En leña verde

Baile y Cochino…

Por Horacio Cárdenas Zardoni.-

(Foto de El Economista)

Esta columnita es una reedición de lo que hemos venido escribiendo desde hace un par de décadas, cuando nos ganó el desencanto respecto de la rex pública, la cosa política, que nos habían enseñado en las clases de filosofía del bachillerato que decía Aristóteles que era la más alta de las actividades a las que podía dedicarse un ser humano, en favor de sus semejantes.

Todo comenzó cuando comenzamos a errarle en nuestras interpretaciones de lo que ocurriría en los procesos electorales. Si no recordamos mal, fue en una elección estatal, acá en Coahuila. Había suficientes antecedentes de que el gobierno saliente, priísta, había incurrido en toda clase de corruptelas, probadas, estimadas y sospechadas, y que había suficiente molestia en la población como para que se volcaran en las urnas para votar en contra de los candidatos de ese mismo partido.

Todos los análisis hablaban de que habría un voto de castigo, que el pueblo que luego calificaron de bueno y sabio, se cobraría por las malas las afrentas económicas recibidas, y vino a resultar que no, la gente votó por todos los candidatos del Partido Revolucionario Institucional, concediéndole un objetivo que había quedado ya en el pasado salvo extrañas excepciones, el famoso carro completo.

Los periodistas nos volteábamos a ver con cara de interrogación, simplemente no podíamos creer, mucho menos entender, lo que había ocurrido. La gente había votado masivamente por quien los había empobrecido, ni siquiera dejando espacio a la sospecha de fraude electoral, mapacheo y demás tácticas conocidas y otras no tanto, hasta donde puede ser eso, los ciudadanos habían sufragado por los malos conocidos, sin darles siquiera un manazo, los dejaron continuar en el poder, y seguir despachándose con la cuchara grande.

Por aquellos tiempos las encuestas ya habían incursionado en la escena política, pero no en el papel protagónico que fueron adquiriendo hasta llegar al momento actual, en que había casas encuestadoras por montones, ofreciendo datos a cual más de disparatados, se notaba que pagados, pero no únicamente eso, sino que habían desarrollado una tramoya teórica y metodológica para que sus procedimientos de levantamiento e interpretación no pudieran ser fácilmente cuestionados, por más que a la hora de los números finales de la votación, quedara demostrado que no se había tratado de fallas metodológicas ni errores en la selección de muestra, o siquiera en que la gente les mintiera a la hora de contestar, sino que como se conoce en el argot político, los habían maiceado para publicar datos, no que fueran reales o tuvieran una apariencia realista, sino para que hicieran dudar al electorado de si su voto iba a servir de algo si se inclinaba a favor de este o aquel partido o candidato.

Fue entonces que se nos ocurrió que los procesos electorales deberían tener un papel que hasta el momento no se les había concedido, el de limpiar el escenario político, en base a los resultados obtenidos.

Que ya había algo avanzado, sabemos que partido político que no alcance el 3% de la votación pierde el registro como tal, deja de recibir prebendas del dinero público, pero lo más importante es que para todos los efectos, quedaba disuelto, y no podía ya participar en nuevas elecciones.

Y la pregunta que nos hacíamos era ¿y por qué no extender la barredora a cuestiones como los candidatos, los liderazgos partidistas y las encuestas?

Porque por ejemplo en Coahuila hemos visto como los mismos fulanos aparecen registrando nuevos partidos, que también tienen una vida efímera, como los que ya les desaparecieron. Hay varios casos de gente, de muy cuestionable reputación, que le cierran una franquicia política, léase un partido, y ya están juntando los requisitos para solicitar otro. ¿tan difícil es vetar a gente que se dedica a vivir de los huecos en la legislación electoral?, y sí, lo hacen porque la ley lo permite, pero ¿qué, la ley no se puede corregir para pararlos en seco?

Si a esas vamos, yo, yo para no echarle la culpa a nadie más: candidato que haya cambiado de partido más de dos veces, es más, más de una ocasión, automáticamente queda vetado de participar por cualquiera de los partidos políticos existentes. ¿Por qué esta discriminación, por qué limitarle su derecho a ser votado?, pues por lo mismo que los partidos políticos, se han convertido en auténticos vividores del sistema político, del que reciben mucho más dinero del que obtendrían trabajando en casi cualquier cosa.

Y las famosas encuestas… así como proponemos que ciertos candidatos ya no se les permita participar, así nos gustaría ver limpia la escena política nacional de supuestos expertos que solo contribuyen a enrarecer el aire en los procesos electorales, literalmente mintiéndole a la gente con datos sobre tendencias que no son ciertas más que en su conveniencia y su imaginación, ah y de quienes les pagan por hacer sus encuestas a modo.

¿Cómo haríamos esto?, pues hasta eso es fácil: encuestadora que se haya equivocado por más de cinco puntos porcentuales, más arriba o más abajo, a la goma. Toda su teoría y su metodología demoscópica tienen la misma capacidad de predicción que un pronóstico del clima cuando no se cuenta ni siquiera con un barómetro. ¿duro? Por supuesto que sí, pero es mucho lo que está en juego en cada elección, desde la salud mental de cientos de miles de personas, hasta el rumbo del municipio, el estado y el país.

Sabemos que no va a pasar nada, van a seguir igual o van a empeorar todavía más. Pero algo debería poder hacerse.

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