se agrandan los que había, y llega uno a encontrarse calles en las que es casi imposible circular, de tantos pozos que hay, de los que uno no sabe si son someros o profundos, así que mejor seguir, o tratar de seguir sacándoles la vuelta, lo cual no es siempre fácil.
Pero la lluvia trae otras consecuencias, por ejemplo que se apaguen los semáforos, lo cual es una molestia momentánea, pero que corre el riesgo de prolongarse, cuando además de eso… se desprograman, y allí es donde te quiero ver, porque un asunto que debería resolverse en minutos, en horas cuando mucho, se tarda semanas, o meses, o nunca se atiende.
A lo mejor la gente que programa semáforos tiene una venita sádica que esconde detrás de su título de ingeniero o de matemático. Decimos esto porque como usuario de las calles, nos damos cuenta de los problemas que hay con la semaforización, de la misma manera que entre el atorón de tráfico, los casi choques o accidentes, no tenemos muchas cosas que pensar que en cómo solucionamos este asunto, y sí tal cual.
No es posible que quienes diseñan la sincronización de los semáforos de ciertos cruceros no hagan los cálculos de cuántos carros, o camionetas, o camiones pueden acumularse en la calle, antes de que comiencen a impedir el tránsito de la calle anterior, antes de que cambie la luz de rojo a verde, y que ocurriendo tres veces seguidas, ya tenemos un caos vial en toda regla, porque con los vehículos acumulándose en tres o cuatro direcciones, con el enojo de los conductores convirtiéndose en desesperación y luego en furia, con uno que otro conato de violencia, todo porque… el semáforo está mal programado…

O el semáforo se desprogramó con la última lluvia, o falló la batería de respaldo, y perdió la sincronización, o el pretexto que usted quiera, de hecho no nos interesan salvo como curiosidad de las mentiras que es capaz de inventar la gente, porque no son más que intentos por justificar lo que no tiene razón de ser: que algo que debería funcionar, no funciona.
Cruceros conflictivos, los hay por docenas aquí en Saltillo, como los hay en todas las ciudades de países como la nuestra, donde de plano es una aventura confiarse a la “sesuda” programación de los especialistas.
Ponga que sí, que cuentan con los títulos que acreditan su formación, que también disponen del equipo de cómputo indispensable para hacer una buena planeación de los semáforos, y eso que todavía no estamos hablando de lo que aquí es imposible, la disponibilidad de drones, cámaras urbanas, sensores, computadoras, programas, simuladores, y demás que usan los que saben, para hacer una programación adecuada.
Y aun así no son capaces de aceptar la sugerencia de un conductor que la única sabiduría que posee es la de la experiencia que le da recorrer el mismo camino todos los días, enfrentar la misma solución equivocada, y examinar el caso para proponer algo tan elemental como que… el ámbar se ponga cinco segundos antes en este o aquel crucero, o diez segundos o quince, en aquel otro.
¿Ejemplos?, el de La Fragua con Valdés Sánchez, el de Coss y Urdiñola, con que le movieran al programa cinco segundos, con eso evitarían el congestionamiento, dando fluidez y espacio para que los que están atorados, puedan moverse.
Pero con todo que los gobiernos presumen de ser de puertas abiertas, de gobernar con información de primera mano, de atender las demandas ciudadanas en el momento en el que suceden, lo cierto es que no hay manera de que Juan Ciudadano pueda decirle esto que le comentamos a una autoridad que haga lo que se le está diciendo, o que ordene a alguien por debajo de su lugar en el escalafón, que atienda la sugerencia.
Simplemente no existe ese grado de compenetración entre los gobernados, que saben qué les duele y dónde, y cómo arreglarlo, y quienes gobiernan, los que tienen la sartén por el mango, para decirlo en esos términos.
Entendemos, los burócratas tienen mucho trabajo, pero si hicieran caso de los ciudadanos, tendrían bastante menos.

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